Santo "El enmascarado de plata"

El clímax llegaba y todos los radioescuchas conteníamos la respiración… la pelea estaba pactada máscara contra máscara y el Médico asesino tenía dominado al Santo con un trinquete triple contra la lona del ring o amarrado entre las cuerdas o semi inconsciente en el piso mientras el réferi contaba los fatídicos tres segundos golpeando el piso con la palma de la mano, en el último nano segundo el Santo se desenredaba o revivía y golpeaba al enemigo de turno mientras el público presente y el ausente estallaba en gritos de alegría y aplausos; en algunos pueblos como el mío, los más afiebrados por la lucha echaban al aire cohetes de carnaval que llenaban la noche de estrellas fugaces y si el cura no estaba el sacristán, reconocido aficionado a la lucha libre, repicaba las campanas despertando a los no aficionados a este “deporte”. Es que este asunto de la máscara fue una incógnita que jamás supe como terminó. Todo el mundo, y cuando digo todo el mundo es literal, quería conocer el rostro del invencible Santo, el defensor de los pobres, de los humildes, de las mujeres indefensas y de la religión católica. Cuando dejé de leer sus aventuras seguía siendo un misterio.

Santo fue el mayor promotor de la devoción a la Virgen de Guadalupe, la patrona de México y de América, cada vez que se veía en una encrucijada sin salida aparente se encomendaba a Nuestra Señora y Kira reforzaba su devoción, por supuesto, entre ambas sacaban al luchador de los peores contratiempos, hasta del infierno de La Divina Comedia de Dante Alighieri. Nuestra Señora de Guadalupe jamás le falló… y Kira tampoco, así quien no podía ser héroe, pensaba yo pero no lo decía porque una vez que se me escapó, la cabeza no me alcanzó para tantos coscorrones. Kira era la amada de Santa, su amada inmortal, aparecía y desaparecía esporádicamente en los tomos mensuales. En las revistas semanales no aparecía (que yo recuerde) y en las películas nunca; en las luchas de verdad no creo que le iluminara las llaves que debía aplicar a sus contrarios. La Virgen y Kira, nunca supimos si El enmascarado de plata tenía madre terrenal; el padre fue José G. Cruz y la mamá la cabeza de este (supongo) porque nunca se preocupó por darle una familia o afectos terrenales, a pesar que mujer que salvaba, dama que se le derretía en los brazos y Santo la rechazaba caballerosamente.

Si el personaje fuera actual, ya le habrían inventado una homosexualidad galopante y varios amantes gays pero en la época nuestras mentes no daban para tanto y las señoras con maridos infieles lo ponían como ejemplo de fidelidad y lealtad más allá de la muerte. Había un problema que planteó sin querer el señor José G. Cruz: las aventuras que se desarrollaban en los tomos no corrían paralelas a las de las revistas semanales y menos con las películas; entonces, en las mentalidades pueblerinas (que por esos años 50s y 60s eran las de todos los habitantes del continente, con todo respeto), no cabía una explicación lógica. ¿Cómo iba a estar Santo luchando contra el Hombre lobo en el tomo del mes, contra mafiosos mejicanos en las revistas, y voleando patada y puño en las arenas de América, todo al mismo tiempo? Aparecieron  entonces varias hipótesis para explicar esa ubicuidad: que el luchador más famoso de esa época tenía varios dobles idénticos a él, que en realidad eran trillizos idénticos, que uno era el luchador y otro el héroe… es que nos costaba separar la realidad de la ficción.

Hay que reconocerle al creador de Santo la capacidad súper creativa; El enmascarado de plata recorrió todos los caminos de la historia y la literatura, José G. Cruz lo metió por todos los laberintos posibles; lo recuerdo en Egipto en la época de la construcción de las pirámides, en la Revolución Francesa,  La revolución Mexicana; con hombres prehistóricos luchando contra dinosaurios (un anacronismo que ha hecho carrera, no solo con este escritor sino en cine y series de TV), acompañando a Ulises en la Odisea, peleando en el Circo Romano durante el reinado de Nerón, en todos los conflictos bélicos de importancia. Pero también, y no me cansaré de recordarlo, metido en la Divina Comedia, Los tres Mosqueteros, Franckenstein, Drácula y cuanta historia fantástica escribieron los escritores del mundo sobre temas fantásticos: José G. Cruz metió a su enmascarado en los libros de Julio Verne, H. G. Wells y otros menos conocidos; con toda la colección de villanos de la realidad y la literatura: traficantes, ladrones, falsificadores, tahúres, estafadores, en fin toda la fauna delincuencial.

Por si todo lo anterior fuera insuficiente Santo, El enmascarado de plata era el campeón indiscutible de lucha libre en su categoría (los niños no sabíamos de categorías, estábamos convencidos que Santo le podía dar en la jeta a todos los luchadores del planeta), recorrió invicto los ring de todos los países de habla hispana, apostaba su máscara contra otra máscara, contra el pelo o la barba de su contendor, por el cinturón de su categoría, solo o en compañía, siempre triunfante y creciendo cada día en nuestras mentes que lo endiosaron. ¿Hasta dónde es verdad lo de sus triunfos como luchador? tal vez en la misma medida en que es realidad la lucha libre, una farsa bien orquestada. Pero eso no nubla su recuerdo en la mente de los millones de personas que fuimos sus admiradores en esa época dorada. Lo más curioso de esta remembranza es que no me gusta la lucha libre, menos los luchadores, esos torneos que pasan ahora por TV no me motivan.

Yo fui aficionado a Santo, el enmascarado de plata; veía películas de lucha libre sólo porque actuaba Santo, escuchaba relatos en directo de peleas en diferentes coliseos de mi país porque luchaba Santo, por nada más. Con Dios y el demonio, Santo forma una trilogía en mis recuerdos infantiles inolvidables. 

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