De nuevo, ¡lunes!

Lunes, hoy es lunes, otro lunes más, Dios mío, es que no se acabarán nunca los lunes.

El hombre está cansado muy cansado. Las manos le duelen de tan apretadas que las ha mantenido durante las 8 malditas horas que ha durado la jornada laboral. .Durante las dos horas  que, por fuerza, ha pasado en el Metro, una por la mañana para llegar  al despacho de “Arquitectos Innovadores”, del que por cierto es socio,  y,  otra por la tarde-noche, para regresar.

¡Regresar! ¡Qué palabra! Mira que se llegan a inventar palabras  los “hombres de letra”, piensa. Pero... ¿qué pasa? ¿Alguien ha dicho en voz alta lo que él pensaba?, ¿quién ha sido?

Angustiado, da vueltas sobre sí mismo mira por todos los rincones de la habitación, que no casa, o  sí,  ya que es el único lugar del que dispone para descansar, estar, dormir y con suerte, comer. No ve nada ni a nadie. Pensativo,  se rasca el cogote, entrecejo fruncido, le entra como un escalofrío por la espalda, siente... ¿qué es lo que siente? ¿miedo? completamente desconcertado y algo, bastante, para ser exactos. Aturdido, intenta concentrarse  para intentar recordar de donde ha salido la voz. Al borde de un ataque de pánico lleva las manos a la garganta. Suda como nunca en la vida lo había hecho, Mirando hacia todas partes con ojos desorbitados piensa en que es un lugar realmente siniestro. 

Un pensamiento idota le asalta: Normal, es normal que sea siniestro, ¡con lo que paga por estar allí! Al distraerse, olvidando momentáneamente la causa de su pánico, de golpe lo entiende todo, y estalla en estruendosas e histéricas carcajadas que le obligan a doblarse por la mitad… Seré burro! es mi voz, soy yo, yo, el imbécil que habla en voz alta. Dice todavía hablando a gritos y a nadie. Llorando y moqueando, se pasa el dorso de la mano por la nariz, pero  lo retira con rapidez, no vaya a ensuciar la manga de la americana, que entonces sí que se produciría un desastre irreparable. Se siente en un... un no sabe qué, un mueble raro de madera viejo y desconchado que tanto pudo ser en sus mejores tiempos una mesita de noche como un guarda escobas enanas. No tiene ni idea, lo mismo le da, lo recogió de al lado de los contenedores de basura, un miércoles.

Es el día que el Ayuntamiento permite dejar trastos, o cosas viejas, inservibles ya para algunos y tan útiles para otros. Los miércoles son para él casi divertidos, es el único día que efectúa lo que denomina sus “misiones de rescate”, misión que debe hacer con celeridad, depende del barrio, y, antes de que llegue el camión de recogida de “trastos viejos”.

Se remueve inquieto, por Dios, qué duro que es este trasto, pero, en el fondo, agradece el poder dar reposo a sus posaderas, en el Metro no hubo forma de sentarse. Mira todo lo que le rodea, haciendo una somera valoración de sus enseres. Se levanta, realmente el… “esa cosa”... no es para sentarse, ¿dónde está...? ¡ah! debajo del ventanuco, tiene su asiento favorito, quizá porque es el único que tiene, un taburete muy alto, con cada pata pintada de diferente color. Trepa como puede hasta quedar encaramado, cual loro en él... ¡pobre! está tan desgastado que hasta parece que en el centro tiene un hueco debido al uso. Se le dio el abuelete del kiosko de las xuxes, ¡buen tipo! le iba muy bien, porque al ser tan alto, aún estando sentado no perdía el control de toda la parada, aunque él tenía un cojín, pero no se lo dio. Siguiendo con el recuento de sus tesoros mira ahora hacia el lugar donde duerme, su cama, un colchón de espuma, con una esquina totalmente carcomida por quien no quiere saber.

Una repisa larga, muy larga, bueno no tanto, todo lo que daba de sí la pared que no era mucho, hecha de... ni él que es arquitecto se veía capaz de descifrar el material con el que la  hicieron. Parecía hecha  con restos del tabique al que estaba enganchada. De punta a punta de ella una cuerda,  de ésas de plástico para tender la ropa en los balcones, reciclada por él, después de una de sus misiones de los miércoles, de la que colgaban tres perchas. Ah! las perchas, ésas eran su orgullo. Las consiguió en el Carrefour, las sacó del carro de una empleada despistada que las tiró junto con la basura, pensando que eran inservibles, ¡por favor! si hasta olían a nuevas.

