LA MUERTE DE JUANES I

 

I

CAMBIE DE IDEA, cuando un domingo de esos que se presiente; transcurriría tranquilo de manera normal, sin novedad; un acto de humanidad haría que ese día fuera para mí, un domingo especial; distinto a los demás. Eran las 9 AM, la misa había llegado a su final. Con la bendición del señor cura, párroco de la Iglesia de San Marcos, como otros feligreses, salí presuroso en dirección para mi casa. Por ser día de descanso, me esperaban mi esposa y mis dos hijos, emperifollados y con apetito, listos para salir a desayunar.

 

Luego de caminar unas cuantas cuadras, me topé en mi camino con dos jovencitos “hembra y varón”, quienes a propósito se habían dispuesto sobre un costado de la acera a exhibir una camada de ocho cachorritos “Bóxer”, híbridos de bulldog de pocos días de nacidos, recién destetados y apenas abriendo sus ojos dentro de una caja de cartón. Éstos pusilánimes animales, convulsionaban fastidiados por la luz mañanera del sol; y el frio que talvez sentían por estar desarropados. Gimientes, buscaban entre sí; calor fraternal y alimento; su lechecita materna.

 

Aquellos dos jóvenes, recursivamente habían pegado sobre la pared, un aviso sugestivo hecho a mano alzada en papel cartulina con letras grandes de color “rojo” que decía: “¡Nos rifan!”… “¡Adóptame! por solo $1.500 pesos”. El mensaje llamaba la atención entre toda la concurrencia ocasional,  que frente a ellos, se detenían a contemplarlos o simplemente pasaban haciéndose a un lado, desapercibidos. Como era de esperar, entre los transeúntes hubo reacciones diferentes: Unos por curiosidad se aglomeraban y no prestando ningún interés al suceso seguían su camino como si nada; Otros, como yo, nos detuvimos a presenciar esos pequeños sabuesos gorditos, peludos y orejones de color leonado rojo con manchas blancas.

 

Mientras esto ocurriría, en la improvisada “sala cuna” los animales rabeaban moviendo sus cuerpos rechonchos y hocicos de un lado para otro dentro del espacio reducido de la caja. Quienes los mirábamos, nos parecían ¡Encantadores! Su donaire canino, despertaba aún más el ávido interés y el deseo por poseer uno de ellos. ¡La rifa va a comenzar! ¡Quien, más se anota!  Promulgo uno de los jóvenes- yo, porfiado aposté a perder o ganar el premio mayor, sin pensar en las consecuencias que me traería tal decisión. Compré la ficha con el número 5 por $1.500 pesos. Quería arriesgar ese día en la consabida oferta. ¡Jugué el numero 5! Y, ¡Gané! Fue mi día de suerte. Luego, me tocó el turno de escoger uno de aquellos animalitos situados en la “camada móvil”, quedándome con un ejemplar de peculiares características; que previamente lo había avistado antes de participar en la susodicha rifa; era el más flaco y poco agraciado de todos; pequeño, chillón y perezoso, no obstante, perfilaba ser cuando grande, el más listo y bien parecido de la cría. De inmediato, lo cogí para mí, lo alcé y lo acuné en mis brazos para llevármelo junto con mi familia; quienes a propósito, impacientes  me esperaban para ir a desayunar en la tradicional cafetería del parque. 

 

De regreso a casa, como “la lechera” de la fábula de Samaniego –caminaba y caminaba acompañado por mis pensamientos-  ¡Que encarte, Dios mío! -Tal vez, a mis hijos  les va a gustar la adquisición, pero a mi esposa… ¿será que le gusta? Lo dudo mucho. Ella, pondrá el grito en el cielo, es muy meticulosa en el orden y aseo de la casa. Y una mascota, requiere entre otros quehaceres, de manutención y cuidados especiales. ¡Por supuesto!, que no lo verá con buenos ojos. Y, más aún, cuando ella sea  quién tenga que hacerlo a diario. De entrada, me mandará a la calle con todo animal. ¡Qué metida de pata! Y… si eso sucediera…  que el dogo no fuera bien recibido ¿Qué papel haría para deshacerme de él? Seguramente, lo mismo que hicieron aquellos “recursivos jovencitos”. Sí, eso es; ¡lo rifaría!, o en último caso ¡Lo regalaría! Pero ¿a quién?... Vaya problema, en que estoy metido.

 

En esa trayectoria de pasos largos y pensamientos decisivos, de pronto llegué al pórtico del antejardín de mi casa con mi pequeño mamífero en brazos. Lleno de incertidumbre y vacilando ¡Toque el timbre! Sin embargo, me dispuse como un valiente a desafiar el rechazo, las afrentas y cocotazos de mi adorada esposa por causa de la adopción del pequeño galgo.

