Mi música lejana y el ayer perdido (2da parte)

       Por razones de trabajo me desplazaba a Bogotá D.E. por largas temporadas y allí me enrolé en un grupo que compartía a medias mi música; a ratos les gustaba el rock de la época (años 60´s) pero, en las fiestas, se repetía el ritual de las conversaciones insulsas y la misma música popular del momento, las chicas eran más liberadas pero vacías y yo sufría como un vegetariano en un asado; alguna de ellas me inició en lo del noviazgo y tal pero me dejó muy pronto. Como yo era el único que trabajaba, descubrí que me invitaban a todas las fiestas, sin faltar, porque era el mayor contribuyente para los comestibles y bebestibles... entre los muchachos yo era el mejor “partido” pero el más tonto, según los parámetros que manejaban en ese maldito entorno. Yo me refugiaba cada vez más en el billar y en la música de cantina, fumaba como un preso y comencé a tomar cerveza para calmarme los nervios, en mi pequeño apartamento escuchaba mis discos, cada vez más numerosos y en un revuelto de géneros que ni les cuento. De pronto apareció La Sonora Matancera con todos los instrumentos y yo me sentía en la gloria, de manera que revolvía Lucho Bermúdez, Sonora Matancera, Beatles y Beethoven en una sola noche, que tal. Un revuelto indigesto pero a mí me sentaba bien.

        Algunas veces me dedicaba a los intérpretes y revolvía Javier Solís, Enrique Guzmán, Cesar Costa, Leo Dan, Leonardo Fabio, Roberto Carlos “Estas enamorada/ muy enamorada de un amigo mío/ pero tú no sabes que yo a ti te quiero/ mucho, mucho más...”,  y “Jamás podré olvidar, la noche en que te besé/ esas son cosas que pasan y/es el tiempo que después dirá...”, “Ahí viene la plaga, le gusta bailar/ y cuando está rocanroleando/ es la dueña del lugar/ vamos con el cura que yo me quiero casar/ no es que seas tan bonita/ si no que sabes bailar/ ahí viene la plaga” y terminaba con José Alfredo Jiménez: “Amanecí otra vez entre tus brazos/ y desperté llorando de alegría/ me cobijé la cara con tus manos/ para seguirte amando, todavía”.

        En el trabajo la situación era diferente, en la pequeña ciudad que me correspondió como primer sitio de trabajo y donde transcurrieron casi treinta y seis años de mi vida, la mayoría de los profesores del gobierno éramos jóvenes, con intereses parecidos en cuanto a propósitos de vida y aspiraciones pero hasta ahí llegaban las similitudes; la mayoría eran muchachos de provincia con todos los resabios del recién llegado a la ciudad capital; en cierta forma yo me salvé porque salimos del pueblo de las ferias y fiestas y los altavoces en la iglesia parroquial a una pequeña ciudad de provincia, cercana a la capital, con defectos y virtudes muy similares a los de la gran ciudad. Mis colegas provenían de todos los puntos de la geografía nacional y traían consigo las costumbres de sus regiones, incluida la música, y cada uno se consideraba el poseedor de la verdad: la mejor comida, la gente más alegre, los más hospitalarios, los más amables... y estaban dispuestos a echar bala y agarrarse a trompadas con el que fuera para demostrarlo, ¡Qué ternura!

