Mi música lejana y el ayer perdido

        Con la música llegaron las películas interpretadas por los mismos ídolos juveniles, en especial The king Elvis y su desmesurados movimientos que hacían escandalizar a los viejos y que a nosotros nos encantaban; recuerdo que lo apodaron “Pelvis” Presley a causa del vaivén de sus caderas. De pronto se me apareció el hada madrina, pues si era medio tarado para la cumbia y otros ritmos normales, pues iba a bailar estos ritmos modernos en los cuales no era necesario abrazar a la pareja y llevar el mismo paso; uno salía  a desbaratarse como Dios manda, o mejor, como manda el diablo y listo, dicho y hecho.

       Los fines de semana con mi hermano Néstor, que me llevaba la idea en todo, comenzamos a ensayar pasos cuando no había nadie en la casa y, si señor, en las fiestas me lucia tirando paso de Twist; lo malo es que en toda la noche ponían dos  o tres disquitos de este ritmo, como para verme, y listo, el resto de la jornada seguía viendo bailar a los demás… que tristeza tan tenaz. Mientras bailaban y gozaban de lo lindo yo sacaba mi radiecito de pilas, sintonizado permanentemente en Radio 15, la emisora de los Cocacolos (así nos decían a los chicos rebeldes que nos vestíamos distinto y una de las diferencias era el consumo de Coca Cola que, además, patrocinaba todos los eventos juveniles de música moderna. Olvidaba nombrar a James Dean, un icono de la juventud rebelde que con sus tres películas pasó a la inmortalidad, a decir verdad yo solo vi “Rebelde sin causa” y, a partir de ese día comencé a dejarme el copete, a usar solo Jeans, cinturones anchos con hebilla y un caminadito como de gorila reumático; así caminábamos todos los que estábamos convencidos de ser diferentes sin darnos cuenta de que éramos millones en el mundo... idénticos.  

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