¡Cien años! No son nada papá

         En una modesta vivienda ubicada en la esquina de 18 de Julio y Lavalleja de la Ciudad de Dolores, vivía Doña Carmen. Era madre de tres hijos y esperaba el cuarto. El 5 de agosto de 1907, en su propio domicilio nace Nieves Héctor. Con las dificultades de la época y de su propia condición, le fue dando una crianza llena de amor y consejos. Con siete años comienza la escuela. En aquellos años las escuelas no eran mixtas, debiendo ir a una para varones, ubicada en la calle Asencio e/Gomensoro y Rodó.

   Un día cuando regresaba de la escuela, con apenas ocho años, un conocido comerciante de la Ciudad, le ofrece trabajar en su comercio para entregar mercaderías. Con esa edad debía consultar a su familia. La contestación no demoró, y pesó más la necesidad de ingresos en el hogar, que el conocimiento escolar.

   Ingresa con ocho años de mandadero en el comercio de Don Jacinto Pagés, argentino, comerciante de ramos generales, y representante consular argentino en esta Ciudad.  “Han pasado tantos años”, me dice Nieves Héctor, “que recuerdo a la esposa de Don Jacinto como una excelente persona, ofreciéndome todas las mañanas el café con leche, acompañado de facturas”.

    Siendo niño su madre lo mandaba hacer las compras a un almacén ubicada en el barrio, en las calles Cheveste y Soriano. Esa almacén era de Don Francisco D’Andrea, y tenía como nombre “El Mosquito”. Por aquellos años, era muy común entregar la yapa (generalmente un caramelo) y el querido Nieves Héctor solicita la misma, con una sorpresiva contestación “¡Que yapa ni que yapa!”, tirándole una papa por la cabeza. Con los años ese señor Francisco, sería su suegro.

   Pasaron algunos años, y tuvo la oportunidad de trabajar en el comercio de Don Pablo Estol, solamente a una cuadra del ya nombrado Don Jacinto. En la esquina de Asencio y Schuster, se ubicada dicho negocio. Se explotaban los ramos de ferretería, tienda, bazar y barraca de materiales de construcción. Ya con catorce años, la venta en el mostrador fue su nueva experiencia. Siempre curioso y deseando progresar, tenía la inquietud de visitar todos los días la peluquería de un italiano, que estaba ubicada a  media cuadra de su casa. Pasado el tiempo, y sintiéndose seguro que el oficio de peluquero, sería su futuro, decide radicarse en el pueblito de Cañada Nieto, a unos veinte kilómetros de la Ciudad de Dolores. Camino de tierra, muy poca locomoción, pero la juventud mandaba.

  Con apenas diecisiete años llega a su nuevo destino. Nadie lo llamaba por su nombre sino por “Tito”. Al domingo siguiente es contratado para trabajar de cantinero, en una fiesta campestre. Ese día  conoce al comerciante más fuerte de la zona, el gallego Don Manuel Souto. Cosas del destino; Don Manuel le ofrece trabajo en su comercio. Es el comercio más importante de la zona, girando en los rubros de; compra-venta de cereales, venta de artículos de ferretería, almacén, tienda y artículos en general. Ese mismo lunes, comienza como dependiente del comercio de Don Manuel. Tenía como compañero a otro gallego José García. Comenzó a jugar al fútbol en el cuadro Libertad de esa localidad, hasta el día que en una mala maniobra en un partido de fútbol, se quiebra la muñeca, y se retira del mismo. La juventud, la fijación de volver a su querida Ciudad de Dolores, renuncia a su trabajo para probar suerte en el pueblo que lo vio nacer. Sus amigos, los viejos compañeros de la infancia eran el pilar de esperanza para encontrar trabajo. Había fallecido el boletero del Cine Paz y Unión, un Sr. Frodella, y él decido probar suerte. Decidido y con la convicción que ese puesto de trabajo podía ser para él, le hace una visita a su viejo amigo Ernesto Mazzeo, que en esos momentos se desempeñaba como presidente de dicho club. Después de algunas deliberaciones, consigue el puesto vacante. Por varios años, trabaja como boletero de la institución Paz y Unión. Hasta que un día también un grupo de buenos amigos, le ofrece  ingresar a la Junta Local de Dolores (Municipio). En enero de 1932, ingresa como auxiliar administrativo.

   En su carrera administrativa logra escalar todos los cargos, auxiliar de primera, ayudante de tesorería, tesorero y finalmente secretario.

   La faz deportiva siempre fue relevante en su actividad social. En el barrio estaba la sede del club de fútbol “Dolores”, con cancha propia a dos cuadras de su domicilio. El fue dirigente de dicho club. El 11.08.1933 se disuelve la liga. Cuando comienza nuevamente, el 30.04.1935 el club Dolores ya está disuelto. Con un grupo de amigos y simpatizantes del disuelto club Dolores, el día 4.03.1935 se funda el Club Atlético Peñarol. Fue su fundador y primer delegado ante la Liga de Fútbol Regional de Dolores.

   Muy pronto encuentra el amor en el barrio y se casa con Isabel D’Andrea, hija de Don Francisco D’ Andrea el comerciante antes señalado. Trabajando en la Junta Local, cumple tareas paralelas en la estación de servicio Esso, de Alejandro Audi. Construye su vivienda propia en la calle Cheveste 1330, de esta Ciudad de Dolores. El 24.3.1945, nace su primer y único hijo varón Héctor Mario. En el mes de julio de 1977, cumpliendo cuarenta y cinco años de trabajo ininterrumpidos en la Junta Local, se presenta a los beneficios jubilatorios. Entre sus actividades sociales, fue fundador del Club los 25, ideólogo y fundador de la Asociación de empleados municipales, cumpliendo intensa actividad en la construcción de su sede en el Balneario La Concordia sobre el Río Uruguay, a tan solo veinte kilómetros de esta Ciudad de Dolores. Próximo a cumplir los cincuenta años de casado, pierde el 24.05.1986, a su entrañable compañera Isabelita. Con fortaleza ha sabido sobrellevar esa irreparable pérdida, que hasta hoy mantiene en su recuerdo. Aún en su casa de Cheveste 1330 de la Ciudad de Dolores, le hace frente a la vida, y si Dios Quiere el próximo 5 de agosto cumplirá sus 102 años. Que más puede agregar de un padre que me dio todo; amor, sabiduría de vida, respeto, honestidad, y como siempre me decía “Se, un hombre de bien”. Gracias a la vida y a Dios, por tenerte.    

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