 

¡Al instante, la puerta de entrada a la casa se abrió!   Apareció en el umbral  mi hijo “Daniel”,  de ocho años quién al verme  se vino  corriendo a mi encuentro con las llaves. Luego, de  abrir la puerta del antejardín y saludarme efusivamente… ¡Pasó justamente lo que me temía! Lo primero que motivó su curiosidad fue el bultico de pelos que traía acunado, moviéndose entre mis brazos… Y desde luego no demoró el inesperado interrogatorio…

– ¿Papi, que traes en tus brazos? –

-Hijo un pequeño perrito-

-¡Muéstramelo… déjame tocarlo!-

- ¡Espera hijo… está asustado! – Luego, de tanto insistir, se lo deje ver-

-¿Eso tan feo y arrugado como una pasa, es un perro?-

-Hijo, los perritos bebecitos recién nacidos son feos y arrugados -Como tú dices-

-Pero con el tiempo van componiendo su apariencia-

No contento, con su interpelación, en seguida llamó a todo pulmón  a su madre,  y a su  hermana Freída de cuatro años de edad.

 

-¡Mamá! ¡Freída! ¡Mamacita! ¡Freída!

-¡Mi papá, nos trajo un perro bebecito!- ¡Vengan y lo miran!-

- “Freída”, al instante, acudió al llamado de “Daniel” y llegó   corriendo al sitio.

 

Detrás… también, venía mi encantadora esposa motivada por la curiosidad de  tanta algarabía…  ¡Sentí  susto en ese momento! Pero, me mantuve firme  y seguro de sí mismo- sucediera lo que sucediera; sin inmutarme me programe,  para las que sea.

 

A decir verdad, ¿Por qué debería darme nervios tal situación?...es cierto que el carácter  exasperado de mi esposa manifestaría su inconformidad ante una razón voluble, como es  compartir la casa de hoy en adelante, con la candorosa compañía de un pequeño en etapa de crecimiento ¡brindándole además, sus cuidados!    

 

Mientras tanto, asenté al pequeño dogo en la fría tableta del piso  para que se fuera desengarrotando… Este, como aún estaba casi ciego, daba pasitos lentos y torpes, amilanado. Luego de explorar  tímidamente  los  zapatos de “Daniel” y  los míos;  comenzó  a  husmear  su negro hocico por toda el área de  la periferia del jardín, como reconociendo los confines de su nuevo territorio.

 

Las miradas inquisidoras de mis hijos y  mi esposa al tiempo…no dejaban de hacerme sentir incomodo, e inquietarme sus preguntas acuciosas…  

-¿Qué come? –Preguntó Daniel-

-¡No sé! hijo.

- De pronto concentrado, que se yo. Empero de una cosa si estoy seguro y es que este cachorro, está recién destetado de lado de la madre; mientras tanto,  solo hay que darle lechecita en un biberón para que crezca sano y fuerte.

- ¡Papi! Es hembra o macho, -terció mi hija-.

- ¡Macho! Por lo que le he visto ¡Es un buen ejemplar!       

-¿Dónde lo encontraste? –Preguntó mi mujer-

-¡Me lo gané en una rifa callejera!

-¿Rifa?... ¿Luego, no era que estabas en misa?

-¡Si amor! Todo comenzó cuando  salí  de la misa, a unas cuadras de camino  de la iglesia. Encontré a  dos jovencitos rifando una camada de estos retoños recién nacidos… y el que ves ahora, es uno de ellos.

-¡Mira papá, el perro bebecito se hizo chichi! – Advirtió Freída, con asombrado acento -

-¡Uff!... ¡De lo que me salvé! Bien pudo haberse “orinado” por el camino en mis brazos.     

-Sí, pero lo hizo en la tableta de la entrada de la casa-  ¡acusó mi mujer enojada!-

- Y…  ¿quién va a limpiar su cochinada?

-¡No te preocupes, amor!  Lo haré yo, en seguida  – le respondí seguro- y  me dirigí al patio de ropas por un trapero con el sequé su evacuada...  

 -Y, acto seguido interrumpí el interrogatorio-

-Bueno familia,  ¡Es tarde… y no hemos desayunado!-

-¿Y el animal qué?-  ¡inquirió mi esposa rezongona!-

-Dejémoslo en la sala, en el interior de una caja de cartón- Así lo tenían cuando lo encontré antes de la rifa-

-Daniel, corrió de inmediato al cuarto de trebejos y encontró la caja. 

-Mira papa, lo que me encontré- ¡Esta bien, hijo!

-Enseguida, levante al cuadrúpedo de donde se encontraba,  y  sin remilgos lo puse en el interior de la caja. 

- Bueno familia, que les parece, si en un momento al degusto de una “changua”; “huevos al gusto”; una “taza de chocolate” con “pan francés”; “queso doble crema” y “almojábanas” en la cafetería de Pablo; deliberamos sobre el futuro de nuestro pequeño nuevo miembro de la saga… ¡Todos asentimos sin objeción!

 

El problema,  estaba planteado y había que resolverlo buscándole una  solución pacífica al asunto, para salir bien librado de esta por la puerta grande, y, no aventado como una ” bengala”  por el techo de la casa.  

 

Sin más requilorio, después de acomodar en la sala al pequeño ser dentro de la rustica  caja de cartón; salimos todos de casa y nos dirigimos a desayunar al parque…

 

A mi parecer, creo que le había ganado a mi esposa el  “primer raund”…

 

 

Esta historia continuará… 

 

 

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