Mi música lejana y el ayer perdido

      Mis primeras fiestas fueron fatales, un desastre completo; la presencia física me favorecía y ahí paraba mi atractivo, no sabía bailar ni hablar y con eso espantaba a todo el público femenino, hasta las horrorosas de tiempo completo me decían que estaban cansadas para no salir a bailar conmigo, aunque fuera la primera canción de la fiesta, yo ni las madreaba mentalmente porque era pecado, y esas ideas que le inculcan a uno desde temprana infancia son difíciles o imposibles de desarraigar de la mente y el corazón. Me sentaba en algún sitio para pasar desapercibido y miraba con lágrimas en los ojos los pies de los bailarines... de todos, porque hasta los viejos de más de cuarenta años sabían llevar el paso y se movían con desenvoltura; no importa qué clase de música sonara: cumbia, porro, gaita, paseo, pasodoble... esa fue mi primer salvación; mi amigo Jorge me dijo:

- Hermanito, usted es medio bestia para bailar pero hay un ritmo que no le va a quedar grande.

-   ¿Seguro, hermanito?

-    Seguro... es fácil, es paseadito, paseadito, para lado y lado, suavecito.

       Me puse a ensayar solo con los discos de mi hermana en un tocadiscos sencillito y me ayudaba con una escoba mientras me imaginaba a la chica de mis sueños (todas eran de mis sueños porque hasta el momento jamás había conversado con ninguna, fuera del círculo familiar y social de mi barrio), el problema era la realidad; hasta mi hermana se burlaba de mí y me decía que me dedicara a otra cosa y dejara de pensar en aprender a bailar. Como en la vida traté y lo logré en varias ocasiones, con diferentes proyectos, me propuse aprender y llegó el día de la prueba definitiva: un baile de noche, en un pueblo desconocido y con gente desconocida. En mi curso cuarto programamos una fiesta en Pacho, Cundinamarca, en un pequeño club, con un conjunto costeño, de música tropical; todo con el fin de recaudar fondos para una excursión a donde fuera que alcanzara la plata. Como siempre, nos arreglamos lo mejor posible, viajamos a dicho pueblo desde temprano y llegaron las nueve de la noche, las diez, las once, la media noche y nos tocó bailar entre nosotros porque no llegó nadie; en el pueblo estaba programada una gran fiesta popular en otro sitio y todos se fueron para allá. Me quedó de consuelo que bailé con tres o cuatro compañeros y no los pisé, tal vez porque bailaban peor que yo y como ambos bailábamos agachados, mirando el piso, nuestros pies estaban muy retirados de los del otro y existía una imposibilidad física de contacto, de pronto si hubo cabezazos pero no pisotones.

       Mis gustos musicales eran bien raros y los traía en mi memoria desde la infancia. En el pueblito donde pasé mi vida hasta los doce años sólo ponían la electricidad desde las seis de la tarde hasta las nueve de la noche y los domingos todo el bendito día. Entre semana escuchaba música en un enorme aparato de radio que tenían mis tías abuelas (uno de los tres con que contaba el pueblito) y entraba únicamente la Radiodifusora Nacional de Colombia con programas culturales, música clásica y folclórica; esto último no es muy cierto porque casi toda la música que transmitían era del interior del país, por lo menos en el horario en que podíamos escuchar la radio, y entraba llena de ronquidos y ruidos raros, es la estática, comentaba un sabiondo y los demás asentían con la cabeza.

        Durante muchos años tuve incrustado en la cabeza el concepto que música colombiana eran los pasillos, bambucos, guabinas y torbellinos de la región andina colombiana... ¿Y, la demás música de la patria?

        El sancocho musical en mi cabeza se enriquecía con la música que nos obligaba a escuchar el párroco de turno a través de los altoparlantes instalados en la torre de la iglesia y que hacían llegar la música hasta las veredas; por la época a mí no me parecía ruido y es ahora, cincuenta y pico de años después cuando no me explico cómo puede uno soportar algunas torturas. El curita de turno me hizo soportar música gregoriana, valses de Strauss, algunas sonatas para piano y toda la música del interior del país; hasta aquí no se ha adobado bien el sancocho pues en miércoles y domingos, días de mercado, llegaban campesinos de las veredas y de municipios vecinos a comercializar sus productos y con ellos traían instrumentos para cantar en las tiendas, cuando no músicos de la capital una música extraña que mis tías tildaban de arrabalera.

     Cada año, por el mes de octubre se celebraban las Ferias y Fiestas con gran pompa y aquí si se completaba el sancocho porque había electricidad las veinticuatro horas del día y tronaban los parlantes de los toldos donde se expendía comida, bebida en cantidades alarmantes y unas señoras que mostraban las piernas atendían a los señores y les decían mi amor. Yo le pregunté a mi madre que porqué esa señora abrazaba a mi papá y con la mirada que me hizo me dejó sin ganas de saber la respuesta. La música ensordecedora era una mezcolanza de rancheras mexicanas, boleros, tangos, música llanera y otra que jamás volví a escuchar, o no recuerdo muy bien.

       Como a mis siete años a las tías les dio por comprar un aparato que llamaban gramófono donde colocaban discos de música selecta, y lo selecto era que sólo ellas los tenían y otras dos o tres viejas importantes. Eran grabaciones mal hechas en esos discos negros antiguos, algunos estaban grabados por un solo lado y años más tarde los utilizamos para ensayar tiro al blanco. Si hubiéramos sabido el valor histórico y económico que adquirirían con el tiempo no hubiéramos sido tan brutos de romperlos.

       A los ocho años yo tarareaba el aria triunfal de Aída, cantaba Pueblito viejo de José A Morales y gritaba a todo pulmón “Sonaron cuatro balazos a las dos de la mañana”. Por supuesto, sabía de corrido letras de bambucos, guabinas, joropos, pasillos, tangos, boleros y tenía un enredo del demonio en la cabeza a punta de puñaladas, de hermosas mañanitas, de acuérdate de Acapulco, de antioqueñas hermosas de las montañas, de traiciones y amores que no pudieron ser, silbaba Cuentos de los bosques de Viena, Vino, mujeres y Canciones y se me salía “el malevaje, la percanta el farolito de mi corazón y otras miles de lindezas”.

Comentar