Un chiste pastuso...

La educación y la cultura no lo son todo, ni lo  suficientemente básicos sino se estructura una personalidad con principios, sin escrúpulos, con objetivos claros y metas para lograr la superación por la vida con éxito. 

Nací en Ipiales, ciudad lindante con el Ecuador que se extiende sobre la  accidentada topografía de la cordillera, sus altiplanos se aprecian bellamente, como una inmensa colcha de retazos poli matizados distribuidos entre los pisos térmicos cálidos, medios, fríos y paramos, asidos irregularmente unos con otros formando así el  paisaje ipialeño.

 “Mi Tebaida”, ciudad de las nubes verdes como la llaman cariñosamente  mis coterráneos;  porque en los fríos atardeceres, las nubes adquieren un color verduzco, fenómeno natural definido cuando el reflejo moribundo de los rayos solares, colisionan en la cumbre nevada del volcán Cumbal que siempre se mantiene encapotada.

A siete  kilómetros de esta ciudad, está la basílica del Santuario de las Lajas de singular arquitectura empotrada en los peñones del rio Guaitara, “un milagro de Dios  que emerge del abismo”, lugar de oración, peregrinación y turismo desde el siglo XXIII. En su interior se rinde culto a la virgen del Rosario cuya imagen pintada en una piedra laja por un autor desconocido, es concurrida y venerada por feligreses del todo el mundo que a diario llegan en romería a visitarla… atiborrando los accesos al santuario característicamente escalonados por la topografía del terreno de  exvotos y placas con agradecimientos alusivos a milagros y favores recibidos, así como con gran variedad de aparatos ortopédicos que dan testimonio de frecuentes curaciones.

Por avatares de la vida mi formación y estudios básicos transcurrieron en San Juan de Pasto, la ciudad soñada, capital de Nariño, que airosa y apacible  se extiende al pie del volcán Galeras resignada a sus amenazas eruptivas “ eso no pasa nada, vecinita… el amigazo nos está mamando gallo ” cuando se hace evidente un ligero incremento de flujo de emisiones de fuego y ceniza y que en sus faldas además de poseer un santuario de fauna y flora, estriba una serie de pequeñas poblaciones conformadas de humildes campesinos que sin precedentes dependen de los frutos de la tierra volcánica; ahora, también amenazada por su actividad sísmica.

Como algo característico y frecuente producto de una mala planeación administrativa en esta ciudad; que en mi época me sucedió y ahora siempre les está sucediendo a las nuevas generaciones es, que después de tantos años de prepararse para construir un futuro en colegios  y universidades, no hay nada que hacer. Las oportunidades de trabajo son escasas y solo a los recién egresados les queda como alternativa de volverse: conductores de taxis, artesanos, locos soñadores  o traficantes de influencias de un político importante para que palanquee un puesto digno para vivir cómodamente. O quedarse desempleado.

Después de salir  preparado más que un yogur; me volví apátrida, lo abandoné todo por salir a otro lugar a probar suerte buscando trabajo. Para unas festividades en pleno carnaval de blancos y negros, el cinco  5 de enero de 1973 había pospuesto mi viaje después de muchos intentos fallidos. Allí estaba yo en recepción de la estación  de transporte esperando la flota de turno con mi novia, su familia  y la mía quienes también estaban allí, animándome, dándome alientos, despidiéndome. La escena se tornaba triste. Las lágrimas de mi madre, mi novia y las mías no cesaban, se confundían con la negra tintura que al paso nos habían untado en la cara con la coloquial frase “una pintica” como muestra solemne de celebración por ser el día de negritos en el carnaval.

Mi bagaje, era un caja de cartón bien amarrada con mis pertenencias adentro, en mi alma acorazada se desataba toda una policromía pletórica de ilusiones que hacía contraste con los sentimientos encontrados producto del temor y la incertidumbre que produce un largo viaje por primera vez,  a la capital principal de Colombia, Bogotá. Realmente  no la conocía. Solamente había oído hablar de ella en dos ocasiones por hechos que aún recuerdo y que en ese momento los tenía presentes: Uno, el conmovedor beso  del Papa Pablo VI en el asfalto del aeropuerto El Dorado  en el año  1968  cuando visitaba ésta ciudad procedente de Roma para asistir al XXXIX Congreso Eucarístico Internacional que fue todo una noticia a nivel nacional y todo un suceso en mi segunda tierra natal, Pasto.

Fue trascendental el cubrimiento del desarrollo de la noticia de este magno evento trasmitido por todos los medios de comunicación de radio y televisión que, en esa época operaba en Blanco y negro y que tenerla, era privilegio de algunos hogares, un adelanto tecnológico de algunas ciudades, poseer el servicio de antenas re transmisoras Alfa y Beta de televisión; logrado puntualmente por algunos gobernadores  y alcaldes de turno que buscaban por esto, llenarse de  meritos para pelear ser reelegidos como premio a su plausible gestión sin precedentes.  Dos, el famoso toque de queda y estado de sitio declarado desde el capitolio por reloj, minuto a minuto a la nación por el entonces presidente Carlos Lleras Restrepo en 1970 aprovechando la señal de televisión, debido al intento golpista de los seguidores del general Gustavo Rojas Pinilla, quién había perdido la elecciones frente a su contrincante Misael Pastrana Borrero, según algunos seguidores por un fraude electoral.

Lo cierto es que después de un largo viaje, a una estación de la gran urbe fui a parar sin contratiempos y allí empezó mi odisea. Lo que para unos es toda una dura lección de vida por no tener claro sus metas, para mí,  la alocada decisión de ese momento, ha sido… “un chiste Pastuso”  el dramático relato de un suceso de vida, donde como desenlace final resulta la fatal decisión del protagonista preparado académicamente más que un yogur; de abandonarlo todo para salir a probar suerte a otro lugar buscando trabajo, antes que soportar en su ciudad natal por años los efectos de una realidad atroz con precedentes : el desempleo.

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