Historia de robles (última entrega): Una Lengua Legendaria

Por supuesto que el jefe de la cuadrilla no aceptó prender una fogata y azar carne, pero sí se la llevó como regalo junto con las arepas. ¡Y lamentando mucho la equivocación, le ofreció disculpas a nombre de las FARC a este Alfonso Carvajal que no podía ser el viejo rico que buscaban! Le aconsejó además, que en vez de seguir a revisar los ganados del Fondo se regresara…

Su legendaria lengua o poder de persuasión lo había salvado.

No pasó mucho tiempo antes de que la misma guerrilla descubriera el engaño y la burla hecha a la causa por Alfonso Carvajal, al menos así decretaba parte de la orden escrita en la que le pusieron precio a su cabeza, copia que meses después caería en manos de las autoridades. Por lo que el Coronel de la policía lo llamó y le rogó que se marchara de la ciudad, pues no podrían protegerlo.

Esa misma semana, una noche, contrató en secreto una chalupa y se marchó para siempre de su amada tierra adoptiva, tal y como había llegado casi 40 años atrás, sin equipaje. Pocos años antes, sus hijos y su esposa, por diferentes razones se habían ido también de Barrancabermeja. Pero esa precipitada forzada salida, que entre otras cosas lo obligó a mal vender la finca La Esperancita, marcó el inicio de su ruina moral y económica.

Podría narrar más aventuras que él vivió, como cuando ayudó a fugarse de la cárcel de Puerto Wilches (Santander) a un amigo suyo en los 70´s, o cuando recibió una puñalada trapera que casi lo mata por un carnicero drogado en la plaza de mercado Torcoroma, o cuando salvó a un moribundo perro de fina raza traído de Estados Unidos por unos indolentes traficantes de cocaína, o cuando él se salvó de un mortal atentado gracias a unos amigos que le avisaron a tiempo de una trampa que le tendió un ex trabajador suyo y sus hijos en venganza por un pleito de tierras, o cuando lo atropelló un bus en Medellín elevándolo por los aires, y más historias del más duro roble que he conocido. Pero como dice mi querida y dulce madre: “No todo se debe contar”.

Mi extraordinario padre Alfonso Carvajal Botero murió en Medellín la mañana del 10 de diciembre de 1999, de una sorpresiva falla cardiorespiratoria, en su cama estando dormido y embriagado, había bebido demasiado la noche anterior. ¡Tal vez ni cuenta se dio! “Murió en su ley”, sentenció su hermana mayor. Sus cenizas fueron esparcidas en el río Magdalena.

Padre, misión cumplida.

Fin.

19 de mayo de 2009.  
©Abel Carvajal, 2009.
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