Reminiscencias de Chipaque (2)

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Capítulo dos

Al leer este capítulo ustedes entenderán que requería de  una entrega aparte por su extensión y porque el tema lo amerita. Las ferias merecen un capítulo aparte y claro que lo tendrán pero, en esta crónica encontrarán el resumen de los acontecimientos que marcaban este evento municipal llamado FERIAS Y FIESTAS de Chipaque, Cundinamarca, que con el tiempo se agregó y Exposición equina, se suponía que las ferias eran el intercambio comercial de animales (bovinos, equinos y porcinos) pero a escondidas de las señoras también había tráfico sexual.

Las damiselas llegaban de todas partes, como que tenían el cronograma de las fiestas en el país y deambulaban de una en otra llevando sus cuerpos, algunos jóvenes y frescos pero, la mayoría, cansados y ajados no solo por el tiempo sino por el trajín sexual con cuanto borracho tuviera los pesos para comprar un rato de “amor”.

Las ferias y fiestas

Para muchos en el pueblo, en especial para los señores y los comerciantes, estos días se convertían en uno de los ejes primordiales de su existencia. La celebración de estas festividades se realizaba (creo que todavía se realizan en las mismas fechas) en la última semana de octubre, mejor dicho, las hacían coincidir con el último sábado y domingo, pero empezaban desde la noche del miércoles y se inauguraban en la madrugada del jueves con el estruendo de voladores y la música de una banda musical contratada para la ocasión, siempre eran bandas de otros pueblos y la Junta de Ferias trataba de contratar para la ocasión la de más renombre por esas fechas. Recuerdo la banda de Vianí, la de Villeta, algunas del Tolima y de otras regiones apartadas, hasta de la Costa Atlántica llegaron. Dichas bandas eran un conjunto de instrumentos ruidosos y desafinados que recorrían las calles en medio de los gritos de los borrachines, el tronar de los voladores, vivas a las ferias y fiestas de Chipaque y las risas de los madrugadores. El bobo del pueblo encabezaba la procesión (o alguno de estos pobres seres que en épocas pasadas eran parte  del folclor de los pueblos) y por todas partes “El Tayón” con su dulzaina tratando de llevar el mismo ritmo de los músicos.

En esta madrugada los señores importantes cabalgaban en su mejor caballo, rodeados de los peones de sus fincas, por esos años las damas eran de la casa y ninguna participaba de estas cabalgatas; si alguna era aficionada a echarse sus traguitos lo hacía en la soledad de su casa o donde alguna amiga. A las cuatro de la madrugada el retumbar de cascos y el estallido de la pólvora marcaba el comienzo de los cuatro o cinco días de jolgorio. Pero en ese amanecer el trago recalentaba los cuerpos ateridos por el frío y algunos caballeros disparaban sus armas al aire para mostrar su felicidad. El desfile recorría todas las calles (no muchas) para que no quedara un solo habitante en el país de los sueños y luego, en la plaza central, se realizaba un acto con discursos del señor alcalde y el presidente de la Junta de ferias para declarar legalmente abiertas las celebraciones.

La plaza central era el escenario mayor de estas fiestas, allí se construía un cerco de madera alrededor de todo el marco de dicha plaza con postes separados unos tres metros uno de otro, con varas horizontales escalonadas donde se instalaban los espectadores (años más tarde se armaba una plaza con mayores comodidades en el antiguo Potrero de Bavaria) y corrían el riesgo de que las amarras se rompieran y la vara cayera sobre la humanidad de quienes estaban asomando su cabeza, cosa que ocurría con frecuencia. En la parte de arriba de la plaza se construía una plataforma que servía de palco de honor para las autoridades municipales, familias importantes (me reservo los nombres), las candidatas al reinado y la banda de música. Algunos niños no podíamos explicarnos el por qué  los muchachos de cierta edad, mayores de nosotros, se ubicaban debajo del palco, donde poco o nada se veía de la corrida y los payasos; cuando crecí supe el secreto, el espectáculo estaba sobre la plataforma; las damas en falda se levantaban cuando las emociones lo ameritaban y los bandidos de abajo se deleitaban mirándoles las piernas y los calzones por las rendijas del entablado.

