Tambo: Entre dos avenidas olvidadas

Hasta aquí, una descripción breve de la vivienda, sin ahondar en críticas arquitectónicas y de ingeniería, puesto que mi casa no tenía columnas. Voy a contar ahora, aquello que convirtió a este barrio en mi hogar.

Cruzando la avenida del ejército, aventurándose por las avenidas Santa y jirones Borgoña y Mantaro, se encuentra el distrito de Aranjuez, en cuyas fauces se halla una avenida con un nombre que sintetiza toda su realidad. Esta Avenida, la avenida Perú, paralela a Unión, encierra un sinnúmero de dramas urbanos, desde su relación con el quehacer diario del Mercado La Unión hasta su interminable selección de vendedores de repuestos automotrices. Y entre sus cuadras, camuflado por un a losa deportiva y un parque, frente al pasaje el Tigre, a manera de puente, se halla el pasaje Tambo; y tal como su vocativo, es punto de reposo y guarida de las actividades de ambas avenidas. Mi casa, se situaba frente al parque, al lado de viviendas de adobe, rompiendo el perfil con sus dos pisos.

Mis vecinos, eran gente humilde y recelosa, algunos honrados y otros mal encaminados, pero todos realizadores de alguna labor. Los ancianos se sentaban todos los días en el parque, a observar, resignados, el paso del tiempo sobre sus recuerdos. Los niños jugaban por las tardes, luego de ser arrojados por la combi en la esquina de la losa deportiva, en el mismo parque, con juegos que requieran de pocos o ningún objeto material para entregar la diversión, verbigracia: escondidas, encantados, chapadillas, kivi, siete pecados. Juegos que me recordaban mucho a mi antiguo vecindario, pero en los que ahora no era bienvenido.  Los jóvenes, trabajaban de día en los talleres de mecánica, de noche rondaban por Mantaro y Unión en busca de una presa que alivie sus necesidades económicas no satisfechas por el trabajo.

Mi vida al instante, se hizo una rutina: Levantarme temprano, adentrar mi primer sustento a mi estómago, conseguir asiento en el transporte público, olvidar mi realidad casera por un instante en el colegio, arrojarme de nuevo a ella en la esquina de la losa deportiva, soportar la agresiva indiferencia de los vecinos, regresar a mi vivienda y esperar allí hasta la noche. Alguna que otra fecha importante, o alguna escapada hacia otro lugar de la ciudad, rompían esa rutina.

Gustaba de dormir de tres a siete horas todas las tardes en mi habitación, jugar con mi hermano a los carritos en el cuarto de mis papá los domingos, escribir en la computadora hasta la medianoche, hacer mis labores escolares en mi cama y sentarme en una saliente de la azotea, con mi gata al lado, en las madrugadas de vacaciones. Esto último es el más bonito recuerdo que tengo de mi barrio.

Fuera de mi hogar, era un universo distinto. Yo lo veía a diario y me avergonzaba de ello. En el día, ambas avenidas eran, y son, un pandemonio de bocinas y lisuras, los comerciantes eran, y son,  sólo un poco más que limosneros y las veredas eran, y son, una simple superficie de circulación para transeúntes ocupados, que esperaban salir cuanto antes de la zona. Yo era uno de ellos, todos los días.

Ninguna actividad especial se desarrollaba en este mundo, a excepción de la procesión del Señor de los Milagros, la cual pasaba por Unión y miraba de reojo a la avenida Perú y al Tambo, y la celebración anual de Santa rosa, el treinta de Agosto, patrona del barrio donde vivía.

La procesión, es una tradición que todos los lectores conocen: Rezos, peticiones, cánticos, olores y sabores, ladrones. Demás está contarles todo de nuevo.

Pero la fiesta del vecindario es un acto digno de recordar. Ya que toda la gente que vivía por ahí, era procedente de la sierra liberteña, tenían la costumbre de obsequiarse un animal para ser sacrificado en la comida. Es por ello que vi vacas, corderos y chanchos en cada fiesta. Durante el día, los lugareños exhibían su ofrenda en la losa del parque, para que aquellos forasteros transeúntes escuchen el grito que el pasaje, en silencio, lanzaba hacía tiempo.

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