DEL CAMPO A LA CIUDAD - parte I

Por necesidad, emoción y puro sentimiento – Mi voz silenciosa critica la estructura social de la política colombiana y las desigualdades sobre las que descansa. En las ciudades surge el éxodo de las víctimas del conflicto armado que ha llevado el terror a la población civil; desplazamiento; despojo de tierras; secuestro; extorsión; reclutamiento ilícito de niños, niñas y adolescentes; tortura; homicidio en persona protegida; asesinatos selectivos y masacres; amenazas; delitos contra la libertad y la integridad sexual; desaparición forzada; minas antipersonal; munición sin explotar y artefactos explosivos no convencionales; ataques y pérdidas de bienes civiles y atentados contra bienes públicos; esa violencia ha sido el factor inicial más importante del crecimiento extremadamente rápido de las ciudades que se han convertido en espacios privilegiados de realidad, ámbitos de máxima intensidad colectiva, en los que tiene lugar lo más significativo, para bien y para mal, de cuanto nos concierne.

¿Me pregunto? ¿Hasta cuándo es necesario tanto dolor profundo de una amarga realidad: la perdida de la tierra de las etnias campesinas “grupo indiferenciado, caracterizado por la pobreza, la sumisión y la ignorancia” La problemática sin tierra en Colombia, tuvo sus inicios por las manipulaciones de los políticos y la violencia partidista que asoló al país en la década de los cincuenta del siglo XX; y que actualmente en pleno auge del siglo XXI, sigue asidua todavía para las nuevas generaciones de campesinos, la memoria de los viejos tiempos el calvario ya carcomido por el ácido de la realidades modernas; la discriminación, la vejación y el desalojo de sus tierras por las acciones de hombres inescrupulosos; transformaciones políticas-sociales gubernamentales y el fenómeno de sistemas a márgenes de la ley como: la guerrilla, el paramilitarismo y el narcotráfico que ha generado secuelas tanto de carácter político y social como individual.

Cada región de Colombia tiene una historia que relatar referente a las múltiples crisis sociales que se han inscrito en un país indolente que quiere ocultar los gritos desesperados de sufrimiento de las víctimas que esperan por cualquier medio, ser escuchadas sus historias de vida. Vengo de una tierra apacible próxima al caudaloso rio Cauca, arrinconada en la geografía colombiana. Los pocos habitantes del pueblo viven entre extensas hectáreas de ganado; latifundios y minifundios sembrados de maíz. Las pocas fincas se mantienen siempre en solitario, salvo algunos fines de semana cuando llegan los patrones a pasar revista o a veranear con sus amigos.

Todo empezó con la desaparición repentina de “Calixto” hermano de mi padre o sea, mi tío. Agricultor humilde innato; campesino hacendoso que trabajaba su finca con ahínco de sol a sol. Llegaron entonces los rumores que lo había secuestrado la delincuencia común para extorsionarlo; pero, no fue así. Al cabo de casi un año de ausencia, apareció muerto, flotando junto con otros cadáveres en un remanso de las aguas del rio Cauca. A mi padre con congoja le correspondió en la morgue del pueblo; buscar sus restos entre otros cuerpos e identificarlo. Por encontrarse en avanzado estado de descomposición; lo pudo hacer por un lunar que tenía en el omoplato del lado derecho de la espalda.

La semilla de nostalgia e incertidumbre se sembró aún más en la familia después del sepelio, cuando corrió el rumor por la vecindad, que a mi tío lo habían matado, porque había sido informante del ejército. O sea, que quienes cobraron con su vida la ofensa; fueron los de la FARC, por considerarlo objetivo militar. Transcurrido unos meses la desgracia volvió; una mañana la guerrilla de las FARC, incursionó en los hogares del pueblo y sin contemplación extrajo por la fuerza a una veintena de adolescentes; cuyas edades oscilaban entre los 8 a 13 años, para llevarlos a militar en las filas de la revolución. Entre los niños y niñas reclutados por la subversión; cayó en la redada “OMAIRA” hija mayorazga y cariño verdadero de Samuel, quién era compadre e íntimo "parcero" de mi padre.

La mañana de ese día sábado para mí fue llena de fantasmas y pesares, por no decir que melancólica, acompañada de rabia e impotencia. Se llevaron a “Omaira” ¡Estos, mal, nacidos! Ella era una chica guapa de 13 años de edad; llena de juventud; crecimos juntos en distintos hogares; fuimos el uno para el otro como hermanos; asistimos a la misma escuela compartiéndolo todo; el aula de clases, los profesores, los útiles y hasta el pupitre. Era el amor platónico de mi vida. La única luz refulgente que como lámparas de vida daba sus ojos a mi ego; subyugando mi soledad.

Estando en ese tipo de “depresión”; la familia y amigos entramos en un nuevo detrimento sentimental; el padre de Omaira, compadre y amigo de mi padre, había sido vilmente asesinado y a plena luz del día en el parque del pueblo de Marsella Risaralda, cerca de la iglesia. Dicen los que presenciaron el suceso que sobre su cuerpo acribillado por las balas de una “AK 47” dejaron una nota escrita que decía “Así terminan los sapos detractores de la causa” firmaba las FARC.

Mi padre palideció cuando supo la noticia. “están cumpliendo con sus amenazas” se le escuchó decir en voz baja entrecortada - Mi madre llamada “María”, que en ese momento se encontraba con nosotros preguntó preocupada ¿Cuáles amenazas?- mi padre contesto- No quería preocuparlos. Pero, tenemos que salir de aquí cuanto antes sino queremos correr con la misma suerte. ¿Porque amenazas? Y de ¿Quién? - Volvió a interrogar mi madre exaltada – A ver les cuento prosiguió mi padre- Hace más de dos años; mi hermano “Calixto”, mi compadre “Samuel” que ¡Dios los tenga en la gloria! y otros vecinos de la comunidad; denunciamos a las autoridades a los emisarios de las FARC, que estaban boleteando, extorsionando y cobrando “vacuna” a todos los sectores productivos locales a lo largo y ancho de nuestras veredas.

Lo hicimos porque estábamos hartos de tanta presión tiránica de unos cuantos vándalos que andaban detrás como sabuesos, siguiéndonos los pasos. Cosa mala es el mundo, si nos quedamos callados; pero él se compondrá sino nos quedamos callados ante las injusticias - Alguien tenía que denunciar… Se, muy bien que en estos momentos el riesgo de levantar la mano para decir, para protestar por algo, es ser desaparecido, torturado, es su propia vida o la de su estirpe lo que está en juego. Por lo pronto tenemos que emigrar de aquí. Dejarlo todo si queremos seguir vivos en familia.

Esta hiostoria continuará...

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