Dos de ellas estaban vacías, de la tercera, pendían unos calzoncillos, de esos que están ahora de moda... sí, hombre... ¡unos boxer! Realmente empieza a preocuparle ese juego tonto con el que se entretiene su memoria, escondiéndole el nombre de las cosas. Los tiende allí colgados tan bien puestos para que se sequen. Sonríe, tiene dos, dos y son de él, además de marca. Eso le permite llevar calzoncillos limpios cada día. 

Unos son negros y los otros... también, así no se nota tanto la mancha de nicotina que, y, no entiende  porque motivo, aparece cada día en la parte de atrás de los que lleva puestos.

No tiene la misma suerte en cuanto a la camisa se refiere. Tiene una. Buena, eso sí, pero una, o sea que cada noche coge un trapito y con mucho cuidado y un poquito de jabón, le quita, las manchitas que se ha podido hacer durante el día. Sólo la puede lavar el viernes por la noche, sobre todo en invierno, porque allí dentro con tanta humedad no hay forma de que se seque nada.

El traje todavía da gusto verlo, es gris, muy oscuro, y de invierno por lo que está profundamente agradecido, porque abrigo no tiene, ¡eps! bufanda sí, y buena, es una Burberry, con los clásicos cuadros Burberry, pero a conjunto con el traje, es decir en tonos grises.

La corbata, pssss... la corbata puede pasar, es de un gris tan oscuro, que casi parece negro, hay las manchas no se ven. Ha conseguido hacer creer a los de la oficina que es que le guste tanto el conjunto que lleva, que tiene 5 iguales, uno para cada día, ¡burros!

Los zapatos negros, lustrosas que dan gusto. Tiene el Kanfort en el estante junto a un peine casi nuevo y de un vaso del Burguer King, que es donde deja el cepillo de los dientes. No tiene dentífrico, se las lava con el jabón que utiliza para todo. Es una pastillota grande y maloliente que compró en Els Encants un domingo. Será de la marca Lagarto, una que su madre nombraba mucho y que decía era mano de santo para todas las manchas.

Se rasca la cabeza, y... mierda, ya toca volver a "ducharse". No lo tiene fácil. Sólo hay un grifo en todo el cuarto a unos 40 cm. del suelo. Se lava estirado y echando agua como un loco por todo el cuarto, además está fría como el hielo, pero que le vamos a hacer...no puede permitirse el lujo de oler a sudor.

De la repisa baja una caja de cartón, de ella saca una toalla blanca, suave y esponjosa se la pasa por la cara y la deja aparte, saca una cajita de colonia, la abre, saca el frasco y huele con fruición. Saca también una toalla de playa raída, vieja y muy desgastada, con una cara enorme del Pato Donald. Era de su hijo mayor, Gabriel. Guarda con cuidado la primera toalla que ha sacado, como si fuera un tesoro. No la puede utilizar, si se le llegase a manchar no sabe cómo haría para lavarla.

Quiere dejar las cosas prepades para "ducharse" por la mañana y el Pato Donald ya lo ha dejado fuera para tenerlo más a mano.

Tiene hambre, del bolsillo de la americana saca una bolsita pequeña de plástico. Su cena, un sandwich de atún con vegetales que a la "secre" no le ha gustado y ha tirado entero a la papelera y que él ha cogido en cuanto ha podido, vigilando atentamente para que nadie lo viera. Se sienta en el taburete con patas de colores, no se quita ni el traje ni la bufanda, hace un frío que hasta las ratas están en su madriguera. Pero hoy tiene una cena suculenta, que engulle con hambre de todo un día.

Luego, de otra caja mayor saca una... una... no sabe muy bien qué es. Es grande, eso sí, tapa y abriga, pero que tanto puede ser una alfombra, como una cortina antigua, o cualquier otra cosa de esas que a los ricos les sobra (sonrisa), también obsequio de un miércoles, la encontró tirada en la escalera. También guarda en ella y  lo deja encima de la colchoneta, algo que en su  día pudo haber sido un chándal, y ahora son unos trozos de ropa muy arrugados y descoloridos.

