EL CEMENTERIO DE LOS LIBROS IV

    Un olor rancio invade la estancia, pero no me resulta desconocido, es ese viejo, el que trae a los presos. Es un hombre uraño, encorvado, como el personaje de "El Jorobado de Notre Dame". Siempre trae cara de amargado y su conversación es seca y escueta,- "¡deme a su criatura!" o "¡déjelo ahí y ya se puede marchar por donde vino!". Luego, cuando el "padre de la criatura" desaparecía de su vista, murmuraba algún improperio: "nos van a dejar esto que vamos a tener que pasar de lado", "algún día le prendo fuego y así cobramos el seguro". Los que estábamos allí temíamos que algún día cumpliese sus amenazas, aunque lo más probable es que fuésemos enterrados por el polvo de no venir nunca a limpiarnos. El lugar era un poco tétrico, aún así, algún cuento charlaba de vez en cuando para animarnos o, en las noches más oscuras, algún drama arrancaba a contarnos una historia. Así pasábamos el tiempo entre unos y otros, pero no habíamos nacido para que nadie nos leyera, para que nadie supiera nuestra historia, ni siquiera para estár allí metidos, en medio de tanta mugre polvorienta. ¿Por qué nos habían abandonado allí?, quizá, iluso de mi, para conocer las historias de los demás. Reñcuerdo la que nos contó el otro día el viejo de la estantería a la que le atravesaba una escalera desde el suelo hasta el último estande donde permanecía enganchada, "El Capitán del Fango", ese era su título. Se arrancó a contar la historia una noche silenciosa, sin más, sin que nadie hubiera solicitado su intervención.

" Nicolás nació en una aldea en un pueblecito de pescadores de la costa Este de Irlanda. Alos doce años, se había convertido en un muchacho enjuto, ágil y con muchos pájaros en la cabeza. A las 6 de la mañana solía salir con su anbuelo, un marinero fuerte y labrado por la experiencia  de largos años faenando en la mar, a faenar para luego vender en la lonja. El abuelo, con mucha paciencia, lo aguantaba con tal de que aprendiese el oficio, aunque constantemente metía la pata, sin intención por supuesto, y formaba la de San Quintín. No en pocas ocasiones había tenido que regresar a puerto sin pesca, por la mala pata de Nicolás. ¡Que te lleven los demonios gafe inútil!, le gritaba el abuelo cuando cometía alguna de sus fechorías con el consecuente nefasto resultado para la faena del día.

  Así comenzó a contar el viejo su historia, sin más como dije antes. Al menos pasamos aquella noche muy entretenida escuchando como Nicolás se convertía en el temido Pirata conocido como "El Capitán Del Fango"; pero mañana sigo contando la historia, se acerca alguien y no logro identificarlo.....

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