Autobiografía de Osiris

Interminables noche vi abajo esa cancha solitaria y arriba un hermoso y límpido cielo estrellado. En algún momento Dios escuchó los ruegos de mi abuela, mi tía Rica, la empleada doméstica y mi madre (la dejé de última porque era la que me demostraba menos cariño), comencé a pasar las noches sin angustias y todos los días me parecían un milagro sin asma. Los seres humanos somos una porquería. Yo, en primer lugar, en vez de dar gracias a Dios por tanta bondad, me convertí en una lepra (era el término de la época para designar a los indisciplinados), no hubo profesor que no tuviera quejas en mi contra, por lo menos durante los tres primeros años de secundaria en la Normal Superior. Ese primer año había dos primeros, dos segundos, dos terceros, dos cuartos, un quinto y un sexto.

Para distinguirlos la nomenclatura era muy sencilla A y B. La A correspondía a los menores en edad y en estatura. Todos los años estuve en el grupo A. Mi primer curso era bonito; todos éramos pueblerinos, o provincianos; en el B estaban los de la Capital y se creían la mamá de Dios. Con los días pasaron a mi salón a Ríos y a Jiménez (no sé porque siempre recuerda uno a los compañeros por el apellido o por el apodo), “Botella” y “Cachalote”, respectivamente. Bueno, olvidaba que mi gran amigo Tibaquirá, alias el “Sabio”, también era capitalino. Mi grupo personal era el de los menores en edad y estatura, sin embargo, jamás nos dejamos joder de nadie y eso hizo que obtuviéramos fama, nos llamaban “La tribu” y a mí me nombraron “Cacique”. Durante los seis años tuve varios apodos y no sé si después explicar el origen de los sobrenombres: Además de “Cacique”, el primer año me llamaron “Truco” o “Truquitos”, “Tarzan” porque un mal día el profesor Romero “Mararay” al leer la lista de castigados leyó Tarzan Edgar por Tarazona; En segundo o tercero me apodaron “RIN RIN” a causa de un poema de Rafael Pombo que declamé durante una izada de bandera. Olvidaba contar lo de las Colonias, así, con mayúscula. De acuerdo con la región de procedencia se agrupaban los internos: los costeños, los tolimenses, los llaneros, los paisas (Colonia que agrupaba los muchachos de Antioquia y Caldas, en esa época no habían dividido este departamento), los santandereanos, uno que otro pastuso o las minorías de otras regiones. Pero las colonias "bravas" eran las de los pueblos. Las más numerosas eran las de Guasca y La Vega.

En estas cuentas no figura Zipaquirá porque no los considerábamos Colonia, era simple, como vivían en la ciudad iban, asistían a sus clases y salían a sus respectivas casas, no sentían la necesidad de agruparse y frecuentaban las diferentes agrupaciones sin darse cuenta de los límites invisibles, que no eran graves. Todos éramos una gran familia y, en todo el tiempo de permanencia en el internado jamás presencie disputas o altercados con consecuencias desastrosas. Lo máximo que ocurría era una puñetera entre dos representantes de las colonias, narices reventadas y pare de contar. Cada Colonia tenía sus características: los costeños, como siempre han sido: desenvueltos, desenfadados, alegres, escandalosos, fiesteros. Los paisas: dicharacheros, exagerados, mentirosos, regionalistas, con un gran sentido del valor familiar y las mayores creencias religiosas, eran, de lejos, los mayores rezanderos del internado. Los santandereanos, los tolimenses y los llaneros se disputaban el primer lugar como camorristas, por lo general no pasaban de ser escandalosos. Solo una vez, en unos billares del pueblo, unos hermanos Guayacán, llaneros, se enfrentaron a tiros con la policía, el problema no pasó a mayores porque no se supo quienes habían disparado y la anécdota quedo en el recuerdo de los internos que la escuchamos con la boca abierta por la admiración. Los más petulantes, agresivos y montoneros eran "Los guascas", se basaban en la mayoría numérica y nadie se metía con ellos.

Ningún año bajaban de treinta pero, en términos generales, eran muchachos como todos y recuerdo buenos amigos de ese pueblo. La Colonia de la Vega o "veguna" contaba con quince a veinte integrantes, me aceptaban a medias porque allí nací pero me crié en un pequeño pueblo llamado Chipaque, perdido en el mapa; yo también me sentía extraño entre ellos cuando hablaban de los personajes de mi supuesta cuna y yo no podía decir nada. Siempre me integré a los bogotanos que jamás formaron colonia, ¡Qué benditos! Eran mayoría pero se dividían según los barrios de procedencia, de manera que los del Sur formaban su grupo, los del Centro, Los del Norte, Los de Fontibón, etc. y ningún grupo se conformaba con más de cinco integrantes. Si hubieran sido unidos nadie pudiera con ellos. Mis mejores amigos fueron de Bogotá del Sur y del Centro. Los del Norte eran fantoches, petulantes, soberbios y estaban de paso. Creo que llegaban por obligación, a cumplir un año de castigo, lo cumplían y no regresaban el año siguiente. Había turnos de disciplina que cumplían los profesores por turno de lunes a viernes: Los fines de semana también se turnaban pero eran distintos a los de entre semana y teníamos nuestros preferidos. Le teníamos pavor a un profesor Raimundo Rodríguez “Helena”, por no decirle enano, a causa de su corta estatura, una cuchilla por su severidad y preferíamos a otros como Humberto Garzón “Doña Vetulia” porque era una madre católica y bien tetona, que en lenguaje estudiantil significaba que podíamos hacer lo que se nos viniera en gana. Otra cuchilla era Publio González, el otro profesor de educación física. Nos gustaba y era motivo de diversión que el gran profesor Luis Alberto Neira Bonell tuviera el turno del fin de semana; era estricto pero, sin falta, el sábado llegaba borracho a las diez u once de la noche, tocaba la campana, nos hacía formar en el patio, se subía al tercer piso y comenzaba a declamar: Recuerdo en especial “La araña” de Julio Flórez; en realidad a nosotros no nos desagradaba en absoluto, lo hacía bien y echaba chistes subidos de tono. Claro que en clase y con la mente lúcida era el extremo opuesto; de todas maneras jamás se nos ocurrió sapearlo por sus borracheras, fue un gran profesor. Es una de las tres personas a quienes adjudico el título de Maestro, así con mayúsculas. Años después vine a saber que no tenía título universitario y nunca le hizo falta porque, además de su sapiencia en matemáticas, era filósofo y sabía latín, francés y algo de griego.

Cuando supe de su muerte sentí un terrible vacío en el alma y comencé a pensar en escribir este libro. Paz en su tumba y quiero decirle a los lectores que ese día quise llorar y no pude. Sus enseñanzas salvan lo malo que sentí durante mis seis años.

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