Una de las características de este festival pagano era que se realizaba al frente de la iglesia y el cura de turno (Aquilino Peña o Isaac Montaño) montaba en ira santa pero no podía hacer nada, se dio el caso de que los animales sin dueño penetraban en el templo a la hora de la misa y los feligreses desatendían el rito para espantarlas y se formaba un tropel de todos los infiernos. Desde mi puesto de acólito en el altar me tapaba la boca para que no se notara que estaba toteado de la risa. El curita mandaba cerrar las puertas pero ya los fieles se habían desentendido de la ceremonia y comentaban entre risas disimuladas el suceso. El asunto se complicaba cuando alguna vaca se cagaba y ahí sí que el padre tronaba maldiciones contra los ganaderos de otros pueblos. Yo pensaba y me preguntaba ¿Es que las vacas de Chipaque no cagan ni mean?, claro que esos pensamientos paganos me los guardaba para no soportar una bofetada del cura Peña.

En mis recuerdos infantiles quedó impregnado el olor de estas  fiestas; una mezcla extraña que me atraía y repelía al tiempo, las señoras de la sociedad olían bien, salían perfumadas y vestidas con elegancia; sus maridos usaban una loción que no se aplicaban el resto del año, la iglesia olía todo el tiempo a incienso que el sacerdote mandaba quemar para contrarrestar los olores de la plaza y en las casa se quemaban yerbas con el mismo motivo, los niños salíamos bañaditos y bien vestidos a dar una vuelta y, algunas veces a una de las casas del marco de la plaza para observar las corridas (La de Rosario Angel, Las Baquero, la torre de la iglesia, una casa vieja que luego se demolió y dio paso a lo que ahora se denomina Palacio Municipal y hasta las ventanas de la casa cural servían de palco. Los otros olores no eran agradables, todas las calles hedían a mierda de animal y de cristiano, a orines de los mismos y el olor más repugnante que recuerdo: el de los vómitos de los borrachos.

Otra parte de mis recuerdos tiene que ver con la música que atronaba por toda la población casi las veinticuatro horas, tanto repetían ciertos discos que se me grabaron en la memoria para siempre, dejo un listado incompleto pero en otra oportunidad reproduzco parte de las letras: Mil kilómetros, Clavelitos con amor, Llegó borracho el borracho, Sonaron cuatro balazos, “La cama de piedra, Escaleras de la cárcel, El puente roto, El corrido del caballo blanco, El corrido de Rosita Alvirez, Etc. Ya lo dije, cuando sea necesario repito las letras que eran algo parecido a las canciones de carrilera y otros géneros actuales.

Y la comida es otro recuerdo indeleble, por esos días no se cocinaba casi en ninguna casa, los niños salíamos con nuestras respectivas madres en horas de la mañana a recorrer el pueblo y observar la feria, por las tardes era prohibido, todos los expendios de licor estaban repletos de borrachos que aprovechaban para lanzar piropos. Bueno, me salí del tema; los toldos con comidas típicas bordeaban la plaza y las familias del Chipaque especialistas en estos menesteres ofrecían una variedad de delicias gastronómicas que harían morir de angustia a una de nuestras flacuchentas modelos actuales: huesos de marrano, rellena, tajadas de hígado, chicharrón cocho y totiao, papa de año, plátano, chunchullo, etc. Aparte otras mesas con bizcochuelos, empanadas, masato, pan de yuca, almojábanas, arepas de laja, arepitas de mantequilla, bollos, tamales, envueltos y cuantos platos deliciosos salían de las manos de nuestras queridas cocineras criollas y muy chipacunas.

