Historias de robles (5): Trescientos

A partir de la segunda mitad del siglo XX, Venezuela gozó de una extraordinaria bonanza gracias a su muy abundante petróleo, llegando a convertirse en el país más rico y flamante de América Latina, lo que fácilmente se apreciaba en las calles, autopistas y edificios de su moderna capital Caracas. Acogió a millones de inmigrantes de los más diversos países en busca de las oportunidades que ofrecía, quienes contribuyeron de manera considerable al desarrollo y prosperidad misma de la ilustre patria de Miranda, Bello, Bolívar y Sucre.

Es en los años 70’s que Venezuela estaba en la cumbre de esta época dorada y es cuando ocurre la aventura que narro de Francisco Abel Carvajal Botero, quien vivía desde hacía más de veinte años con una bella y leal señora como compañera, madre de cinco juiciosas hijas, primero en Guatire y después en Caracas. Se había desempeñado como mecánico de vehículos pesados y luego con sus ahorros compró un minibús o van de transporte público urbano en Caracas, que sólo él conducía. También fue un destacado deportista, practicó la halterofilia o el levantamiento de pesas, llegando a ser subcampeón nacional en la categoría de peso pesado.

Un día en la madrugada, cuando se dirigía como de costumbre hacia la terminal para iniciar la ruta asignada, a un lado de una calle cualquiera vio que una hermosa joven le hacía señas para que se detuviera. La escasa y seductora vestimenta de ella ayudó en tal propósito, los hombres a veces pensamos más con las hormonas que con las neuronas.

Ella abrió la puerta delantera sentándose en la primera silla, situada justo al lado del chofer. Francisco le explicó que todavía no estaba en ruta, a lo que replicó coquetamente que iba justamente cerca de la terminal y le sería de “buena” compañía. No necesitó de más argumentos para que él aceptara darle el aventón.

Se dio la conversación de rigor, no muy extensa. Pronto la inquieta mano diestra del sonriente conductor “confundió” la palanca de cambios con la pierna de su acompañante, quien no mostró signos de rechazo… La mano siguió subiendo por la pierna, ella se le acercó más y le rodeó el cuello con su brazo. Los dedos de él se encaminaron ahora hacia la cintura de ella bajo los cortos shorts, avanzaron por el bosque hasta que en vez de encontrar la entrada a una cueva tropezaron con un inesperado tronco…  ¡Francisco, sacó su mano de un tirón como si hubiera tocado una culebra! Y fue más o menos eso lo que encontraron sus dedos. Era un tipo en vez de una tipa, la supuesta sexy pasajera.

Sintiéndose burlado, con el ego masculino herido, agarró un recortado cable eléctrico de una pulgada de diámetro que guardaba bajo su silla como arma de dotación choferíl, azotándolo mientras lo insultaba. El aterrorizado travesti saltó al pavimento y corrió como alma que lleva el diablo.

Cuando el sorprendido Pacho se inclinó a cerrar la puerta que dejó abierta su afanado pasajero, descubrió bajo la silla un fajo enrollado de billetes. Dedujo que cuando había retirado abruptamente su mano debió sacarle accidentalmente el rollo, decidiendo tomarlo como resarcimiento aceleró de inmediato la minivan. Estacionado ya en la terminal contó el dinero: 300 bolívares, exactos; una pequeña pero no despreciable suma en aquellos días.

Relató el incidente a un par de colegas, quienes lo comunicaron a otros, y éstos a otros, hasta que a alguien se le ocurrió apodarlo “Trescientos”. A partir de ese día así se le conoció en el gremio.

Francisco Carvajal Botero, “Trescientos”, murió no muy viejo en 1997, desconociéndose el lugar y fecha precisa, pues un misterioso manto cubre aún hoy cómo vivió sus últimos días. Su cadáver fue hallado en el año 2000 en una tumba común de un viejo cementerio público de Caracas, por Lucila su hermana mayor; quien al no tener noticias de él por más de cinco años viajó desde Colombia y con la ayuda de la distinguida ex señora y de sus hijas, que tampoco conocían de su paradero desde hacía más de diez años luego de que él había decidido abandonarlas por una joven mujer, indagaron hasta descubrir su cuerpo.

En los archivos forenses anotaron brevemente que su cadáver fue encontrado abandonado en una solitaria calle en las afueras de Caracas, el que llevaba varios días expuesto a la intemperie, fallecido por un aparente infarto.

En los archivos de la flota de buses descubrieron unos sospechosos registros en los que se evidenciaba que dos autobuses que aparecían como de su propiedad pasaron misteriosamente a manos de un tercero. Allá, mientras ellas indagaban, un viejo chofer se les acercó, quien afirmando haber conocido a Carvajal les aconsejó dejar las cosas así. Optaron por dejar todo en manos de la Justicia Divina, que no falla ni se corrompe como la de los hombres.

También en Venezuela vivió y murió María del Amparo Carvajal Botero, hermana de Francisco y muy querida tía mía. Mujer valiente y trabajadora, que sola (nunca se casó) enfrentó con éxito el desafiante mundo machista de casi todo el siglo XX.

 Amparo, con muy poca educación emigró contra la voluntad de sus hermanos en los 60’s desde Colombia, se desempeñó en humildes labores pero siempre llena de entusiasmo y dedicación. Poseía un gran don de gentes y espíritu muy sociable por naturaleza, lo que la llevaría a tratar personalmente con tres presidentes de la República de Venezuela: Carlos Andrés Pérez, Luís Herrera Campins y Jaime Lusinchi, a quienes les consiguió millares de votos en sus respectivas campañas. No obstante ella nunca quiso enlistarse en un forcejeo electoral a título propio para algún cabildo o asamblea, pese a que ellos así se lo propusieron.

Ella fue la mujer con más sentido humano que he conocido en mi vida. Tuve el privilegio de acompañarla en sus últimos días, quien desahuciada y en medio de agudos dolores mantenía una sonrisa a flor de labios mientras me narraba con lujo de detalles algunas de las historias familiares que ahora transcribo, en una clínica de Caracas. Allí compartía habitación con otras dos pacientes, a quienes atendía y escuchaba con esmero y preocupación pese a que estaban menos graves que ella misma, actos que significaron para mí una gran lección de humanismo.

No dejaré de mencionar que en aquellos tristes días ella me dio la instrucción muy precisa de que no permitiera que sus cenizas las llevaran para Colombia, sino que las esparcieran en cierta zona de la costa venezolana o en un cerro señalado por ella de Caracas, dos lugares que le encantaban. Lo que demuestra que uno no es de donde nace sino de donde vive y muere.

Amparo Carvajal Botero falleció ya octogenaria el 15 de diciembre de 2005 a la 1:10 p.m., en el apartamento que había comprado años atrás Francisco antes de abandonar a su familia, en Caracas. Murió bajo los cariñosos cuidados de dos de las cinco hijas adoptivas de su hermano. Sus cenizas fueron engrandecidas por el viento y el mar en su lugar favorito de la costa venezolana, cumpliéndose su voluntad.

A su memoria dedico Historias de robles. Ella misma fue un gran roble, así como otro hermano suyo que tuvo una vida digna de un libro, de quien escribo en los siguientes relatos.

Para leer más "Historias de robles", entre a: http://territorio64.blogspot.com/

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