       En algún baile para celebrar el Día del Maestro, se demostró la realidad de sus amenazas, como era una fiesta de toda la zona escolar, que incluía como quince escuelas y colegios, en el gran salón donde se hacía la celebración a medida que íbamos llegando nos agrupábamos con los conocidos de la propia escuela o con los conocidos de otra; trago va, trago viene, todo al ritmo de la música bailable; empiezan los coqueteos y las charlas, y yo mirando, como el que no quiere la cosa; vi a los llaneros mirando en forma retadora a los tolimenses  y a los santandereanos (grupos humanos que tienen o tenían fama de ser los más peleadores de Colombia) y, por cualquier cosa, creo que una de las profesoras no quiso bailar con un tolimense y salió a la pista con un santandereano... quien dijo que no, carajo, se armó el mierdero y cada uno trató de ser el de la región más amable: los malditos iban armados y sacaron los revólveres y dispararon al aire, afortunadamente, todos corrimos y tumbamos mesas y botellas y se formo uno de los mierderos más formidables que recuerdo; yo terminé detrás de una mesa abrazado con una profesora que no conocía y que temblaba muerta de miedo, mirada va, mirada viene y, como en las películas, ella me vio como su salvador y me premió con un beso, casi me muero del gusto y ahora en la lejanía la recuerdo como la más bonita de Fontibón, a la que le caían todos los galanes del magisterio, del pueblo y de sus alrededores; su nombre era Jenny Cecilia T. S. y no había deseado recordarla porque su añoranza me lastima; ese primer beso desencadenó un romance que me marcó a mi; la bendita era veterana en las lides amorosas y jugó con mis sentimientos como las perdularias y percantas de los tangos; es curioso pero nunca quise matarla como dicen los tangos, más bien le agradezco haberme quitado la venda de los ojos.

        Creí haber alcanzado el cielo y, como era un muchacho inexperto, caí rendido a sus pies para el sacrificio; ella siguió actuando como era pero yo no sabía qué hacer y me forjé unas ilusiones de aquí a la luna que acabaron como debían terminar: ella, la reina, con su orgullo a salvo y yo, con mi corazón ingenuo vuelto mierda y refugiado en los cafetines donde jugaba billar y escuchaba esa música de traiciones, puñaladas, infidelidades y malparideces que parecía retratar mi triste realidad. Jamás volví a una puta fiesta de maestros. Bueno, si, a una como treinta años después y ni fu ni fa, nada que recordar. De esta si no tengo malos recuerdos porque mis amigas del momento eran mujeres hechas y derechas y las fiestas de maestros dejaron de ser parroquiales para convertirse en acontecimientos multitudinarios con dos orquestas de renombre nacional y en lugar donde se congregaban cinco o seis mil personas.

       Casi nunca coincidí en gustos musicales con mi entorno, a no ser en las fiestas en las cuales comencé a bailar lo que fuera y no me sentía incómodo si lo que sonaba no me agradaba, el asunto era bailar y disfrutar y yo trataba de hacerlo, siempre y cuando el licor no se me adelantara y me trastrocara los planes. Digo esto debido a que en mi soledad de los billares y llevado por los mensajes subliminales en algún momento fumaba y tomaba como uno de los protagonistas de las historias truculentas de los discos de las cantinas: “Esta noche me emborracho bien, me mamo bien mamao...”, cantaba Gardel y decía que tomaba y obligaba y José Alfredo tomaba con el cantinero y después armaban una pelea la hijuemadre y “ Llegó borracho el borracho/ pidiendo cinco tequilas/ y le dijo el cantinero, se acabaron las bebidas/ si quieres echarte un trago/ vámonos pa´otra cantina...”, de manera que mi mente de muchacho estaba llena de imágenes que no correspondían con la realidad y, mientras mis amigos y amigas se gozaban la fiesta, yo montaba en mi imaginación unas películas de campeonato con galanes traicionados (uno era yo) mujeres que se van con otro pero al final la pagan, hombres que lloran sentados frente a una botella pero no le dan gusto a la ingrata de que los vea, mujeres que mal pagan y, ahora caigo en la cuenta, casi todas las canciones de mi época eran machistas al límite y hoy las mujeres se desquitan, a veces, en letras cantadas por hombres y las relaciones de pareja son un mierdero del infierno.

      Siento que este relato  ha sido una descarga de energía negativa y merece una segunda parte que ignoro cuando la haré si la hago. Mientras eso llega… muchos de mis demonios personales se marcharon para los profundos infiernos.

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