Reminiscencias de Chipaque (3)

Los Acólitos

Como siempre me gusta dejar en claro lo que afirmo, debo decir que hablo de los niños que recuerdo como acólitos del padre Aquilino Peña Martínez y del Padre Isaac  Montaño: el sacristán de la época era un señor joven llamado Carlos Gacharná y tengo entendido que aun vive. Por lo general éramos cuatro acólitos pero en ocasiones contamos cinco por varias razones “técnicas”. En las procesiones abrían el cortejo el de la cruz en la mitad y a sus lados los dos ciriales; más atrás el acólito del incensario y junto al sacerdote el chico con el recipiente del agua bendita y el hisopo para aspergearla. Si era unja ceremonia suntuosa el sacerdote caminaba bajo un palio bendito de color dorado portado por seis señores de las familias importantes del pueblo. A los lados las hermanas de la presentación y detrás todas las señoras de postín con sus vestidos negros, las mantillas, los chales y los devocionarios. De ahí hacia atrás y según la ocasión los colegios, luego las escuelas y por último la población pobre y los campesinos. Los señores de cierta calidad marchaban bien atrás a pesar de que por la costumbre podían marchar con sus mujeres detrás del cura pero entonces debían abstenerse de chistes y conversaciones subidas de tono, además de algunas escapadas a una de las tiendas para desocupar una cerveza.

Los acólitos éramos niños pequeños, entre los siete y los nueve años, con la primera comunión recién recibida y llenos de amor por la religión. Uno era elegido por méritos, según los informes del colegio parroquial y las señoras colaboradoras con la parroquia. Conmigo fueron acólitos Mariano Cubillos, Fabio Bonilla, Leo Baquero. Jorge Perea y yo.  Con el tiempo Fabio estudió en el seminario pero nunca supe si se ordenó; Jorge Perea era lo que ahora llaman una caspa y Deo Gracias Baquero, alias Leo, no recuerdo que durara mucho; cuando yo me retiré entró Fabio Villamil, mi colaborador con estas reminiscencias.

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