Historias de robles: La apuesta secreta

Prólogo

El apellido Carvajal es de origen leonés, del siglo X y significa "lugar o bosque de carvajos", procedente de la palabra "carvajo" que significa roble. En América no está claro quiénes fueron los primeros Carvajal que llegaron, pero seguramente no fueron de alto linaje sino más bien lo contrario, como la gran mayoría de conquistadores y colonizadores ibéricos de aquellos oscuros tiempos. Pero ciertamente casi todos los que he conocido (hombres y mujeres, dentro y fuera de mi familia) portadores del apellido parecen en cuanto a carácter, resistencia y fortaleza física eso: robles.

Tres de estos "robles", muy cercanos familiarmente a quien les escribe, fallecidos ya, protagonizan las breves historias inspiradas en acontecimientos reales que me narraron o conocí, las que escribió aquí. Algunas rayaron con lo ilegal o lo inmoral, pero no es asunto del escritor o del lector el juzgar. Conservaré sus nombres de pila originales y de sólo algunos actores que aparecerán, pues para evitar susceptibilidades no mencionaré el nombre de otros más.

Los tres Carvajal tienen en común, aparte de la sangre y el apellido, el que eran antioqueños, es decir nacidos en la emérita provincia, estado y ahora departamento de Antioquia de la convulsionada República de Colombia. Todas estas historias transcurren en el siglo XX, en pueblos y ciudades de los hermanos países  Colombia y Venezuela.

Desde hace varios años quienes han escuchado algunas de estas historias me han pedido que las escriba. Dudé por mucho tiempo hasta que me decidí. Lo hago no tanto para guardar la memoria de los personajes o del apellido o de una familia o de un pueblo o de dos generaciones o de un país…  sino más bien para que las próximas generaciones tengan una idea de cómo pensaban, actuaban y vivían algunos de los colombianos del siglo XX.

A continuación la primera historia del primer "roble", el mayor del bosque familiar:

LA APUESTA SECRETA

En los albores de los años 20´s en el pictórico pueblo antioqueño de Carolina del Príncipe, vivía don Abel Carvajal Múnera, hijo de un misterioso hombre mulato que había aparecido en el pueblo un día cualquiera de la segunda mitad del siglo XIX llamado Eusebio Carvajal del que poco o nada se supo, a lo mejor esclavo fugitivo o liberto. Pues bien, don Abel había enviudado prematuramente y quedó de su breve matrimonio una hija a quien bautizó Graciela, quien para aquella época ya era una joven de unos 17 años, próxima a graduarse del colegio.

Don Abel, hábil negociante y emprendedor había también labrado una no despreciable fortuna. Cuentan que tuvo una secreta mina de oro en compañía de otros dos socios, quienes al morir los tres se llevaron el secreto de la ubicación a la tumba, tal vez honrando un antiguo pacto de caballeros, pues ni a sus hijos le enseñaron la tal mina. Por lo que la mina quedó en medio de la realidad y la leyenda. Pero lo cierto era que él de vez en cuando se aparecía en su casa con grandes chicharrones de oro puro. Probablemente ese oro fue la base de su riqueza, pues para la época de esta historia, él ya cercano a los 40 años, era dueño de dos fincas una de caña panelera y otra de ganado lechero con buenos caballos y mulas, de una gran casa en el pueblo, además de una tienda de granos y abarrotes situada en la misma plaza principal de Carolina.

Así que fácilmente podía costearle a su única hija el mejor colegio de la región, un internado para señoritas en la pequeña ciudad de Yarumal, dirigido por monjas. A donde por lo menos una vez al mes iba a visitarla como padre responsable que era.

Un día mientras visitaba a Graciela, ella muy alegremente le presentó a su mejor amiga y compañera, unos pocos años mayor,  la bella joven Magdalena Botero, de familia de blanca estirpe radicada en Yarumal cuyos ancestro seguramente provenían de Italia, de acuerdo al apellido, pero con poco oro… El señor Carvajal quedó prendado, y como en un buen romance, la desprevenida presentación traería problemas.

El enamorado señor empezó a visitar con más frecuencia el internado, generoso en obsequios para con su hija y su compañera. Muy pronto, como mujer que era, ella percibió en las ahora  asiduas visitas el tono de Romeo en su progenitor, y aún más cuando andaba cerca Magdalena, su mejor amiga hasta ese instante. Sin perder tiempo la perspicaz hija recriminó de coqueta y traidora a la compañera, ordenándole alejarse de su padre, y a éste le hizo ver la vergonzosa diferencia de edad que los separaba… “Pero el amor cuando llega así de esta manera uno no se da ni cuenta, no tiene horario ni fecha en el calendario…”, versa la canción “Caballo viejo”, y más sabe el diablo por viejo que por diablo, reza también el refrán.

Don Abel siguió con su cortejo a Magdalena haciendo caso omiso a las palabras de Graciela, que interpretó como pataleos de una hija celosa. Magdalena, presa de angustia no sabía qué decidir, estaba atrapada entre su corazón y la supuesta lealtad que le debía a la amiga.

A sus mejores amigos contó él aquel problema en el que se hallaba, por un lado el amor a su hija y por el otro el rejuvenecedor sentimiento que crecía hacia la amiga de ella. Ellos no creían que pudiera prosperar ese difícil amor entre un hombre casi cuarentón y aquella muy joven dama, aconsejándolo olvidarla, sin embargo él estaba convencido de lo contrario. No tardó en lanzarse una apuesta, costumbre muy popular entre los antioqueños aún hoy en día, y el señor Carvajal que se tenía mucha confianza en estas lides del galanteo, pues no faltaron los hijos “ilegítimos” que le adjudicaron una que otra señora del pueblo, aceptó. Se pactó entonces en secreto una apuesta, una grande, don Abel apostó a que antes de un año convertiría a la joven Magdalena Botero en su segunda esposa y los amigos apostaron en contra de tal evento.

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