Historias de robles (4): Una novia para tres

Antes de empezar la década de los 50’s Colombia entró en uno de los períodos más violentos de su historia: Se desató una cruenta y larga pelea por el poder entre los dos partidos políticos tradicionales, el Liberal y el Conservador, que trajo como consecuencia múltiples crímenes y asesinatos como el del popular candidato liberal a la presidencia el abogado [[Jorge Eliecer Gaitán]]. Se conformaron grupos paramilitares partidistas como “La Chulavita” (conservadores), y nacieron los grupos guerrilleros como las “Autodefensas Campesinas” (liberales). Esta época de terror se conoce simplemente como “[[La Violencia]]”, la que duró hasta bien entrada la década de los 60’s.

Durante la Violencia, la orgía de sangre enloqueció a millares de colombianos, dándose una siniestra creatividad que fácilmente superaba a la de los más temibles criminales de la humanidad. No bastaba con matar al enemigo sino torturarlo en el acto mismo y exhibirlo como trofeo.  Algunos cortaban la garganta de su contrario y sacaban la lengua por la abertura hasta que le colgaba sobre el pecho, cruel método que se llegó a conocer internacionalmente como “la corbata colombiana”. Distinto procedimiento pero también practicado con reiteración, era seccionar el pene del rival e introducírselo en su agonizante boca, y otro, con la variante de que en vez del pene cortaban sus testículos…  Podría citar más horrendos casos, pero ya es suficiente ilustración.

Las endebles fuerzas militares y policiales de aquellos días, reflejo de también frágiles y corruptos gobiernos de turno, poco podían hacer. Cuando no gobierna un soberano fuerte y enérgico, aparecen los feudos dominados por poderosos señores, malvados la mayoría, ésta siempre ha sido la repetida lección de toda la historia humana.

Fue en los inicios de esta escabrosa década en que fallece don Abel Carvajal Múnera, y a los pocos años se han desplazado sus hijos mayores a Barrancabermeja, el pujante puerto petrolero sobre el río Magdalena, en busca de fortuna y una nueva vida. Uno de ellos, Francisco Abel Carvajal Botero, a quien también llamaban Pacho, fue de los primeros en arribar al conocido puerto de las tres “P”, por lo de Petróleo, Plata (dinero) y Putas. En donde una gran colonia de antioqueños se había afincado, empleándose casi todos en los campos petroleros o en la refinería de la Tropical Oil Company o convirtiéndose en proveedores de mercancías o servicios para ella o para sus trabajadores.

El joven Francisco Carvajal se había empleado como mecánico automotriz, una de sus dos pasiones,  pero la segunda lo metería en problemas. Tenía una acentuada afición por las mujeres, en especial por las dedicadas al llamado oficio más antiguo del mundo, lo que por poco le cuesta la vida en aquellos peligrosos días:

En una de sus frecuentes visitas al prostíbulo de moda del caluroso puerto, no pudo evitar fijarse en la más agraciada de las damiselas, una voluptuosa antioqueña, paisana suya. Como era hombre  físicamente muy atractivo, no le fue difícil atraerla a su mesa. Al rato él debió pararse a buscar un sanitario.

Entra al mismo tiempo un cabo de la infantería de marina, que va y se sienta con la que consideraba su “novia”, la misma mujer que esperaba a Francisco. No llevaban mucho los dos acaramelados con sus jugueteos, risas y abrazos, cuando de repente irrumpe en el bar del burdel un sargento de la Chulavita, quien enceguecido de celos se arrojó ferozmente contra el joven suboficial de la Armada, pues la no casta meretriz era también su “novia”. Lucharon tal cual película del Oeste americano por entre mesas, botellas, clientes y damas gritando, pero aquel marino era un moreno alto y bien fornido. El chulavita, un mestizo proveniente del altiplano cundiboyacense (centro de Colombia), muy bravo pero bajo de estatura, pronto se sintió en desventaja y decidió inclinar suciamente la balanza a su favor desenfundando una bayoneta que llevaba al cinto. El marino sólo alcanzó a agarrar la mortal arma por la hoja doblemente filosa con su mano izquierda. El agresor haló ésta cortando la carne de la mano que trataba de quitarle el cuchillo militar. Pacho, quien en ese momento salía del baño subiéndose la bragueta, escuchó el grito de auxilio de la chica en disputa y sin pensarlo mucho se abalanzó sobre el chulavita, siendo un hombre corpulento y fuerte como un roble pronto lo dominó y lo desarmó, lanzándolo después como un bulto de mazorcas fuera del establecimiento. Luego él y la mujer  transportaron al cabo herido al hospital.

Más tarde, cuando salían del hospital después de las costuras, curaciones y vendajes de rigor, se encontraron con el iracundo sargento y una docena de sus compinches armados con carabinas. Pacho y su ahora agradecido amigo marino, fueron salvajemente golpeados, esposados y llevados a empellones al cuartel de la mal llamada policía Chulavita. Allí los encadenaron en medio del patio, de pie, descalzos sobre un charco de agua a donde los torturadores planeaban tirar un cable eléctrico de alta tensión.

La cortesana conociendo de lo que era capaz el sargento, tal vez verdaderamente enamorada (¿del marino o de Francisco?) o por un acto de misericordia, se dirigió corriendo a donde un teniente, “conocido” suyo, de la base de infantería de marina del puerto a la que estaba adscrito su novio, bueno digamos que el número uno. Le narró sollozante la conmovedora historia de cómo mientras atendía una inocente visita de su novio marino, un energúmeno chulavita que la venía asediando de un tiempo para acá, al verlos  la abofeteo (ella adornó un poco la historia), su marinero la defendió a mano limpia… pelea… bayonetazo…  Pacho… hospital y el posterior arresto porque los acusó de guerrilleros liberales, llevándolos al cuartel donde los pensaba torturar y asesinar. Le suplicó que liberara rápido a su subalterno y su amigo de tan infame destino.

El oficial de la Armada no iba a permitir que le tocaran a uno de sus muchachos, menos por esos seudopolicías. Trotó rumbo al cuartel de la Chulavita acompañado de un regimiento completo con mortero y ametralladoras. Lo sitió y amenazó a los atrincherados policías, gritándoles que si no soltaban a su hombre y a su amigo de inmediato no dejaría polvo sobre piedra del cochino acantonamiento. No demoraron en soltarlos.

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