A ESPALDAS DE DIOS I PARTE

 

A espaldas de Dios “Crónica inefable de una singular tragedia histórica”

 

I parte 

 

SALVADOR  HUERTAS

 

“Si hombre o mujer de antemano vieran el resultado de sus malas acciones, no las cometerían”

 

¿Qué soy me pregunto? Cuando siento que “vivo camuflado en el cuerpo de otro” metido en la piel de un guerrillero camaleónico. Me llamo “Salvador Huertas” “armeruno” sobreviviente de la tragedia de Armero conocido en el medio subversivo con el alias de “Tito”. Entiendo que algunos esnobistas y gente de los medios me tachen de desquiciado por mis actos violentos de iniquidad perpetrados. Siempre que me preguntan ¿Por qué? lo hice, experimento algo tan  fuerte que podría llamarse, inclusive, un desdoblamiento natural. No sé qué responder y, cuando lo intento, tengo la sensación de que no he sido yo, sino otra persona la que los cometió y por ello mejor eludo responder. No me entenderían si les dijera que, mis malas acciones  fueron producto de una actividad como muchas otras que se ejecutan por  subsistencia. Por mi condición de insurgente de la guerrilla la justicia Colombiana me juzgó por el delito de concierto para delinquir con fines de extorción, rebelión y terrorismo sin tener en cuenta mis antecedentes perspicuo, de sanas costumbres, con valores y principios que fueron abruptamente irrumpidos por la tragedia natural que hizo a mi existencia un cambio extremo “El hombre nace bueno pero la sociedad lo corrompe”. Por ello tengo que pagar una larga condena de los cuales a la fecha, ya llevo cinco años de encierro entre rejas en la soledad de una celda como un ermitaño, olvidado. Al respecto, viene a cuento una reflexión puntual de un militar de alto rango que mantiene la subversión secuestrado en la selva inhóspita. Que enfermo y todo ha hecho gala de fortaleza y presencia de ánimo en la dura prueba: “No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno, como si no valiésemos, como si no existiésemos”. Por años no recibo visitas. No tengo amigos, ni familia  “la avalancha de Armero me los arrebató”. Por eso es que, cada vez que mis pensamientos vuelan impávidos como intermitentes luciérnagas alternas sobre el desolado rastrojo de mi pasado enfilado hacia un presente espurio; trato de encontrar una explicación de mi vida llena de dificultades, miseria e incertidumbre. Pero de nada sirve el esfuerzo porque luego trémulo, ahogado en llanto, temeroso siento que, verdaderamente hoy soy más viejo y menos fuerte que el día anterior  El temor y la esperanza son iguales en el fondo y tener fe profunda es eliminar el temor”. Entonces¿Qué somos? Verdaderamente, cuando las finezas de un Dios que se humana  y protege, brilla para mí con su ausencia desde los inicios de mi vida. No es excusa de culparlo, renegando de su existencia, ni de desconocer su celsitud omnipotente. Según el mundo existencialista “De pol­vo a polvo soy “. El cuerpo no es más que un ropaje prestado, somos  espíritus navegando a través de un tiempo que no existe. Así como la  materia es eterna, el alma también, nada se pierde, todo se transforma; la muerte es el final de todo. “Nacer  es morir y morir es nacer”. Después de ella hay un abismo profundo y negro que como un espiral con la fuerza de un tornado se diluye misteriosamente en la paz eterna.  Con lo anterior, no quiero caer en el paradigma de esta dualidad por el simple hecho de haber vivido una vida tan llena de bruscos contrastes o  porque  ahora  me encuentro confiscado por muchos años en una cárcel de máxima seguridad reducido a una área húmeda y sombría demarcada por cuatro paredes, ante una puerta metálica de gruesos barrotes que desde afuera aseguran las autoridades con pesadas cadenas y enormes candados  enmohecidos.Quizá el dilema se resuelva  con el tiempo cuando comprenda que si por estar equivocado cometí errores, faltado “Al más importante derecho, que es al derecho a equivocarnos”, para  reivindicarme de algo de veras tenaz que me cayó en suerte es el “momento ideal para dejar los resentimientos a un lado y superar las luchas internas emocionales, pues éstas pueden convertirse en la clave de los conflictos; en vastos impedimentos para buscar el arrepentimiento y lograr el perdón”. Tal vez, “no hay atadura mejor o más venturosa que la de ser prisionero de la esperanza”, porque “Siempre sirven las sombras para distinguir la luz” y este lapso, me ha servido para entender que “somos lo que somos en nosotros mismos; no lo que somos en los demás” reflexión que ahora es mi bandera y la tengo bien clara para subsistir.Por otra parte, me deprime la cárcel. No me acostumbro a su filosofía como método de represión ni a sus formas inhumanas de aplicación por tradición. Me deprime el continuo desfilar de carceleros merodeando como en pasarela, de allá para acá de lado a lado el largo pasillo del segundo piso del patio “G” de la “Picota” pasando revista, por todas las celdas ocupadas; sus figuras lánguidas y soñolientas se vuelven familiares cuando automatizados todos los día abren y cierran las rejas en determinado horario de efugio común a todos los presos del penal, a la hora de tomar el sol en el patio contiguo a que hagan sus  necesidades, e ir a los talleres de producción ( cuando se está adscrito al programa de rebaja de penas  por buena conducta ) o a los comedores. Estos individuos de uniforme, armados de valor en las revueltas e intensos instantes de ajetreo absoluto, de  