La comprapeleas

Esta era una vieja del barrio más brava que un tigre con dolor de muela. Que señora tan brava y tan peleonera, le gustaba tanto buscar líos, meterse en problemas y armar embrollos con todos los vecinos que la llamábamos “La compra peleas” y con eso está dicho todo. Enredo que no le correspondía y la cucha se las ingeniaba para tener participación; como que le fastidiaba que en los conflictos de la gente conocida la dejaran por fuera y hacía hasta lo imposible para involucrarse,  que vaina tan jodida.

Dicen que tuvo marido y lo mató, yo no creo que esa mujer llegue a tanto, más bien lo aburrió y el pobre tipo empacó sus chiros y se largó pa´ otra parte, ¿quién se aguanta una guerra hasta debajo de las cobijas? Por lo menos el suscrito no soportaría una relación de pareja con una enemiga que está dispuesta a la pelea las 24 horas del día y fuera de eso trabaja en líos horas extras. ¡No joda!, si a eso le agregamos la lengua tan afilada y mortal de la señora acabamos de completar el perfil o por lo menos nos aproximamos a un retrato aproximado. Echaba madres a diestra y siniestra y de eso no se salvaba ni Dios; cuando en la vida algo no le funcionaba le arriaba la Madre Santísima al mismísimo Creador del mundo.

Miren un ejemplo: una vecina estaba casada con un muchacho parrandero que los viernes y sábados se quedaba con los compañeros de trabajo en la cantina tomándose unas cervezas hasta altas horas de la madrugada; la pobre joven le comento a “La compra peleas” el caso y le dijo que estaban atrasados en las cuotas del apartamento y comían mal porque la mayor parte del dinero se quedaba en la cantina. ¡Quién dijo miedo! La hijuemadre vieja esperó en silencio una noche de viernes a que el tipo llegara, borracho como todos los fines de semana, y cuando el hombre empezó a luchar con la cerradura y a maldecir porque no podía encontrar el hueco para meter la llave, la vieja pegó el grito:

-          ¡Cállese don escandaloso!

-          ¡A quién le dice eso, vieja pendeja!

-          ¡A usted, gran estúpido! ¿Cree que estas son horas decentes para llegar?

-          ¿Y…hic, a usted que le importa vieja estúpida?

-          Pues ya verá que si me importa gran imbécil...

Y salió de su apartamento y cogió al borrachito de las solapas, lo sacudió como una marioneta y le aplicó una sarta de bofetones que le confundieron las ideas y lo hicieron vomitar, con la música de fondo de los gritos y maldiciones de la peleadora; después lo hizo lavar el piso (así borracho y vomitado) y le encimó una vaciada delante de la mujer que el tipo terminó suplicándole que ya no más. No se sabe si a causa de los golpes o el regaño, lo cierto es que el tipo se ajuició y hasta donde sé nunca volvió a beber. Esta mujer se agarraba hasta con la policía, con las placeras,  los choferes, mejor dicho con cuanto ser humano se le atravesaba. Me equivoqué, no sólo con los humanos, perro que se atravesara en su camino, era can que recibía su patada en el trasero; y los animales como que sabían del talante de la bruja y huían cuando la sentían en la distancia; igual pasaba con los gatos y las palomas del parque. Todos decían que en su casa no existían cucarachas, ratones, pulgas o cualquier plaga porque todos los seres vivos la evitaban. Pero miren que mi Dios sabe como hace sus cosas, el tatequieto llegó de la manera menos esperada y en la persona menos imaginada.

En la esquina del frente abrieron una tiendita, de esas de barrio donde se encuentra de todo y el tendero era un señor como de cincuenta y pico de años, calvo, flaco, desmirriado y con una timidez que lo hacía tartamudear (este defecto le mejoró cuando entró en confianza). Cuando “La compra peleas” entró por primera vez lo miró como a una cagarruta de ratón y vociferó:

-        ¿Quién atiende en este antro?

-         Yyyyyo, señora, pa-pa-pa para servirle, dijo el flacuchento

-          ¿Servirme? ¿Cómo para qué?, según veo no sirve ni para atender este cuchitril, menos para lo que me gustaría que sirviera, gran pendejo.

El pobre escuálido salió con vida esta primera vez pero temblaba en cada visita de la peleona. Nunca supimos como ni cuando entraron en entendimiento este par tan disparejo pero lo cierto es que una mañana la sorpresa fue bien hijuemadre cuando madrugamos a hacer la compra del desayuno y encontramos a la vieja “Compra peleas” detrás del mostrador toda risueña y amable atendiendo a los parroquianos. Nunca pudimos explicarnos la metamorfosis y menos cuando el esmirriado, en días sucesivos ordenaba el desmirriado:

-         ¡Mija, atienda a doña Florina!

-          ¡Oiga mija, mire que don Lolo está esperando que le empaque el mercado!

Y así, en ese tono mandón, y la vieja ni se mosqueaba para responderle con madrazos o golpes como era su costumbre. Todos hacíamos cuentos del milagro hasta cuando  Lucho dio con una repuesta que dimos por acertada para explicar el prodigio de la transformación:

“Lo que pasa es que el tendero es buen polvo y a la cucha lo que le hacía falta era que se la comieran como Dios manda”. Y así se curó la peleona y s e acabaron para siempre los disgustos con esta maldita vieja.

Comentar