Emancipación

Cada noche llegaba a casa agotada, con el ceño fruncido, un gesto de desolación en el rostro y el alma enferma por tantas desgracias presenciadas. Ese empleo como trabajadora social estaba mermando sus fuerzas irremediablemente. Todos los días llegaban hasta ella decenas  de llamadas con denuncias de todo tipo que no hacían más que llenarla de impotencia y sufrimiento.

Pero al mismo tiempo, sentía que su esfuerzo era necesario, vital para encontrar la solución a tantos problemas y  por ello ponía todo su empeño en ayudar. Niños muertos a manos de sus propios progenitores, madres que preferían callar y pasar por alto el abuso sexual del que sus hijas eran objeto para no incomodar ni perder “el amor” de sus parejas en turno, criaturas que elegían la crueldad de las calles antes que vivir con los golpes y maltratos sufridos en sus casas, hombres y mujeres alcoholizados y drogados que se convertían en engendros de sus familias, quienes en secreto,  elevaban sus plegarias al creador cada noche pidiendo, aún más, exigiendo que no se les permitiera regresar vivos para lograr un minuto de paz.

Todo esto resultaba deprimente, y habría terminado amargada y vacía de no ser porque encontró en la escritura una salida a la rabia y desaliento con la que regresaba a casa después del trabajo. En su mesa de noche tenía siempre una libreta que formaba parte de una gran colección que mantenía guardada en el fondo del closet. A través de sus páginas, relataba una a una las historias de los casos que llegaban a sus manos. Pero con un final muy diferente al que sucedía en realidad.

Las protagonistas de sus relatos se convertían en victimarias vengadoras. De esta forma, las niñas y niños violados castraban a sus agresores para luego erigirse como líderes sociales defensores de la dignidad. Los golpeados terminaban siendo justicieros que sometían y anulaban en todos los sentidos a los cobardes con contundencia. Las damas subyugadas se alzaban y pugnaban por hacer valederos sus derechos. Las abandonados encontraban una fuerza tal que transformaban en fortuna su desgracia con entereza hasta culminar sus biografías como millonarias que de un puntapié arrojaban a la calle al sinvergüenza que jamás se preocupó por darles lo mínimo necesario para vivir. Todos y cada uno, realizaban hasta la muerte acciones en pro de la gente. Logrando un efecto picante y divertido en donde el sentido del humor minimizaba cualquier tragedia. Al terminar de escribir, se iba a la cama soñando con destinos más placenteros para cada una de sus almas atormentadas.

Por esa época, tenía en sus manos dos casos que la ocupaban especialmente: El primero, era el de una mujer cuyo esposo había quedado inválido a consecuencia de un accidente sufrido en el trabajo. La empresa, astutamente, sobornó a los testigos, eliminó evidencias e hizo todo lo posible para evadir su responsabilidad limitándose a enviarle flores al enfermo, Susana no sabía hacer otra cosa que lavar platos y fregar los pisos. Había vivido desde muy joven dependiendo totalmente de Fausto, su marido.

El hombre permanecía en terapia intensiva debatiéndose entre la vida y la muerte mientras el hospital le exigía dinero continuamente para cubrir los gastos generados, amenazando con dejar de asistirlo en caso de no contar con un depósito generoso que les permitiera actuar sin restricciones. Estaba sola, desempleada y carente de preparación. Nadie quiso brindarle empleo ni ayuda posible. Por lo tanto,  hizo lo  que consideró más práctico y redituable dada la urgencia de su caso: prostituirse.

Cuando al fin Fausto fue trasladado a un cuarto más cómodo, aún con la depresión que le generaba el haber quedado sin una pierna y visiblemente disminuido, tuvo el enorme consuelo de comprobar que Susana eficientemente había conseguido sortear las dificultades económicas de una manera sorprendente: “vendiendo seguros de vida”.

Pero, como en toda historia no podía  faltar la vecina chismosa ávida de transmitir cizaña que,  dándose cuenta de la verdadera ocupación de la mujer, reunió a otros vecinos para ponerlos al tanto, y convencerlos de emprender una lucha contra ella denunciándola sin demora. Eugenia la visitó en su domicilio, y después de una larga conversación la conminó a buscar otro medio de vida menos riesgoso para ella, más decente y le aconsejó abstenerse de llevar hombres a su casa en el futuro…

Alicia era el nombre de su otra preocupación: humilde y sin estudios, pero de gran corazón y pequeña figura. Esta mujer,  había caído en manos de “su señor” como acostumbraba llamar al esposo, gracias a que éste tuvo a bien abusar de ella salvajemente.

Sus padres, campesinos de criterio nulo y costumbres propias de los siglos pasados hicieron lo que pensaron que era lo correcto en esos casos: casarla con su agresor para que quedara lavada la ofensa. Para Don Lencho, la niña ya no valía nada en esas condiciones. Le pertenecía al hombre que la había desflorado.

Durante los 25 años que pasaron desde ese fatal día en que fue entregada al tirano vivió un verdadero terror. Su existencia transcurrió desde entonces, entre insultos, malos tratos, vejaciones, violencia sexual, y todo aquello que contribuye a que un ser humano se transforme en poco menos que una piltrafa humana.

