Sí creo en brujas


- ¡No lo haga! Aguante hasta que termine… ¿Puede aguantar?

Asentí en silencio y con el rostro descompuesto. La sensación de calor era fuerte, pero soportable, una vez repuesto del susto inicial. Miraba mi mano, colocada sobre el papel metálico, sobre una mesa de madera maciza y me preguntaba, tratando de racionalizar la experiencia y explicarla científicamente: ¿cómo demonios hacen para que yo sienta fuego en el centro de la palma de la mano?, sin encontrar respuesta.

La sensación de calor comenzó a menguar paulatinamente. ¿Cuánto tiempo había pasado? No sabría decirlo con certeza. Entre treinta segundos y una hora… quizás… Pero aun yo no estaba preparado para la sorpresa final de esa sesión. Una vez finalizada la sensación de quemazón, ella me preguntó si ya había dejado de sentirla. Le respondí afirmativamente.

- Levante la mano, - me indicó y le hice caso.

Cuando miré lo que había debajo de mi mano, quedé blanco del susto. La cruz de saliva… de mi propia saliva… escupida por mí, con mi dedo hecha cruz sobre un papel metálico comprado, alisado y extendido por mí; de unos cigarrillos comprados por mí; que en ningún momento fueron tocados por la experta o alguien más: SE HABÍA CONVERTIDO EN SAL…

Sí señores, es verdad y no miento y que me caiga un rayo en este mismo momento si miento. La cruz de saliva se había convertido en sal. Una sal grisácea. Casi ceniza, pero igual seguía siendo sal.

La experta cogió con cuidado el papel, procurando no tocar la sal, y comenzó a hacer un ovillo con él. Seguramente se dio cuenta de la cara de tonto que debía tener en ese momento, por lo que decidió hacer una corta explicación:

- Es sal de cementerio… de los muertos… - Me dijo, mientras enrollaba el papel en un pedazo de trapo y lo colocaba junto con los limones y el alcohol.

En ese momento, comencé a sentir un fuerte sabor de sal en la boca. Era como si además de beber un vaso lleno de agua salada, hubiese hecho buches con la mezcla. La sensación era tan fuerte, que pedí un vaso con agua. Ella me lo trajo y después de beber, el gusto a sal menguó un poco, pero no desapareció (a decir verdad, duraría con ese gusto un par de días y nada que tomara o comiera me lo quitaba).

- Y ahora ¿qué? – Pregunté con una voz débil.

- Bueno… Esta noche trataré de eliminar el espíritu. Si lo logro, Usted lo notará y cuando se arreglen las cosas, me pagará lo que considere conveniente…

- Esta bien… - Respondí con un hilillo de voz.

- Este es mi número de teléfono, - dijo la experta al tiempo que me pasaba un pedazo de papel. – Llámeme mañana y le cuento…

Me despedí sin más y salí tambaleando del lugar. Me sentía mal y la mente la tenía nublada. Ni siquiera recuerdo cómo llegué a casa esa tarde. Poco a poco me fui recuperando de la impresión y, aunque la sensación de sal en la boca y garganta no me dejaba en paz, comencé a esperar impaciente la llegada del día siguiente…

 

Durante los tres días siguientes llamé a la señora. Y en tres ocasiones ella me respondió que seguía luchando con el espíritu. No hubo una cuarta vez… ¿Por qué? No sabría decirlo con certeza. Simplemente lo olvidé…

Decir que todo se arregló y fue “cuesta arriba”, sería un desparpajo. Sin embargo, sí hubo mejora en otras cosas. Una de ellas fue el regresar a la Universidad, que tantas veces había abandonado por el trabajo, y finalizar la carrera. También adquirí cierta seguridad en sí mismo, que no tenía hasta ese momento… Pero todos esos cambios se dieron paulatinamente, por lo que no podría asegurar que fueron consecuencia del “exorcismo”. Por ello nunca llamé nuevamente a la señora… Al paso de los años, olvidé su número de teléfono y, por más veces que caminara por la carrera 20, entre las calles 67 y 68, no he podido reconocer el portón de la señora y no me he atrevido a tocar puerta por puerta…

Últimamente este suceso ha regresado a mi mente, obligándome a exorcizarlo en el papel. Comparto esta historia con ustedes para que, por lo menos, sepan que sí hay algo ahí afuera… Algo que no podemos ver, pero sí sentir. Algo que escapa a nuestra comprensión y que podría ser muy, pero muy peligroso. El hecho de que existan pocas personas que tengan la capacidad de ver y luchar contra ese algo, no debe ser motivo de burla o risa.

Hay muchos que se hacen pasar por ellos y se aprovechan para hacer dinero fácil… Pero la de ellos, es otra historia que quizá narre un día, ya que mi búsqueda de respuestas me llevó a varios encuentros con este tipo de personas y algo sé de cómo pueden acabar, cuando intentan jugar con fuego…

 

[*] Para el que no lo sabe, el sistema gitano de los tres sí consiste en hacer las primeras tres preguntas a sus clientes de tal forma que sus respuestas sean sí. Ello servirá para que “el cliente” entre en confianza y comience a narrar su propia historia y problemas sin darse cuenta y esté de acuerdo en todo lo que el gitano diga.

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