LOS VENDEDORES DE SANGRE

LOS VENDEDORES DE SANGRE

En el barrio donde crecí se dieron toda clase de locuras; nunca pensábamos mucho antes de actuar y andábamos por el mundo como potros sin freno. Esta anécdota es un reflejo de la falta de cordura que nos acompañaba.

Esta es una historia real basada en la venta de este líquido vital. No sé en estos momentos pero hace cuarenta o más años los hospitales compraban sangre para tener reservas en su banco para las urgencias. El precio dependía del tipo sanguíneo y la más cara era la O negativa. Me queda difícil hablar de los precios actualizados a este momento porque no volví a preocuparme por el comercio de la sangre.

El asunto ahora me parece asombroso, por decir lo menos. Éramos un grupo homogéneo de muchachos entre los 16 y los 19 años, todos vecinos de la misma barriada y bastante desquiciados. Nos gustaba el baile, la parranda y el trago y, a pesar de pertenecer a familias de clase media, nuestros padres no nos daban lo suficiente (según nuestras cuentas) y debíamos conseguir dinero por nuestra cuenta; de manera honrada, se entiende.

Uno de mis compinches estaba, por casualidad, en el hospital visitando a un familiar, cuando una enfermera pasó apresurada por los pasillos solicitando donantes de sangre y que el paciente pagaría por ese favor. Mi amigo se ofreció y le sacaron como medio litro a buen precio. Tan pronto llegó a nuestra comunidad nos mostró orgulloso los billetes y nos dijo que el hospital estaba comprando sangre. Sin pensarlo todos los del grupo salimos para que nos extrajeran lo que quisieran a cambio de dinero.

Hasta aquí no parece ninguna locura, pero es que la historia no termina. Con ese dinero, y en contra de las indicaciones médicas de buena alimentación y reposo, de inmediato entramos a unos billares a jugar y beber trago hasta emborracharnos, por supuesto, como estábamos débiles el efecto fue muy rápido.

Pues dicen que todo empieza con una primera vez y en nuestro caso la donación se repitió con una inesperada frecuencia hasta el punto que todos ya mostrábamos signos de anemia. Es que nos pareció una manera fácil, rápida y honrada de ganarnos la plata necesaria para disfrutar la vida. En el hospital nos advirtieron que solo se podía donar cada tres o cuatro meses pero, como solíamos beber y gozar todos los fines de semana, empezamos a ir a diferentes hospitales y clínicas para la venta de nuestra sangre.

Todo se descubrió y terminó cuando uno de mis amigos se desmayó en plena clase en el colegio y lo llevaron de urgencias al hospital más cercano donde, al practicarle los exámenes de rigor, descubrieron una escasez terrible de glóbulos rojos y otras falencias en su organismo. El pobre no tuvo más remedio que confesar de dónde sacaba sus ingresos extras y, por derecha delatar a todos sus amigotes. No sé los demás pero por lo menos yo jamás volví a vender una gota de mi liquido vital. Y, hace unos años, cuando quise donarla a la cruz roja me dijeron que por la edad ya no era apto para este tipo de donaciones.

 

Edgar Tarazona Angel

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