Tambo: Entre dos avenidas olvidadas

De tarde, el animal era sacrificado en una ceremonia simple, a vista de todos en el parque. La sangre regada siempre se empozaba en el jardín de mi casa y era la señora que vivía en el primer piso de la misma, la que salía, resignada, a limpiarla después. Los lamentos de cada bestia eran distintos y los que más recuerdo, son aquellos que lanzó un cerdo una vez, pues se asemejaban a lamentos humanos.

Por la noche, después de digerir a la bestia sacrificada, tanto personas como animales carnívoros domésticos, se sentaban formando un círculo, alrededor de un pastor cristiano quién dirigía las oraciones de grupo. Cantos y conversaciones, luego. Algunos se quedaban hasta la madrugada, acompañados de cajas de cerveza y botellas de cañazo. Yo me sentaba en el murito saliente de mi azotea, con un cigarrillo en una mano, y acariciando a mi gata con la otra, gritando en silencio como el pasaje siempre lo hacía, para hacerme notar.

Mi más grande anécdota ocurrió mientras cursaba el segundo ciclo de Arquitectura en la universidad. Luego de un bochornoso incidente del día anterior, una vieja amiga, armada de valor, tocó mi puerta.

Nos sentamos en una de las bancas del parque y charlamos durante un buen rato. No hubo mucha producción en la conversación, pero sí en el momento. Fue una emoción diferente a las que había sentido hasta entonces. No tanto por sus palabras, sino por la emoción de recibir una visita en mi oculto hogar, de ser percibido en aquel pasaje olvidado. Mi amiga y yo, nos despedimos luego y nunca más la volví a ver. Se sellaba una frase capturada por mis oídos en mis tiempos de escolar, que a la sazón decía: “Siempre hay algo o alguien que nos hace recordar con melancolía un lugar por donde pasamos”.

Mi azotea era ese algo. Desde ahí veía todas las noches, cual espectador omnipresente, la banquita donde mi amiga y yo nos sentamos esa vez; además de mi parque y su olvidado contexto. En ella me sentaba todas las noches de verano y fantaseaba a volar, fumaba un cigarrillo y jugaba toda la madrugada con mi gatita. Y fue en ella donde murió mi amiga, cuando la encontré, aquella mañana del  11 de Setiembre, al lado de una caja de cartón, completamente inmóvil.

Han sido ocho años de mi vida los que pasé en la cuadra ocho de la Avenida Perú, oculto en el pasaje de aquellos olvidados, que con alegría celebraban juntos su miseria, mientras los jóvenes renegaban de su destino. Ha sido tanta la rutina, que aún así hay tanto que contar. Fue aquí donde conocí a mi alterego, fue aquí donde estuve a punto de perder la vida, fue aquí donde conocí un retazo del mundo y fue aquí donde paralice mi edad en el tiempo, al cumplir los dieciocho años. Fue aquí donde se desarrollaron gran parte de mis historias y anécdotas. Fue aquí donde, un día de invierno después de ocho años, después de tanto caminar cabizbajo, mientras me alejaba en el camión mudancero hacia mi nueva casa, bajo la mirada de mi recién llegado amigo del colegio, levanté mi cabeza y, mirando la azotea de mi casa ocultarse entre los árboles, comprendí una realidad más de la vida, aquella realidad que me enseñó aquel pasaje, en la cuadra ocho, al cobijarme entre aquellas dos avenidas olvidadas.

                                                                                                         (Del libro Lecturas Gatunas)

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