EL PASTOR Y LA DIOSA LUNA

ESCENA I

Mi sueño es ir a la luna –manifestó  seguro “Abel” a “Rufo” - su noble perro un “pastor holandés” que a diario lo acompañaba a cuidar las ovejas con ahínco, errabundos por el campo. El desempeño del galgo era de gran ayuda en las mañanas cuando se sacaban del aprisco, y por las tardes entrada la noche; diestramente juntaba la manada separada y las orientaba al  redil de la casa campestre de su amo “Abel”.    

La luna representa el poder femenino —continúo diciendo el pastor—Es la reina del cielo… A veces la he soñado como una hermosa mujer de rostro pálido, que baja radiante de los cielos, vistiendo túnicas de lino transparentes, llevando sobre sus dorados cabellos una tiara brillante en forma de media luna. Cuando no conduce su biga de plata tirado por bueyes o un par de caballos blancos; baja del reino celestial y pasea por la tierra, portando en su fina mano derecha una tea de flama verde.  A su paso, su lívida figura lo que toca lo transforma, se ilumina, reverdece y crece.

“Abel”, un loco soñador solitario que al ritmo de su oficio de pastor vagabundo, aprendió a encontrar belleza de su entorno que lo inspiraba. En su mochila cargada de fique  que siempre portaba al hombro, guardaba su flautín de carrizo y otras cosas más, secretamente. Asiduamente oteaba el panorama azul en su quietud lejana, buscando alguna musa que transformara la extensa urdimbre de pensamientos natos salidos de sus adentros, convertidos en palabras sueltas y bonitas que luego balbucía en voz alta la dicha de un verso como el trigo que nace en un valle. Llegada la inspiración a modo de un resplandor heroico, sacaba de su bolsa por arte de magia, un lápiz y su libreta de apuntes para escribirlos en su soledad.  

A “Rufo” su mascota, le dirigía sus monólogos…Este empinaba atento sus orejas puntiagudas como queriendo entender  lo que recitaba su amo en voz alta. También, sus cantares improvisados de bohemio y trovador persuadían a sus interlocutores de turno: su rebaño de ovejas berreadoras; las aves cantarinas del bosque; las flores silvestres de los verdes valles cundidos de mariposas volando; al raudo murmullo del rio en la alborada bajando del cerro; en fin, a todo que adornara el paisaje que le rodeaba.

Una araña laboriosa y diestra, tejía afanada sus hilos de plata en la hojarasca de una breña cerca al palo de nogal, donde meditaba tumbado en la hierba el buen pastor. Allí la araña cazadora después de tejer su mortífera red, pacientemente esperaba en su refugio la llegada de su fortuito alimento.

Mientras “Abel” a los cuatro vientos y a todo pulmón, recitaba su nueva sarta de versos a su amor platónico la Diosa Luna:

—«Hace tiempo quería escribirle y tan despacio quería hacerlo que se fueron pasando los días sin que lo hiciera. Adivino, su desanimo “Diosa Luna”  y  por ello siento remordimiento»

—«Si, Julio Verne y otros poetas lo hicieron en su momento ¿Por qué no puedo yo, escribir las mejores rimas esta noche? y recitarlas pulsando mi lira, al pie de tu balcón colgando del cielo»

—«El húmedo albor de una corola se apaga ante tu nívea figura; la noche de diamante se vuelve mágica cuando llegas tú fulgurante. Ven a mis lares sombríos estrella fugaz a colmar mi soledad, seráfica criatura»

—«Entre difusos celajes tu hábitat, vasto mar de tranquilidad flota; rodeada de misterio el arcano sortilegio de tu ingenua virginidad. Esta noche de abenuz con pudor te asomas con emoción discreta»

—« Ser dueño de ti quisiera… el que guarda tus secretos, tu vasallo. El que te corteja por la tarde cuando canta la cigarra, y luego en las mañanas contemplo furibundo que de mi te alejas   eterna cortesana»

Una tarde de verano “Abel” el pastor, personaje menudo, retraído  y salvaje,  descansaba sentado  a la sombra de un palo de nogal, mientras que, sus ovejas pardas taciturnas pastaban  en la verde planada bordeada de árboles  y matorrales cerca de la montaña; observadas por la astuta mirada sabuesa de  “Rufo” su noble animal.

De pronto, “rufo” encrespo el hocico hacia los matorrales, sus orejas como antenas, se movían en toda dirección. Ha detectando la presencia de algo, o de alguien que se acercaba cauteloso y oculto. ¡Ipso facto! se levantó del sitio donde vigilaba echado las ovejas, e impaciente corrió ladrando hacia los matorrales; el instinto borrego de las ovejas hizo otro tanto,  se vio turbado por lo mismo y  empezaron a berrear todas al tiempo temerosas de algo. “El pastor” percibió la desatención de sus peculiares oyentes y dejo de perorar sus versos.

Por su parte, la araña corrió veloz al centro de su gran telaraña… una mosca azul de largas patas peludas, había caído en la trampa mortal y  forcejeaba está desesperada queriendo escapar; pero, entre más se movía, más se enredaba entre los hilos de plata mortales… De los matorrales volaron de sus nidos al cielo aves asustadas de vistosos colores, luego en contorno mantenían su vuelo junto a las ramas donde pendían sus nidos con sus polluelos. Todo parecía un presagio de algo peligroso que estaba a punto de pasar.   

