Historias de robles (2): El mosco ganador

Historias de robles: La apuesta secreta

No había pasado mucho tiempo desde que había finalizado la Segunda Guerra Mundial y Colombia estaba próxima a entrar en uno de los períodos más violentos de su historia. Mientras, en el apacible y frío pueblo de Carolina del Príncipe, enclavado en las montañas antioqueñas del país, en esa chicha calma que presagia una gran tormenta, sus pobladores se aburrían de la monotonía. ¡Hasta que a alguien se le ocurrió una idea para salir del tedio o tal vez  para ganar dinero fácil! ¿Qué cosa? Pues una apuesta, ¿qué más hacía hervir la sangre de aquellos antioqueños?

 ¿Qué clase de apuesta? Una carrera de caballos.

 Existía en una finca cercana al pueblo un caballo negro famoso por su resistencia y velocidad, llamado El Mosco, del que se decía que no había en Carolina otro equino que le pudiera ganar. Entonces la idea era enfrentarlo con el mejor caballo del pueblo más cercano, Gómez Plata. Sí, los dos apellidos de la probablemente familia fundadora es el nombre de este municipio, en el que  sus pobladores siempre han mostrado cierta rivalidad con los de Carolina y recíprocamente, aún más notable en aquellos tiempos. Se conformó pues un comité organizador que hablara primero con el propietario de El Mosco: don Abel Carvajal Múnera.

El patriarca don Abel, olfateó de inmediato una oportunidad de ganar una buena cantidad de dinero y aceptó. Luego se lanzó el reto a los líderes de Gómez Plata y tampoco demoraron en aceptar. Se fijó entonces la carrera para un domingo determinado, entre El Mosco y una famosa mula de Gómez Plata que contaba con gran fanaticada, partiendo de la plaza de Carolina hasta la meta en la plaza de Gómez Plata, una distancia de más o menos una hora a todo galope.

El viejo roble conocía muy bien a su corcel y también a la célebre mula. No le quedaba ninguna duda que El Mosco ganaría de sobra. Así lo aseguró ante el comité, los apostadores, los concejales, el alcalde y hasta el cura… es decir, a todo el pueblo. Las apuestas crecían cada día entre los corredores ubicados en ambas plazas municipales. No obstante al enfrentamiento de dos pueblos rivales, la codicia mata al orgullo, pues también muchos habitantes de Gómez Plata conocían al veloz  Mosco, ya que don Abel tenía varios negocios allá y siempre se aparecía en su brioso azabache que despertaba más de una envidia, al que por veloz y negro lo bautizó así. Pronto las apuestas se inclinaron muy a favor de El Mosco. Se acumuló una bolsa cuantiosa.

Don Abel Carvajal, hombre astuto y de pocos escrúpulos, a través de un emisario secreto de muchísima confianza apostó una enorme suma en contra de El Mosco, pocos días antes de la carrera. ¡Sí, en contra de su propio caballo!

En la madrugada del día acordado, mientras el jinete elegido para montar al Mosco preparaba y ensillaba en el establo su popular corcel, don Abel lo llamó aparte y le preguntó si quería ganarse una considerable suma, a lo que el experimentado chalán que no era tonto, no tardó en responder afirmativamente. ¿Pero cómo hacer perder al Mosco sin que los testigos apostados a lo largo del camino lo notaran? Conocía el viejo Carvajal la debilidad de su jamelgo: se agotaba pronto si en ascenso prolongado o en cuesta larga se le tensionaba un poco la rienda, y le indicó cuál era la pendiente del trayecto más apropiada para aplicarle el freno sin que lo advirtiese el delirante público…

En medio del bullicio esa mañana el cura párroco de Carolina en medio de los equinos agitando su blanco  pañuelo dio la largada, previa bendición al Mosco y su aplaudido chalán, claro está.

Como era de esperarse El Mosco tomó la delantera pareciendo aventajar cada vez más a la mula. Por más de la mitad del trayecto así continuó, primero el negro corcel y detrás, cada vez más lejos, la mula. Llegaron jinete y caballo a la  cuesta indicada a menos de una legua de la meta, recordando la instrucción, el hombre tensionó sigilosamente la rienda ante las miradas de los eufóricos concurrentes que a lado y lado del camino azuzaban al seguro ganador. Tal y como don Abel lo dijo, el caballo mermó paulatinamente la velocidad y aumentó sus resoplidos. Antes de coronar la cima, la mula y su desesperado jinete los sobrepasaron ante el asombro de los espectadores.  Aflojó un poco la rienda y aparentó instigar al caballo, para que no hubiera queja alguna contra él y para que tampoco la mula aquella con su contrincante ganaran con sospechosa diferencia. Entraron a la plaza de Gómez Plata como centauros desbocados, ganando la mula apenas por dos cuerpos, ante el algarabío de unos y el desconsolado silencio de otros.

Con cara de “humillados”, propietario y chalán, no tuvieron necesidad de brindar demasiadas explicaciones a los apostadores perdedores, que eran la mayoría, pues los testigos pronto aseguraron que el jadeante Mosco se quedó sin alientos en aquella pronunciada y larga cuesta, tal vez porque el “bruto” montador lo había acosado en forma desmedida desde el comienzo de la carrera…

Esa noche, don Abel Carvajal Múnera, su confiable agente secreto de apuestas y el jinete perdedor se acostaron más ricos que la noche anterior.

El patriarca don Abel Carvajal,  sin lugar a dudas protagonizó más historias dignas de narrarse pero sólo ésta y la anterior ya escrita, llegaron hasta mis oídos. Pero en Carolina del Príncipe, como lo insinúa su romántico nombre, abundan las historias, como las que siguen.

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