Historia en el manicomio

“Todos estamos locos pero a algunos se nos nota más”

Cuando llegué al límite de mi resistencia lo único que deseaba era morirme y acabar de una vez con todo. Había ensayado diferentes métodos que me quitaran la angustia que me corroía el cuerpo, la mente, el espíritu, mi totalidad… ninguno había funcionado. La depresión me hacía doler hasta lo que no debe doler: dolían los recuerdos, el presente, el pasado lo que iba a ocurrir en el futuro, los niños hambrientos de África, los bombardeos en diferentes partes del planeta, la muela cordal que me sacaron hace 20 años, todas las noticias dolorosas me dolían como si los afectados fueran mis seres queridos.

Lloraba sin razón y con razones, las lágrimas intentaban lavar faltas cometidas y delitos por cometer; el espejo devolvía una imagen parecida a mi pero yo estaba seguro que ese reflejo no era yo… ¡Qué vaina tan jodida! El psiquiatra decretó sin apelación depresión mayor, bipolar y no sé cuantas jodas más. ¡SI! Me dije, estoy putamente loco, ¡Y, qué! Pero hacia afuera no pronunciaba una sílaba, tal vez con un gesto, alzamiento de hombros o un suspiro daba a entender que estaba vuelto una mierda por dentro y me importaba un soberano cu… lo que hicieran con ese carramán que decían era yo.

Como no me oponía a nada, subí a una ambulancia con rumbo desconocido, bajé cuando dijeron que lo hiciera, me senté cuando lo pidieron y no contesté ninguna de las preguntas que me dirigió el matasanos, por la sencilla razón de no querer hablar.  Ya lo distinguía, era el psiquiatra que me había asignado el Seguro para un tratamiento de recuperación. Me decía, para mis adentros, de qué recuperarme si no me dolía nada. En seguida sentía que me dolía todo y soltaba el llanto. Siempre era así, durante todo el tiempo que decidieron que estaba loco,… y me pasaron una hoja para que firmara. Como todo me importaba lo mismo, estampé mi firma en diagonal de izquierda a derecha de abajo hacia arriba ocupando toda la maldita hoja. Si querían que les demostrara que estaba loco pues nada más fácil: hacía lo que pensaba que eran locuras.

La firma era mi consentimiento para que me internaran en una casa, de esas que llaman de diferentes maneras: Casa de reposo, Clínica Psiquiátrica y otras lindezas; para qué se ponen con eufemismos, esa joda se llama manicomio, asi, letra por letra: M-A-N-I-C-O-M-I-O. Mis familiares me dieron abrazos, besos, palmaditas en la espalda, en la cabeza, palmaditas en el culo y consejos: “Acá te vas a curar”, “Tan pronto te recuperes volvemos por ti”, “No es nada grave, ya verás”. Tan pronto las puertas cerraron a sus espaldas empezó mu curso intensivo de zombi. Un par de enfermeras muy amables y con pinta de luchadoras me tomaron por los brazos, una a cada lado, como si me fuera a escapar, ¡Qué va!, si lo único que deseaba era morirme.

El experto en locos había dado una receta que empezaron a cumplir al pie de la letra. Me pusieron de primero en una fila de seres raros que llevaban un vasito con líquido en su mano derecha, uno a uno debían pasar al mostrador a recibir su dosis. Esa primera vez no sabía que era el asunto, de qué  se trataba, ni me importaba. Una cosa con ojos me miró como quien mira una plasta, leyó el papel que le entregó una de mis guardianas y, en una copita desechable, de esas de servir aguardiente, echó doce pepas de diferentes colores y me la entregó. Yo la miré como preguntando ¿Qué de qué? Pero una de las luchadoras le dijo: “Es su primer día” el monstruo sacó un vaso plástico de la nada y lo llenó de un líquido amarillento con olor a yerbas aromáticas. Una de las grandotas me dijo: “Es para que baje las pastas”. Me las tomé una tras otra y empezó lo que debía pasar.

Todos mis padecimientos empezaron a desaparecer. Los dolores físicos, morales, mentales, imaginarios, reales, fantásticos se marcharon por encanto. Desde una nube de algodón sentí que me abrían la boca a revisar si me había bajado por el gaznate todas las píldoras. Después supe que muchos las escondían debajo de la lengua para, en la noche, tomarse una dosis alta de un medicamento. Es que según de lo que se trate cambia el color,  me explicaron los veteranos, unas son vitaminas, otras analgésicos, otras somníferos y así sucesivamente. Las más apreciadas eran las tranquilizantes porque en determinada cantidad lo ponían a uno a volar sin alas en un viaje fantástico. Esa primera dosis me pareció genial, ya no quería morirme; en ese momento deseé vivir muchos años para meterme todas las dosis del mundo de esas píldoras mágicas.

Tres veces al día se repetía la rutina de la toma de medicamentos. Todo se regía por un horario que marcaba el sonido del timbre: levantada, baño, aseo del cuarto, primera dosis, desayuno, descanso, terapia ocupacional, revisión médica, sesión con el loquero, almuerzo, segunda dosis, descanso, terapia de grupo, tiempo libre para leer, jugar, hacer ejercicio en el pequeño gimnasio, ver TV, comida (como a las cinco de la tarde), tercera dosis, sueño. El segundo día descubrí que en la tercera dosis iba una pepa más, “es un somnífero para que nadie se levante a joder”, me dijo un loco de los experimentados (ya llevaba siete entradas a sitios como este) y se convirtió en mi guía por este mundo tan patas arriba. Las pastas más apetecidas eran los tranquilizantes y los somníferos por los efectos que ocasionaban. Como desde el principio di muestras de mansedumbre y obediencia las enfermeras y los terapeutas confiaron en mí, de manera que birlaba estas pepas mágicas de mi dosis y las cambiaba por otras cosas con los demás desquiciados de mi patio, como la comida que les llevaban los familiares.

En la sesión de Terapia ocupacional” había varias actividades, una era dibujo; repartían unas hojitas con dibujos infantiles, como los que vi en los salones de párvulos en los colegios donde trabajé, en el centro de la inmensa mesa regaban una cantidad enorme de lápices de colores para colorear los dibujos y todos se concentraban en llenar los ositos, las casitas, las florcitas sin salirse de las líneas: “El que se salga tiene puntos negativos”, me explicó muy serio un hombre joven con una pinta de drogadicto que no podía con ella el pobre. Los ojos se me humedecieron, “que mierda voy a colorear m aricadas yo, que soy un pintor de verdad”, se lo dije al terapeuta y parece que el caso nunca se le presentó antes. Me dio unas hojas en blanco y lápices comunes, de grafito. El problema fue que le armé otro problema. Todos dejaron sus hojitas de niño y me rodearon a mirarme dibujar bodegones, pájaros fantásticos, ángeles y demonios, seres estrambóticos que me brotaban de la cabeza calenturienta.

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