 

ESCENA II

 “Rufo”, un gran dogo color canela de cabeza maciza e inteligentes ojos expresivos, parecía comprender la seriedad del momento. Mostra­ba agitación con sus ladridos de alerta  y correrías de un lado a otro. Su ágil cuerpo estaba  dispuesto a dar la batalla  a lo que hubiera detrás  de aquellos matorrales.

…Y si!, sin más preámbulos ni sutilezas, saltaron de los matorrales de uno en uno, tres grandes lobos, terribles y feroces. ¿Quien sabe? de que plano astral venían,  pero allí estaban, eran  animales  enormes de cabeza de hocico blan­co, de plateada frente coronada por un par de orejas, como de gato, levantadas. Se materializaron sus vastos cuerpos de matices plateados en el espinazo, sus barrigas de un co­lor que iba delante el blanco; el mechón de la punta de sus cola, tan gruesas como un muslo, aparecían enroscadas en el extremo; a sus patas musculosas le abultaban al frente como un par de moteados guantes de boxeo. Sus caras de horror, mostraba unos ojos amarillentos y sagaces penetrantes y unos colmillos afilados blancos cuando gruñían.

Sin perdida de tiempo los tres se distribuyeron en diferentes direcciones ¡y atacaron!. Uno se fue contra” Rufo” y  los otros dos la emprendieron contra las ovejas. Estas más sensibles al peligro, se habían esparcido en desbandada, planada abajo junto al rio. “Abel” gritaba de susto.

– Auxilio ¡El lobo!, ¡El lobo! cuando vio a uno.

- Auxilio ¡los lobos, nos atacan!, ¡los lobos, nos atacan!, cuando diviso a los otros. Pero no pasó nada. Sus gritos de auxilio se transformaron en eco entre la montaña y solo fueron correspondidos por el silencio. En un instante de devoción, se arrodilló santiguándose, y oró.

– Hermano francisco, no permitas que estos condenados animales  ¡maten mis ovejas!

-Dame fuerzas Señor, para enfrentar a estos engendros del averno, y decidido empuñó su báculo de pino ciprés y se dirigió en carrera hacia donde estaban casi todas las ovejas desertadas.

La escena, era una batalla campal en condiciones desiguales.  “Rufo” ahora presentaba pelea a los tres lobos feroces al tiempo, las ovejas berreaban todas en coro y daba cuenta de algunas “heridas” derribadas entre el pasto por la veloz estampida.  “Abel” con su bastón de mando, hacía lo que podía ¡boleándoles garrote! a sus hocicos babeantes. Todo estaba en contra del pastor y de “Rufo”. ¡Era imposible mantener! a estos predadores cercados por mucho tiempo, su valor y  fortaleza, se iban debilitando y minando poco a poco… ¡entonces, los lobos atacarían de nuevo y harían del rebaño un festín!

El crepúsculo se acercaba a  paso lento. Aún faltaban horas para ponerse el sol y llegar la noche. La tarde conservaba su esplendor. La luna en cuarto menguante dejaba ver su blanca silueta entre las escasas  nubes  que con formas caprichosas la adornaban y  vestían. Desde  la lejanía, la luna encumbrada parecía percatarse de las angustias que estaba  pasando el pastor y resuelta ayudarlo, cobró al sol un viejo favor que por muchos siglos le debía.

De repente se aprecia una súbita “bajada” de la luz del día, como si un dedo gigante cubriera la luz del sol, ¡el cielo oscurece!  Una ligera brisa de hielo se filtra en la escena de batalla que de inmediato se reflejó en el comportamiento de los actores del conflicto: las ovejas dejaron de berrear y los lobos despavoridos salieron huyendo por donde vinieron. “Rufo” jadeante y herido quedó estupefacto al grito del pastor que ensimismado miró desde la penumbra “el anillo de diamantes” que se reflejaba en el cielo, como parte del espectáculo de este fenómeno natural.   

- Es “Un eclipse de sol”  “Rufo” ¡Dios bendito que salvación!

- El abrazo de la luna al sol, ¡nos salvó!  Así transcurrieron largos minutos de sombra y frialdad… luego todo volvió a la normalidad. El peligro había pasado. Las aves volvían a sus nidos, “Rufo” juntaba las ovejas y “Abel” el noble pastor convencido de que la Diosa luna había estado con él,  prestaba ayuda a las ovejas heridas para llevarlas al redil.

El sol, pretendiente de la luna toda la vida, le escucho a la luna emocionado su petición y no se negó en concederle el favor. Al fin y cabo la luna seguía siendo su amor platónico y por ella, encarnizado rival de los poetas. Esta vez no podía fallarle.

La luna al escuchar el ¡si! del sol, fue tanta su alegría y la emoción que sintió que se abalanzó para abrazarlo… así inicio el eclipse que salvó al pastor de la reyerta.

¿Cual es el favor que el sol le debía a la luna? Esto es tema de otro fabuloso cuento.

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