Sacrificio por Amistad


Conocí a Benjamin Linder en una fiesta organizada por un sueco, ingeniero mecánico también, y que trabajaba en la misma compañía que mi madre. Lo primero que me llamó la atención fue la insignia de Lenin que llevaba siempre prendida en un lugar visible. Tenía la cara cubierta por una espesa barba, que parecía darle un aspecto casi de miedo, pero no coincidía con la figura de adolescente y manías circenses que tenía este ingeniero de veintitantos años.

Le encantaba hacer malabares. Siempre traía sus pinos, monociclo, globos de payaso y se adornaba la cara con una nariz roja que no cuadraba para nada en ese ambiente de adultos tomando trago y bailando, en medio de una noche decorada por los trazados rojo brillante que dejaban las balas en el cielo y la sombra maligna de tanques apostados a media cuadra de la casa.

Cuando mi madre me comunicó que era norteamericano, sentí una mezcla entre odio y curiosidad. Al fin y al cabo no había visto un gringo hasta ese momento y el tener uno de carne y hueso frente a mí, provocaba ese efecto.  Él debió notar esos sentimientos reflejados en mi rostro, por que de inmediato esbozó una sonrisa, se montó en su monociclo y, mientras mantenía el equilibrio, infló uno de esos globos de payaso y, después de jugar con él un rato, me lo entregó en forma de perrito. En ese momento se desvanecieron todas mis dudas respecto al señor Linder.

Pasaron muchos días en los que ocasionalmente veía a Benjamin. Él llegaba a nuestra casa esporádicamente, pero nunca olvidaba traer un presente y jamás lo llegue a ver con cara amargada o triste. Pero sabía que ese hombre tenía mucho dolor por dentro. Mi madre me contó que los padres de Benjamin no lo querían por haber traicionado a Estados Unidos al ir a Nicaragua. Sus amigos de la infancia, tampoco. Sus familiares lo consideraban un traidor. Pero él decía que ahora tenía una nueva familia: la de los ingenieros que trabajaban por el país y que era feliz.

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