Con mucho cuidado, empieza a desnudarse: primero los pantalones. Repasa la raya con las uñas pernera por pernera colgándolos con sumo cuidado en la percha. Luego repasa la camisa ya seca y sin manchitas dejándola muy bien colocada. Coge los calzoncillos ya secos, para poder colgar la americana y la bufanda. Dobla los calzoncillos limpios, y se pone el... ¿pijama? Los calzoncillos que había utilizado durante el día, los coloca en el suelo, debajo del grifo y empieza a enjabonarlos como si le fuera la vida en ello.

Los escure con fuerza y confía en que por la mañana ya estén secos, de lo contrario le tocará padecer la incomodidad de sentir el culo frío durante la mayor parte de la jornada y permanecer de pie. No fuera el caso de que se sentara y se levantara con las posaderas húmedas.

Echa un vistazo alrededor a ver si ya está todo en orden y… ¡joder! se ha dejado la llave en la puerta pero sin cerrarla, y no es un lugar en el que uno pueda dormir tranquilo con la puerta abierta.

Antes de tumbarse del todo, busca debajo de la colchoneta un despertador pequeño,  lo compró en la tienda de los chinos de la esquina por 4 euros. El más barato que encontró. Lo adelanta hasta las 5. Mañana le toca ir andando al trabajo, este mes ha hecho un viaje extra de ida y vuelta para acercarse a ver como jugaban sus hijos en el parque,  al otro lado de la ciudad, cerca del lugar donde viven y donde él también vivía.

Desenrosca la bombilla, no hay interruptor, y, sólo con la claridad que entra por el ventanuco, se estira, se tapa, y enseguida se duerme.

No ha pasado ni media hora que se despierta empapado en sudor, temblando y  muy asustado.  De golpe lo ha recordado todo nítidamente. No es capaz de entender como ha podido cagarla tanto y tan bien. Todo por hacerle caso a aquel gilipolllas  que le taladró el cerebro con monsergas tipo: chico se te pasa el arroz, a los 40 ya se sabe, ahora o nunca, debes buscar tu equilibrio interior, permitirte ser tú mismo, darte un capricho, vamos vivir a tu aire y disfrutar. Empezó a actuar en consecuencia y se sumergió en su interior. Buscándose, y se encontró. Se encontró conque gracias a las tonterías que hacía, decía y el comportamiento que tenía en casa y con su mujer e hijos, Nuria, su esposa, pidió el divorcio, y, ya de paso, ganando la sentencia. En la misma se incluía una orden de alejamiento, ya que según argumentó el abogado de su mujer, alguien que se manejaba tan torpemente en la vida podía ser peligroso para el buen desenvolvimiento y crecimiento de sus hijos.

Y bien mirado no es que estuviera de acuerdo, pero casi era de moral obligatoria darle la razón. ¡Coño! sí es que lo tenía todo, una casa preciosa, una mujer estupenda, guapa y además cariñosa, unos hijos encantadores un trabajo que le gustaba y muy bien pagado y que, aunque no sabía muy bien como, aún conservaba. De una patada se quedó sin nada por imbécil, por hacer caso a las burradas que le dijeron los “bien intencionados amigos separados”. Ahora debía pasar una pensión de mantenimiento de la casa, de Nuria, de sus hijos, de los colegios, de las clases extraescolares, en fin en números redondos, 3.000 euros fijos cada mes, teniendo que ahorrar para los extras, semana blanca, ropa, etc. y demás cosillas que pudieran surgir, como ortodoncias y que conociendo a su mujer de 1.000 euros más al mes no bajaba. Agotado, deprimido, hecho cisco, intentó volver a dormirse, pero no podía dejar de pensar en una frase que su abuela decía constantemente: “Tal harás... tal hallarás”. Su último ruego, antes de dormirse por fin era más bien una súplica: ¡Por favor!, ¡por favor! que NADIE, pero que  NADIE, de todos los que conozco escuchen y hagan caso al primer energúmeno que les quiera vender la moto de la “búsqueda interior”. Todos somos como somos y por más que busquemos nunca seremos lo que los demás quieren hacernos creer que sería cojonudo fuéramos.

Daría.
Juncosa, 15 abril 2011

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