Krasios, el demonio – Parábola de Vladimir Megre

Esta parábola fue escrita por Vladimir Megre. La idea que plantea este escritor en su texto me pareció tan interesante que, viendo que no existen traducciones al español, me tomé el atrevimiento de traducirla. Espero que la disfruten y comenten qué opinan al respecto.

 

Los esclavos caminaban despacio, en fila, y cada uno cargaba una pesada piedra pulida. Cuatro filas de esclavos, que es extendían por un kilómetro y medio, desde las canteras de piedra hasta el lugar donde comenzó la construcción de la ciudad-fortaleza, estaban custodiados por guardias. Por cada diez esclavos había un guerrero armado que los vigilaba.

A un lado de la hilera de esclavos, en la cima de una montaña artificial de piedras pulidas, de trece metros de alto, estaba sentado Krasios, uno de los sumos sacerdotes del faraón. Durante los últimos cuatro meses observaba en silencio lo que sucedía a sus pies. Nadie lo distraía. Nadie, ni siquiera mediante una mirada, se atrevía a interrumpir sus reflexiones. Ya los esclavos y los guardias percibían a la montaña artificial con el trono en la parte superior como una parte integral del paisaje. Y nadie prestaba atención al hombre que, ora estaba sentado inmóvil en el trono, ora paseaba a lo largo de la plataforma en la cima de la montaña.

Krasios se había propuesto una meta: quería reformar el estado para reforzar el poder de los sacerdotes por un plazo de mil años, cuanto menos. Quería someter a todos los pueblos de la tierra, incluido el gobernador del estado, al poder de los sacerdotes.

Sucedió que llegó un día en el que Krasios decidió descender, dejando a un doble en el trono en la cima de la montaña. El sacerdote se cambió de ropa y se quitó la peluca. Ordenó al jefe de la guardia a que lo encadenase como un simple esclavo y lo ubicara en una de las filas, detrás de un esclavo joven y fuerte llamado Nard.

Analizando las caras de los esclavos, Krasios se dio cuenta de que la mirada de este joven era curiosa y calculadora, y no perdida o distante como la gran mayoría. La cara de Nard reflejaba su estado de ánimo, pasando de concentrada a pensativa; a veces agitada. Debe estar concibiendo algún tipo de plan, se dio cuenta el sacerdote, pero quería asegurarse de cuán precisa era su observación.

Durante dos días Krasios observó a Nard, arrastrando piedras en silencio, sentándose a su lado a la hora de la comida y durmiendo junto a él en la litera. Al llegar la tercera noche, tan pronto como se escuchó la orden de Dormir, Krasios se volvió hacia el joven esclavo y lanzó, con amargura y desesperación, una pregunta sin dirigirse a nadie en particular:

- ¿Así será por el resto de la vida?

El sacerdote vio que el joven esclavo se estremeció e inmediatamente giró su rostro hacia el sacerdote, sus ojos brillaban. Centelleaban incluso a la tenue luz de las grandes antorchas de la barraca.

- No será por toda la vida. Estoy pensando en un plan. Y tú, viejo, también puedes tomar parte en él -, susurró el joven esclavo.

- ¿Cuál es el plan? - Con indiferencia y suspirando preguntó el sacerdote.

Nard, con pasión y confianza comenzó a explicar:

- Y tú, viejo, y yo, y todos nosotros pronto seremos personas libres, no esclavos. Haz las cuentas, viejo: por cada diez esclavos hay un guardia. Y hay solo un guardia que vigila a las quince esclavas que cocinan la comida y cosen la ropa. Si a la hora estipulada todos nos abalanzamos sobre los guardias, ¡venceremos!  No importa que ellos estén armados y nosotros encadenados. Hay diez de nosotros por cada uno de ellos y las cadenas también se pueden usar como armas, reemplazando la espada. ¡Desarmaremos a todos los guardias, los ataremos y nos apropiaremos de sus armas!

- ¡Oh, muchacho! - Suspiró una vez más Krasios y, como si el tema le fuese indiferente, dijo: - Tu plan no está completo: podemos desarmar a los guardias que nos vigilan, pero muy pronto el gobernador enviará nuevos guardias, tal vez incluso todo el ejército y matará a los esclavos insurgentes.