La misma suerte corrieron sus 9 hijos, 3 de los cuales murieron a manos de su progenitor, 2 nacieron con retraso mental y los 4 restantes pasaban los días escondidos donde podían para librarse de la mano de aquel abusivo que tenían como padre.

Eugenia fue llamada cuando la mujer ingresó al hospital con dos costillas rotas, el tabique desviado, fracturas múltiples y la posible pérdida del ojo izquierdo. La trabajadora acompañó a la policía a la dirección señalada para encontrarse con una casucha de cartón y lámina que se erigía en medio de un baldío repleto de basura y desperdicio. Los dos discapacitados estaban encerrados en una especie de corral llenos de mierda y suciedad, prácticamente en los huesos y con claros signos de tortura física. Tuvo que luchar para no vomitar ante el nauseabundo ambiente que los rodeaba.

A los otros 4 niños los fue encontrando ocultos en diferentes partes de la casa aunque no en mejores condiciones que los anteriores. Todavía quedaban rastros de la golpiza del día previo: sillas tiradas, trastes rotos, sangre embarrada, un diente en el piso, cabellos por mechones.

La noticia se propagó como reguero de pólvora en la televisión y los periódicos. El maldito autor de tantas infamias no aparecía por ningún lado, y la mujer era atendida con esmero, seguramente por primera vez en su vida, en el hospital, en donde no hacía más que llorar emitiendo un lamento continúo, con la mirada perdida y sin responder a nada...

Aquella mañana la trabajadora social estaba en casa durmiendo cuando el teléfono sonó. Del otro lado de la línea, su jefa le pedía que encendiera el televisor en las noticias locales y luego se trasladara a la oficina para comentar el hecho. El famoso conductor del noticiero matutino daba la terrible noticia de una mujer dedicada a la prostitución que había sido asesinada. La fotografía de Susana llenaba la pantalla. Al parecer, el marido descubrió su oficio y haciéndose pasar por un cliente concertó una cita con ella por teléfono. Cuando entró en la habitación del hotel fue recibida con un balazo certero, después Fausto se voló los sesos acompañándola en la muerte. Eugenia observaba con atención la imagen de los cuerpos tendidos en el suelo. Uno junto al otro. La mano de ella sobre la de él.

Temblorosa y con un nudo en la garganta, pasó la mañana haciendo el reporte de la conclusión del caso y resolviendo trámites. Por la tarde, decidió visitar a Alicia en el hospital, seguramente ya estaría enterada de la reciente captura de su agresor. La mujer seguía postrada en cama en la misma actitud de siempre: sin hablar con nadie, llorando y gimiendo.

Salió de la habitación para telefonearle a su jefa y plantearle la posibilidad de que los hijos la visitaran para ver si así mejoraba el estado de ánimo, tanto de los niños como de ella, de pronto, las enfermeras comenzaron a movilizarse nerviosamente al tiempo que se escuchaban gritos y lamentos. Eugenia cortó la comunicación, y con escalofríos, advirtió que el ajetreo provenía de la habitación de Alicia. Al entrar, su mirada se posó en el ojo izquierdo parchado y el derecho en blanco, para luego reparar en esa mueca que se le quedaría grabada en la mente toda la vida. Se había suicidado. No soportó pensar en la vida sin su tirano al lado, los golpes y maltratos eran la única manera que conocía de subsistir y prefirió la muerte, antes que quedarse sin él... A pesar de todo.

Esa noche, la trabajadora social llegó a su casa desmoralizada, abatida y completamente deprimida. Abrió su libreta y comenzó a redactar las historias de Susana y Alicia con sus respectivos finales redentores. Cerró la libreta y la aventó al fondo del closet junto con los otros cuadernos. Se dio un buen baño y se durmió.

Por la mañana, presentó su renuncia, preparó su equipaje, encargó a una agencia de bienes raíces la venta de su departamento, muebles y demás objetos y se fue a vivir junto al mar echando mano de todos los ahorros reunidos a lo largo de su vida laboral cansada de tanto ver y  escuchar.

Alquiló una casita alejada de la ciudad, pero cercana al mar, en donde solo tenía lo estrictamente necesario para subsistir, sin lugar alguno para televisores ni medios de comunicación con el exterior  al que solo se enfrentaba cada final de mes en que acudía a la ciudad para adquirir provisiones, pero intentando no intimar con nadie ni saber nada.

Quiso el destino que su departamento quedara en manos de un editor que encontró sus libretas abandonadas en el fondo del closet. Después de leer el contenido, emprendió una tenaz búsqueda para localizar a la autora sin conseguirlo. Cansado, decidió publicarlas a manera de libros semanales causando un verdadero revuelo entre la gente. El éxito fue tal, que a esas primeras ediciones les siguieron otras y después otras. Los lectores abarrotaban las librerías cada lunes para comprar los nuevos ejemplares de esa semana. Las historias de víctimas emancipadas alcanzaron todos los rincones del país hasta traspasar las fronteras.

La única persona que permaneció sin enterarse de la existencia de las obras fue Eugenia, que aislada del mundo pasaba los días creando esculturas en la arena y disfrutando de cómo las olas del mar llegaban con su brío y desparpajo a destruirlas y borrarlas como si nunca hubieran existido. Después se tumbaba en la hamaca disfrutando por completo de su auto retiro. Soñando, quizás, con su mundo ideal.

 Elena Ortiz Muñiz

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