Como esta crónica es a saltos, estaba olvidando la banda de los músicos que se ubicaba cada media hora en un lugar diferente y despachaban música de toda al compás del aguardiente y la cerveza que les brindaban los contertulios del toldo. “El Tayón”, con su dulzaina acompañaba como podía cada canción y hasta cantaba con su voz aguardentosa, no recuerdo a ese personaje sobrio jamás y vale una somera descripción: unos cuarenta años, bajo, delgado por no decir flaco, con un bigote mazamorrero (ahora que me acuerdo se parecía a don Ramón, el del chavo del ocho), alpargatas y una ruana de lana que siempre mantenía terciada sobre el hombro izquierdo; andaba a medio afeitar, con ojos rojos por las trasnochadas, el sombrero echado hacia la nuca y la grosería a flor de labios; los tomadores le ofrecían trago sólo por escucharlo decir barbaridades y bailar al compas de su instrumento. En estas fiestas carnavalescas bailaba todo o que interpretaba la banda, hasta el himno nacional.

Aparte de los negocios de animales, la comida, el trago y los desfiles de animales (caballos de paso fino, decían) había dos eventos que colmaban el ánimo de la población mayor, quiero decir gente madura; uno era el reinado y otro la corrida de toros. Reinados, como se puede pensar con todas las arandelas, sólo recuerdo uno y sin fecha, con dos candidatas. Zenaida Hernández y Nohora Guevara; la primera era la consentida de su familia, los ganaderos y los ricos del pueblo, la segunda la preferida de los de menos recursos. Zenaida era hija de don Proceso Hernández de quien se decía que era el hombre más rico del pueblo y como el reinado se decidía por cantidad de dinero recogido, púes la lucha era desigual. Recuerdo que para ayudarle a Nohorita yo rompí mi alcancía de niño y otros amiguitos hicieron lo mismo. Al final ganó la que debía ganar: Zenaida, y sus hermanitos (Carlos, Fabio, Julio César, Augusto y Alfredo) echaron voladores y bala hasta el amanecer.

A partir de las dos de la tarde empezaba el movimiento de gente hacia el centro de Chipaque para instalarse en las vigas de la improvisada plaza y en las ventanas de las casas aledañas. Como a las tres llegaban las autoridades al palco de honor y a los acordes de la banda musical contratada para la ocasión se declaraba abierta la corrida; nada de ganado casta, eran reses cerreras traídas de los Llanos Orientales, enormes y con una cornamenta de miedo. Pocas veces contrataban un torero desconocido que sólo se distinguía de los borrachos del pueblo que se tiraban al ruedo por su traje de luces y una capa deshilachada. Soltaban el animal y como en las Ferias de san Fermín en España todos los borrachines salían en desgracia rumbo a las vigas salvadoras; algunos se enredaban y el toro los levantaba, ahí era la verdadera fiesta porque el público se enardecía y se carcajeaba. De pronto entraba “El Tayón” con su dulzaina y caminando estilo Cantinflas, eso era lo máximo porque el hombre casi nunca entraba por su propia voluntad sino llevado por algunos de los que lo habían emborrachado; una tarde memorable, el hombre al correr se le escurrieron los pantalones, el toro lo enredó y lo levantó por los aires mientras la ruana y el pantalón volaban a las graderías, de manera que quedó semidesnudo, con sus vergüenzas al aire porque no llevaba pantaloncillos y en medio de las rechiflas del público las damas se escandalizaban y miraban por entre los dedos al hombre. Les recuerdo que por la época para ver un cuerpo desnudo había que casarse.

Bueno, de las putas de las ferias ni hablar; las recuerdo viejas, feas, más bien desastrosas, de esas que iban de feria en feria y su atractivo había abandonado sus cuerpos muchas camas antes, además, yo creo que los varones de Chipaque, protegidos por las normas morales y éticas no pasaban de cogerles las nalgas y tetiarlas, eso con el agravante de que no había hotel y para echarse un polvito les tocaría en un potrero de los alrededores. Dejo el tema inconcluso pero cuando terminaban estas celebraciones descansaban el cura, las esposas, los viejos y los niños. Nosotros por la sencilla razón de que podíamos volver al potrero de Bavaria, al campo de deportes y a todos los sitios que estuvieron vedados durante los días de las ferias y fiestas.

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