- También pensé en eso, viejo. Es necesario elegir un momento en el que el ejército no esté. Y ese momento se acerca. Es evidente que ahora el ejército se prepara para una campaña. Están almacenando comida para tres meses. Es decir que le llevará tres meses al ejército para llegar a su destino y entrar en batalla. En la batalla, el ejército se debilitará. Aunque ganará. Y capturará muchos esclavos nuevos. Ahora mismo están construyendo nuevas barracas para los esclavos que traerán. Debemos realizar nuestro ataque tan pronto el ejército de nuestro gobernante entre en batalla con el otro ejército. Los mensajeros del gobernante necesitarán un mes para llevar el mensaje sobre lo sucedido. Al ejército, que ya estará debilitado, le tomará al menos otros tres meses regresar. En cuatro meses podremos prepararnos para recibirlos como se merecen. No seremos menos que los soldados en el ejército. Los esclavos capturados querrán alinearse con nosotros cuando vean lo sucedido. Lo he calculado todo, viejo.

- Sí, muchacho, tu plan puede funcionar y podrás desarmar a los guardias y derrotar al ejército, - dijo el sacerdote, alentador, y añadió: - Y ¿después qué harán los esclavos? ¿Qué ocurrirá con los gobernantes, los guardias, los soldados?

- La verdad he pensado poco en ello. Por lo pronto solo una idea me llega al respecto: todos los esclavos serán los amos. Todos los que hoy no son esclavos, lo serán. – Respondió Nard sin mucha convicción.

- ¿Y los sacerdotes? ¿Dime, muchacho, los sacerdotes serán esclavos cuando obtengas la victoria?

- ¿Los sacerdotes? No he pensado en ello. Pero supongo que dejaré a los sacerdotes como están. Son venerados y por los esclavos y por los gobernantes. Aunque a veces es difícil entenderlos, creo que son inofensivos. Que se dediquen a los dioses.

- Está bien, - respondió el sacerdote y fingió que estaba somnoliento.

Pero Krasios no durmió esa noche. Él pensaba.

Por supuesto, lo más fácil sería decirle al gobernante sobre la conspiración, el joven esclavo sería apresado, ya que él era claramente el principal alborotador. Pero esto no resolvería el problema. El deseo de liberación de la esclavitud es evidente y por siempre estará en todos los esclavos. Habrá nuevos líderes, se desarrollarán nuevos planes y, de ser así, la principal amenaza para el Estado siempre estará presente dentro del mismo Estado.

Para Krasios era clara la tarea: desarrollar un plan para esclavizar al mundo. Pero él había comprendido la esencia de la esclavitud: no sería posible alcanzar la meta sólo con la ayuda de la violencia física. Era necesario tener influencia psicológica en cada persona, en pueblos enteros. Era necesario transformar el pensamiento humano para inspirar a todos: implantar la idea de que la esclavitud era el bien más deseado. Para ello, era necesario lanzar un programa de autodesarrollo para cambiar el concepto de la esclavitud en naciones enteras en el tiempo y espacio. Pero lo más importante: modificar la percepción de la realidad de la manera adecuada.

La mente de Krasios trabajaba a toda velocidad, en éxtasis. Él dejó de sentir el cuerpo y los pesados grilletes que tenía en sus manos y pies. Y de repente, como un relámpago, surgió un programa. Aún no estaba completo y no era explicable, pero ya era evidente y asombraba por su escala y capacidad de acción a largo plazo. En ese momento, Krasios se sintió el Gobernante del Mundo.

El sacerdote estaba tumbado en su litera, encadenado y orgulloso de sí mismo: Mañana por la mañana, cuando nos lleven a trabajar, daré la señal secreta y el jefe de seguridad ordenará que me saquen de las filas de esclavos, y me quitarán los grilletes. Detallaré mi programa, diré sólo algunas palabras y el mundo cambiará. ¡Increíble! Sólo unas pocas palabras, y el mundo entero me obedecerá, obedecerá a mi idea. ¡Dios realmente le dio poder al hombre, y este poder no tiene uno igual en el universo! Ese poder es el pensamiento humano. Es el pensamiento el que crea palabras y cambia el curso de la historia. El momento mismo se acomodó de una forma más que propicia: los esclavos prepararon un plan para rebelarse. Es racional este plan y obviamente puede conducir a un resultado positivo para ellos. Pero con unas pocas palabras obligaré, no solo ellos, sino también a los descendientes de los esclavos de hoy, e incluso los gobernantes de la tierra, a ser los esclavos del futuro por miles de años.

