El Muerto (Parte 5)

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Llevaría caminadas unas cuantas horas, cuando el bosque desapareció y deslumbrado quedé ante tanta belleza. Ante mi la estepa sin fin se extendía. Un camino discretamente en dos la partía. El largo camino que tiempo el recorrer me tomaría. A ambos lados de este, se levantaban campos de trigo del color del astro rey celeste. Muy lejos, casi sobre el horizonte, divisé un río y unas pocas construcciones. También, desde el alto en el que me encontraba, podía ver casas que ora cerca, ora lejos del camino estaban sembradas.

El viento golpeó mi cabeza con embriagante fuerza. Y los colores llenaron los vacíos que tenía en mi cabeza. Vacíos que se habían formado en el recorrido por el bosque. Vacíos creados por el terror, por los fantasmas de la noche. Y la desesperanza que ya se relamía ante mi desdicha, partió gimiendo y lamentando, ahuyentada ante mi dicha. Y así, sintiéndome de espíritu refrescado, comencé a bajar, casi a correr apresurado. Quería perderme entre los campos de trigo, quería sentir el viento del campo, que hasta ahora no era mi compañía. Quería dejar atrás las figuras de la noche y zambullirme en el mar de tranquilidad que solo en sueños vi, cuando el día era noche. El campo me recibió acariciando mi cabeza, el trigo se inclinaba por el efecto de los granos en su cabeza. Las casas, que desde el alto había divisado, desaparecieron ocultas por el grano dorado. Me senté un rato, oculto entre esa amarilla riqueza, pensando en Dios y la tarea que tenía impuesta. Mas ahora, bajo el sol, ya no parecía tan imposible, el encontrar AL MUERTO y alejarlo de los que viven. Me recosté un rato, de lo que quedé con presteza arrepentido, pues escuché un grito:

- ¿Dónde te escondes bandido?

Levanté mi cuerpo sobresaltado y en seguida vi un hombre que a lomos de un jamelgo hacía mi cabalgaba...

- Con que robando lo que tú no has sembrado... ¡Maldito, Te abriré la cabeza de un tajo!

Cuando vi la cara del señor y sus facciones desencajadas, comprendí que no entendería razones, así que volví a esconderme entre el trigo dorado.

- ¿Dónde estás, mocoso? Ah... Espera a que te pesque...

- Pero, señor, no he hecho nada...

- ¡Maldito piojoso indecente! - Era la respuesta que el señor me daba... - Tres noches seguidas y todavía dices que no has hecho nada...

- Mas es de día, yo no he sido...

- Entonces qué haces en mi trigo, ¿dime?

Al escuchar su voz, que parecía mas calma, decidí dar a conocer mi posición, más en que error estaba... Apenas el hombre divisó entre el trigo mi cabeza, lanzó a galope su jamelgo, cabalgando con mucha destreza. No me dio oportunidad de buscar un refugio seguro y de un solo golpe en la cabeza... me privó de las luces de este mundo.

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