6 DE DICIEMBRE

6 DE DICIEMBRE


CUANDO SE PERMITÍAN LAS CORRIDAS EN QUITO.

¡Viva Quito! ¡Viva Quito! Se oye por toda la ciudad…

Hay carteles, música, algarabía, la ciudad está de fiesta. Pedro es un argentino que ha venido a Quito para conocer el Ecuador, llega una semana antes de las fiestas; en el hotel pregunta al administrador el motivo de estas.

Mire usted señor estamos festejando la Fundación de Quito, realizada por Don Sebastián de Benalcázar el 6 de diciembre de 1534; por este motivo hay  varios programas, corridas de toros, programas culturales, el desfile de la Confraternidad Nacional y varios más.

El turista agradeció la información y lo comprendió todo. Luego de descansar unas horas salió a pasear. Sentíase extraño, se detuvo en una esquina, veía las costumbres, la gente que iba y venía, unos preocupados de sus asuntos aparentemente indiferentes a lo que ocurría en la ciudad; otros muy festivos dando vivas y respondiendo a los carros que con sus bocinas acompañaban su canto.

Pedro decidió caminar hasta encontrar un café y por ahí entró a uno que decía ‘‘Café Taurino’’, ‘‘venga a festejar a Quito después de los toros’’…tomó un tinto y fumó un cigarrillo, estuvo leyendo en la mesa diciendo para sí: - Todo esto está muy divertido tengo que participar en las fiestas de Quito, pero ¿cómo lo haré?  A tiempo entraban al café unos chicos que se sentaron en unas de las mesas comentando el cartel y la corrida del día que fue buenísima.

Pedro dijo, está es mi oportunidad, me haré amigo de estos pibes, ellos lo están pasando bárbaro. Se acercó a la mesa de los muchachos saludándolos:  !Que tal amigos! Soy Pedro, he venido de Buenos Aires para conocer Quito…

Juan, el cabecilla del grupo, muy entusiasta le dijo: - Siéntate, ven con nosotros; todos lo aceptaron alegres y se presentaron. Le dijeron – estamos planeando el programa de mañana, vamos a ir a los toros, te invitamos para que veas la corrida.

Pedro no durmió pensando en la corrida, pues jamás había visto un espectáculo de esta naturaleza; él era un muchacho de barrio y ni siquiera había salido a las pampas argentinas para ver al ganado.

El día le pareció eterno hasta las once de la mañana que ya estuvo sentado en las gradas de sol. Todo era para él sorprendente y maravilloso, como tampoco tenía explicación el orden de la corrida y la clase de pases y quites que hacía el torero, Juan se afanaba por explicarle las partes de la corrida, sin perder ningún detalle. Pedro estaba fascinado. Prometió contárselo a sus amigos en Buenos Aires para animarles a fin de que el próximo año vinieran a Quito.

Gozó mucho de la hospitalidad quiteña, a todos cuantos encontraba decía que la gente es maravillosa, el cielo azul y las corridas inolvidables.

Al regresar al hotel sentíase feliz y toda su fortuna era ciento veinte sucres.

Delia Eloísa Dousdebés Veintimilla

04/12/2018

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