comportamiento agresivo y fría mirada, me hacen recordar tristemente el día miércoles 13 de noviembre de 1985 siendo las 11:45 p.m.; cuando a la población de Armero (Tolima) una avalancha del rio Lagunilla la borro del mapa. ” La fecha no la olvido, porque es como haber dejado de vivir para pasar a la agonía”. Tenía en ese entonces trece años. Vivía con mi madre “Julia “y mi hermana “Isabel” de quince años en una pequeña localidad de una casa de inquilinato ubicada detrás de la iglesia del buen pastor del parque principal. Mi madre trabajaba de sol a sol en un latifundio en las afueras de Armero sembrando sorgo y arroz. Como era su costumbre, ella se levantaba temprano y hacía de comer para dejarnos y llevar su ración al trabajo. Una colectiva todos los días de madrugada la esperaba en el parque para transportarla a la finca, junto con otras quince personas. Mi hermana cursaba tercer año de secundaria. Era hacendosa en los quehaceres del hogar de valiosa ayuda para mi madre en su ausencia y una amiga leal que siempre vivía al pendiente de mí. De mi padre no me acuerdo. Nunca lo conocí. Mi hermana, una vez me dijo que se había ido del lado de mi madre con otra mujer, cuando ella tenía seis años. Nunca quise saber nada más de él. El amor de mi madre lo fue suficiente. Además, ella nunca permitió que su presencia o su supuesto amor paternal nos hicieran falta en el proceso de formación de nuestras vidas. La demás familia materna y paterna, vivían en Armero y alrededores, pero siempre de ellos vivimos alejados por viejas rencillas de nuestros abuelos por política   y noble ascendencia. Un día antes a ese fatídico día, los rumores de la tragedia se habían acentuado más de lo común. La gente mantenía preocupada por los pronósticos y renuentes a las recomendaciones de los expertos de evacuar la ciudad. En fin nadie lo quiso hacer. En el colegio, mi profesora leyó el panfleto sobre “el plan de alerta en la zona” y nos hizo recomendaciones a todos como: de que teníamos que buscar la manera de permanecer la familia reunida; rezar mucho y encomendarnos a Dios. Todas las tardes después de hacer las tareas y el oficio que me correspondía en el hogar, salía con mis amigos al parque a jugar o de rebusque de propinas casuales que por hacer mandados, nos proporcionaba algunos viajeros o comerciantes de la región. No fue la excepción la tarde asoleada de ese día en el parque. Estaba con mis amigos jugando a los cinco huecos; cuando a las  5 PM  comenzó a llover ceniza volcánica. Este fenómeno duró sesenta largos minutos oscureciendo el panorama. Todos nos asustamos. Las reacciones fueron diferentes: los pobladores que andaban afuera, corrieron a refugiarse en sus casas con sus familias; algunos visitantes extranjeros que al paso se encontraban, no perdieron la oportunidad de obturar sus cámaras de video aficionado para captar el histórico momento; los locutores de las emisoras locales, empezaron a lanzar las alertas rojas; los misacantanos, mandaron a tañer las grandes campanas de las iglesias,  invitando a los feligreses acercarse a orar, a estar en paz con Dios de sus pecados y a prepararse espiritualmente para cualquier desenlace eventual. Mi hermana "Isabel" una hermosa niña que pronto iba cumplir sus primeros quince años, al ver que no paraba de caer ceniza del cielo; salió a buscarme al parque. Yo, ya iba de regreso a casa, cuando nos encontramos. Parecíamos dos ratones de panadería, blancos por la ceniza. – Ella para cerciorase si yo era, me llamo por mi nombre  "¡Salvador! ¡Salvador!.. ¿Eres tú?- Le contesté que sí; y nos abrazamos entre sollozos. - Qué bueno que te encuentro. - Vamos a casa, mi madre está por llegar"- Sin más pensarlo...emprendimos la retirada a nuestros aposentos en busca de refugio. Al igual lo hicieron muchos que por alguna razón, fueron sorprendidos por la lluvia de ceniza por fuera de sus casas. Por largo tiempo permanecí sentado en el borde de mi cama, aguardado en la quietud del pequeño cuarto con la mente en blanco; nerviosamente me entretenía con los dedos de mis manos y escuchaba las noticias en la radio sobre lo que estaba ocurriendo en Armero. Siendo las 6 p.m.; repentinamente ceso la lluvia de ceniza y si­guió un aguacero torrencial  sobre la población. Mi madre llegaba a casa como a la media hora empapada y más temprano que de costumbre. En el trabajo, el mayoral de la finca “Las Palmas” donde mi madre “Julia” trabajaba de jornalera; en vista de las malas noticias y de la posible erupción del volcán “Nevado del Ruiz” había dado la  orden a los jornaleros de salir antes de la hora de salida para sus casas.  Cuando  mi madre llegó, nos saludó cariñosa. En su cara se reflejaba la alegría al vernos juntos y bien. Sentí satisfacción por ello, Ya lo había dicho mi profesora en la mañana. “¡Lejos estábamos de pensar que aquella llovizna de ceniza fuera el preludio de una hecatombe!  Allá en la cumbre del volcán nevado del Ruiz de 5400 metros de altura,  a 50 kilómetros de la ciudad, el hielo comenzaba a derretirse. Dentro de su superficie terrestre se recocía a cada minuto la muerte, con la fuerza de millones de toneladas de roca fundida que estaba a punto de eructar sobre la apacible Armero. Nadie imagino que horas más tarde, seriamos el principio de una historia trágica. Armero se convertiría para la posteridad en una playa de lodo, muerte y desolación”  

 

Continuará…

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