MI GUSTO POR LA MÚSICA COLOMBIANA

Hay algunas personas, situaciones, cosas, y demás que se nos quedan en el recuerdo y nos marcan la vida extrañamente y de una manera muy sencilla, desde lo cotidiano, nada en especial.  Mi admiración por la música colombiana surge así, de la convivencia  cotidiana entre niños y adultos, desde las experiencias de una vida tan normal como la de una familia cualquiera.  Sin embargo, son instantes que se nos quedan para siempre y que terminan por arraigar conductas como la que refiero a continuación.  

Yo tengo unos seis o siete añitos, aún no sé leer; estoy con mi papá en el patio de la casa, debe ser un día domingo, no lo sé, eso no lo tengo muy claro.  Mi papá siempre tiene un radio pequeño en el patio, un radiecito pequeño de marca  sanyo de dos pilas grandes en el que escuchaba noticias generalmente.  Pero también escucha música y el día domingo hay un programa de música colombiana en una emisora local, yo no recuerdo el nombre de la emisora, que mi papá no se pierde, porque él es un admirador del folklor nacional en todas sus expresiones especialmente, en esta, en la música.

En la radio suena una canción “los guaduales”, mi papá la sigue, es decir, la va cantando, mientras me mira hace gestos y ademanes.  Mejor dicho,  mi papá está cantando para mí “los guaduales”.  Al terminar de sonar la canción en la radio, mi papá se dispone a explicármela pero, obviamente, yo no entiendo mucho, empezando que yo no  sé decir “guaduales” porque la escucho mal, entonces digo “guadales”.  Mi papá me explica con un ejemplo lo que es un guadual; yo le pregunto: ¿qué son los guadales? Y él, haciendo ademanes señalando en dirección al rio que cruza el pueblo me dice: ¿has visto esos árboles  altísimos que hay en la orilla del rio?, yo le contesto: “si”, sin entender todavía la comparación, estoy muy niña.  Entonces mi papá me concreta explicación diciéndome: “pues bien, eso es un guadual, un cultivo de guaduas” .

Yo no sé si la lección está completa con este ejemplo de guadual, supongo que sí, no lo sé, estoy muy niña; en todo caso si tengo claro que aún me queda por entender una última inquietud con la cual se cierra este episodio en mi memoria. 

Le transfiero a mi papá mi última suspicacia respecto a la bella canción “los guaduales”, alzando la mirada y medio incrédula le pregunto a mi papá: ¿siii, y los guadales lloran…?.  Supongo que para mi papá esta pregunta es una estupidez, sin embargo, no hace  comentario alguno, simplemente hace un gesto de asombro y sorpresa, seguido de una leve sonrisa…

Aprendo a decir guadua, ya cuando aprendo a leer y veo la palabra escrita, es cuando caigo en cuenta y digo: “¡ah, es que se dice los guaduales…!”.   Y con esta canción comienza el recuerdo que yo tengo de lo que es música, es decir, esta es la primera canción que yo recuerdo he escuchado en mi vida.

La segunda canción de música colombiana que mi papá me enseña, al menos yo lo recuerdo así, es “la sombrerera”.  También como “los guaduales”, tengo claro el lugar de la casa donde nos encontramos y la época de la vida  por la cual estoy pasando, gestos y palabras de mi papá para enseñarme “la sombrera”, mis preguntas sorprendentes por bobas y sus comprensivas respuestas.

Estoy en plena adolescencia, debo tener unos trece años, estamos mi papá y yo por los lados de la cocina, pero por fuera de ella.  En la radio anuncian la canción “la sombrera”, mi papá llama mi atención para que yo le ponga cuidado al tiempo que la sigue, es decir, él también la canta al tiempo que hace ademanes sobre su cabeza, ademanes que, como es lógico, yo no entiendo, como indicándome la copa y las alas de un sombrero…  Yo me dedico a escuchar la letra de la canción: ¿sombrera?, ¿chaparraluna?, ¿qué es eso?...  Las preguntas que se contestan solas pero, obviamente, que a los trece años solo hay preguntas…

 ¿Qué es una sombrera?, le pregunto cándidamente a mi papá, a lo que me responde con una sonrisa de sorpresa seguida de la explicación, diciéndome: “la sombrera es una mujer del Tolima que teje el sombrero de paja, por eso la canción dice que le va a traer “cerros de paja” para tejer entre los dos el sombrero”.

Entendida esta explicación, comprendo los ademanes que me muestran la copa y el ala del sombrero de paja que describe la bella canción.  Me falta por resolver la pregunta imposible porque esta sí que está contestada.  Le pregunto a mi papá: ¿ah, y qué quiere decir chaparraluna?...  Nuevamente mi papá se sorprende pero sonríe, tal vez porque no necesita mucho esfuerzo intelectual para explicármelo: “en el Tolima hay un pueblo que se llama Chaparral y a la gente de ese lugar se le llama chaparraluna”.

Yo ya estoy fascinada con la canción, no obstante, no sé si por malicia o por inocencia, pregunto nuevamente: ¿y él porque le canta eso a esa mujer?...  Mi papá echa hacia atrás la cabeza, suelta una carcajada picarona y me dice: “porque él quería que ella fuera la nooovia…”.

La tercera canción también es otra joya de incalculable valor, es una representación de nuestra belleza musical colombiana “los cisnes”, guau…

Ya soy mayorcita, debo andar por los veinte o veintiun años.  Es domingo, claro; mi papá está sentado en la silla mecedora que tiene en el patio de la casa, debajo del árbol de mandarinas, está escuchando el programa dominical de música colombiana, que tanto le gusta,en su pequeño sanyo; yo bajo al patio a extender una ropa que acabo de lavar y en ese momento anuncian una canción “los cisnes” y él llama mi atención diciéndome: “oí, oí periquita, ponele cuidado a esa canción …”.   Los cisnes.  No musitamos palabra alguna mientras escuchamos esta preciosa melodía…  Esta vez, lógicamente yo ya soy grande, no hay preguntas, solo el éxtasis de un enamoramiento a primera oida y para siempre, perpetuo, eterno…

De ahí en adelante, cada que esta canción suena en su pequeño sanyo, mi papá correa a llamarme para que la escuche o sino le sube todo el volumen porque sabe que yo pego la carrera para escucharla con mejor detalle.

 

Por eso, gracias a los autores de estas perlas del tesoro musical de Colombia, pero sobre todo, “Gracias Carlos Tulio Correa por legarme este elegante gusto, que Dios te recompense en el lugar del universo donde te encontrés…”.  

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