Por la mañana, a la señal de Krasios, el guardia le quitó las cadenas. Y al día siguiente otros cinco sacerdotes y el mismo faraón fueron invitados a la plataforma de observación.

Krasios comenzó con su discurso:

- Lo que escucharán ahora no debe ser escrito por nadie ni contado nuevamente. No hay muros a nuestro alrededor y nadie escuchará mis palabras excepto ustedes.

Se me ocurrió la forma de convertir a todas las personas que viven en la Tierra en esclavos de nuestro faraón. Incluso con numerosas tropas y guerras extenuantes es imposible hacer esto. Pero yo lo haré con unas pocas frases.

En tan solo dos días, después de que se pronuncien, ustedes verán cómo el mundo comenzará a cambiar. Vean: ahí abajo están las largas filas de esclavos encadenados y cada uno lleva una piedra. Están custodiados por muchos soldados. Siempre hemos creído que mientras más esclavos tengamos, será mejor para el estado. Pero mientras más sean los esclavos, mayor es el temor por revueltas, disturbios y rebeliones. Nos vemos forzados a aumentar la cantidad de soldados que los cuidan. Estamos obligados a alimentar bien a nuestros esclavos. De lo contrario, no podrán realizar un trabajo físico pesado. Y todos ellos son iguales: perezosos e inclinados a la rebelión. Miren la lentitud con la que avanzan. Y los también perezosos guardias no usan el látigo y no los golpean, ni siquiera a los esclavos sanos y fuertes. Pero yo les prometo que se moverán mucho más rápido. No necesitarán un guardia. Y los guardias se convertirán en esclavos también.

Lo haremos de la siguiente forma. Que hoy, antes del atardecer, los heraldos difundan el siguiente decreto del faraón: “Con el amanecer del nuevo día, a todos los esclavos se les concede completa libertad. Por cada piedra entregada en la ciudad, cada persona libre recibirá una moneda. Las monedas podrán intercambiarse por comida, ropa, vivienda, un palacio en la ciudad y la ciudad misma. ¡De ahora en adelante, la gente es libre!”.

Cuando los sacerdotes comprendieron lo que el discurso de Krasios implicaba, uno de ellos, el de mayor edad, dijo:

- Eres un demonio, Krasios. Gracias a ti, muchos pueblos en la tierra se inclinarán ante esta demoniaca idea.

- Entonces déjame ser ese demonio. Y que en el futuro mi creación sea conocida como demonkrasia.

Al atardecer el decreto fue leído a los esclavos. Presos del asombro muchos no durmieron esa noche, pensando en una nueva vida feliz.

A la mañana siguiente, los sacerdotes y el faraón volvieron a subir a la plataforma de la montaña artificial. Lo que vieron fue increíble. Miles de personas, ex esclavos, ahora se movían aprisa llevando las mismas piedras que antes. Bañados en sudor, muchos llevaban de a dos piedras. Los que llevaban de a una piedra, corrían, levantando nubes de polvo. Algunos guardias se habían unido a los ex esclavos y también cargaban piedras. Las personas que ahora se consideraban libres porque fueron despojadas de sus ataduras, intentaban obtener la mayor cantidad de las codiciadas monedas para construir su vida feliz.

Krasios pasó varios meses en su plataforma, observando con satisfacción lo que sucedía abajo.

Y los cambios era colosales. Algunos de los esclavos se agruparon, construyeron carretas y, llenándolas hasta el borde de piedras, sudando a más no poder, las empujaban en dirección a la ciudad.

Son ingeniosos e inventarán aún más cosas, pensó Krasios con satisfacción, ya han aparecido los que prestan servicios: vendedores ambulantes de agua y comida.

Algunos de los esclavos preferían comer sobre la marcha, no queriendo perder el precioso tiempo para ir a las barracas por comida, pagando a los vendedores con las monedas que recibían.

Miren eso: ya tienen sanadores. Curan a los heridos en el camino, también por monedas. Incluso ya tienen quienes regulan el tráfico. Pronto elegirán a sus jefes, jueces. Dejémosles elegir: ellos se consideran libres, pero el fin no ha cambiado, siguen cargando piedras ...

Y así, a través de los milenios, sudando a mares, cargando las pesadas piedras, los descendientes de esos esclavos continúan su carrera sin sentido.

 


AUTOR: Vladimir Merge (https://en.wikipedia.org/wiki/Vladimir_Megre)

Original tomado de: https://pritchi.ru/id_2054

Traducido al español por Evgeny Zhukov

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