La dama del bombillo rojo

PRIMERA PARTE

Era una noche fría de mucho invierno por cierto, entre canciones populares de moda que sonaban sin cesar, las sombras se disolvían sutiles en las coloridas luces de aquella cantina de barrio, lugar social donde las esperanzas se hacen presentes, cuando en la mente de los parroquianos se agolpan las claras soluciones a los problemas personales, surgidos como consecuencia del estrés cotidiano, o en el trabajo o en el mismo hogar.

El cantinero un viejo bonachón con ojos de búho muy afable, desde su puesto de mando detrás de la barra mostrador observaba atento. Su misión atender presto los pedidos, vigilar las cuentas y recibir los pagos, y de vez en cuando salir al paso a depositar sus monedas de "doscientos pesos" en la alcancía de una vieja rocola tragamonedas. Su ardid, colocar melodías de su repertorio, para reanimar a los presentes a seguir consumiendo más licor.

Había dejado de llover. En este lugar colorido rebosante de sentimiento, entre brindis y libaciones prometía ser la noche ideal, para olvidarse de sucesos tristes del pasado con objetividad. Sobredosis, de surtidas melodías del común flotaban. Como "dopaje auditivo" se cernían entre el ambiente, cual efímeras mariposas se enredaban al unísono en los sentimientos de cada quién, que por despecho se encontraba libando en ese lugar. Solo así, al perderse las inhibiciones se puede hablar libremente, y así, al influjo de la palabra humedecida en licor y canciones, se permiten abrir las compuertas de sus almas de par en par, y sacar de ese profundo encierro interior, los amorfos fantasmas de sus vidas, aunque sólo sea momentáneamente y se adquiere una nueva dimensión de la existencia. Pese al frio intenso de la noche a medida, que las horas avanzaban lentas en el viejo reloj de pared, se sentía calor en aquel lugar en cada rincón. La acción de los tragos de aguardiente, ron y cerveza, en algunos comenzaba a surtir sus efectos.

Cuatro amigos bohemios sentados cómodamente en torno de una mesa, en un rincón estaban departiendo alegremente expuestos al efecto contaminante del humo de olorosos cigarrillos. En el ambiente se respiraba un rito de paz y sano esparcimiento que a todos contagiaba. Los cuatro, después de reír fervorosamente por sus chascarrillos contados con doble sentido, hartos de escuchar canciones y canciones, de hablar carreta y tomar licor, con mucha animación uno de los cuatro, con entonado sarcasmo propuso como tema de la noche. - ¡Muchachos! -Hablemos de infidelidad, - más concretamente hablemos de cachos puestos en alguna ocasión a nuestras mujeres. - está bien, dijeron los otros - ¿pero quién empieza? Y al momento, comenzaron en el orden de derecha a izquierda, cada uno a hablar.

Sin tapujos fueron exponiendo con elocuente descaro su promiscua aventura, dejando grajos a los oyentes y perplejos, con cada una de sus aberrantes historias. Después de un buen rato de desahogar con chispa sus negras conciencias, solo faltaba uno de exponer, el turno era para "Ernesto", todos sus compinches esperaban su intervención, por considerarlo del grupo, como el más culto, emocionalmente estable y serio en su manera de hacer y decir las cosas. Por avatares de la vida, en ese momento estaba pasando por una crisis sentimental, ya que cursaba en los juzgados de familia un trámite de separación, por segunda vez. Se levantó de la silla, estirase el cuello como "el hijo de rana" y sorbiendo la copa pletórica de ron, Así comenzó su alocución con entonado acento. Cierta madrugada, cuando corrí las cortinas de la ventana de mi alcoba, que para esa época quedaba en un tercer piso, me dio por mirar hacía la azotea de la casa de enfrente, ¡Eureka! no creía lo que estaban mirando mis ojos, la aparición de una mujer de cara bonita, de larga melena al viento que rauda ondeaba en su espalda. Estaba enfrente semidesnuda a lo largo de la azotea; caminaba descalza colgando ropa en los tendederos de cuerda. Detrás de su bata transparente dejaba ver la figura abultada de sus pechos sin sostén, y un cuerpo puesto sobre su curvilínea cadera en forma de guitarra, seguida de sus cálidas nalgas paradas apenas recubiertas junto con sus partes intimas, por una diminuta prenda tipo tanga vaporosa en forma de un corazón abierto.  De inmediato la desnudé mentalmente, para el placer de mis ojos que se posaron en ella, con deseo a lo largo del desierto triangular pubiano, luego hice un recorrido imaginario desde su ombligo, hasta el confín de los labios mayores de la pelvis de sus genitales. Allí detuve mi fantasía en la hendidura de su vulva, que como una almendra oculta permanecía entre el vello del monte de Venus en medio de sus muslos torneados y blancos de sus largas piernas. En otras palabras, le hice el amor a distancia ¡muchachos! Algo no muy común en la realidad...No puede evitarlo.

Continuará...

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