La oveja que se salvó del tren

 Obdulio era un pastor avezado, enjuto largo y espigado. No tenía estudios, aunque aprendió a leer en la escuela primaria. Contaba con un rebaño de cientoveinticinco ovejas, entre corderos, carneros, madres y alguna que otra cabra. Obdulio se pasaba largas temporadas en la transhumancia, pastoreando por los valles, montes, caminos y Cañadas Reales. En su caminar se encontraba con caminos, cruces, carreteras, pedregales, arroyos, ríos y hasta vías de trenes. En su zurrón no faltaban el queso, el pan y las viandas que  se iba aprovisionando por las poblaciones por donde pasaba. Como había que conservar las tradiciones, cuando pasaba por alguna ciudad por la que atravesaba alguna Cañada Real, le hacían festejos e incluso cortaban el tráfico para que sus ovejas la cruzaran sin problemas. En alguna ocasión que otra, incluso había salido en el noticiario por televisión.

     Conocía a todas y cada una de las ovejas, corderos, carneros y cabras por su nombre: "la machá, la yerbas, la juntá, el bravón,l manoli...", y así una a una; pero había una muy especial, una a la que tenía mucho cariño porque aunque era blanca de lana, la consideraba la oveja negra del rebaño, "la regañá" la llamaba, porque siembre la estaba regañando por su, entre comillas "mala conducta". También le acompañaban dos perros mastines, "Canela y Chiss", cuyos nombre había puesto por el color y por que no dejaba de ladrar y estaba continuamente mandándolo a callar.  

     Obdulio era un hombre creyente, llevaba una biblia y algunos libros de ficción que leía de vez en cuando, para no aburrirse en medio de la nada con sus ovejas. A veces, incluso hablaba con sus ovejas, en particular con "la regañá" que era la que más trabajo le daba.

     La lectura de la Biblia y los libros de ficción que llevaba, le hacía impregnarse de un halo de misterio y de ensoñación. En ocasiones se organizaba conversaciones con supuestos e hipotéticos espíritus y con Dios. Claro que cuando emprendía la marcha, se dejaba de tonterías y se ponía a trabajar. Aunque en ocasiones, a causa de la superstición, evitaba pasar por según qué sitios o incluso pronunciar según qué palabras o números.

     Comía con avidez cuando paraba para comer, no sin antes haber bendecido los alimentos, en ocasiones escaso, que "Dios" le había proporcionado por su santa voluntad, desplegando toda su imaginación para componer una plegaria que, según su entender, le satisfacciera a "Dios" y también a los espíritus. Porque tenía cobntabilizado los espíritus: "los del bosque, los de los arroyos, los de las rocas, los santos protectores de la noche, los de los sueños"; en fin, una lista larga de todos ellos, eso sin contar con los "Santos": "San pascual Bailón", patrón de los pastores; "San Cucufato", si no lo encuentro las partes pudendas te ato. Y así otra lista larga de ellos.

     Ahora vamos a conocer a Carlos: hombre mayor de unos sesenta años, pelo cano y barba al estilo de Papá Noel, aunque no era tan gordo como éste. Había estudiado magisterio, pero como no había cogido plaza, no por que no estudiara ni porque no fuera inteligente, sino porque se presentaba tanta gente que la proporción de pillar plaza era de uno a seiscientos y, claro, la pillaban quienes aportaban puntos por su experiencia. Era el pez que se mordía la cola, no tenía puntos porque no tenía experiencia y, a su vez, no tenía experiencia porque no tenía puntos para pillar plaza. Así que hizo un curso de Maquinista de tren y, ahí lo teníamos, conduciendo trenes.

      Como era inteligente, sabía todo lo que debía saber para conducir uno, incluso, hacía cálculos mentales sobre la velocidad, el tiempo de reacción, la duracióbn del viaje, velocidad constante, velocidad variable, tiempos de frenado y parada total, etc.etc.etc. Así conseguía no aburrirse en sus largos y monótonos trayectos.

      A veces soñaba con una clase llena de niños a los que explicaba toda clase de teorías. Soñaba con explicar todos los fenómenos que ocurrían a su alrededor. 

      Al contrario de nuestro pastor Obdulio, Carlos no creía ni en su sombra. Todo tenía una explicación y, si no era capaz de encontrarla no era porque no la hubieras, sino poque en ese momento no la habían descubierto. Por supuesto que era ateo y lo de los espíritus quedaba relegado para gente con poca personalidad, según su parecer.

       Las vidas de Obdulio y de Carlos pareciesen que iban en sentidos completamente opuestos o paralelos, se podría pensar que nunca se iban a cruzar; pero, cosas del destino, sí que se cruzarían en un hecho que ninguno de los dos olvidaría jamás:

       En cierta ocasión, cuando Obdulio pastoreaba por uno de los muchos valles que atravesaba con su rebaño. Bueno no era uno de tantos al uso, era uno un poco especial, porque a través de ese hermoso valle discurría la vía del tren que unía dos ciudades importantes. Esa parte del trayecto era aproximadamente la mitad de la distancia que había etre una ciudad y otra, por lo que por ese punto, un tren debía alcanzar su máxima velocidad, máxime cuando en ese tramo no había dificultad ni curva que impidiera al vehículo circular al máximo.

       Como siempre "la regañá", la oveja favorita de Obdulio, iba a su aire, separándose del rebaño y pastoreando por donde le venía en gana. El pastor no encontró inconveniente en dejarla pastorear a su aire, pues el valle no presentaba guisos de dificultad, salvo por la vía del tren, que se veía muy tranquila. Tan tranquila se le presentaba la vía del tren, que pensó que quizá no viera ninguno en todo el día.

       Ya era la hora de comer y el pastor andaba descuidado preparándose las viandas para el almuerzo. Ni había reparado que "la regañá" se había separado demasiado y estaba merodeando por las vías del tren.

       Por otro lado, Carlos iba en su máquina del trén muy contento aquel día, porque era la primera vez que hacía ese recorrido y le habían hablado de la preciosidad del valle por el que iba pasar. Estaba deseando llegar al lugar para contemplar la majestuosidad de aquel valle. Incluso hacía cálculos matemáticos para saber cuando iba a llegar, cuanto tiempo iba a tardar y durante cuanto tiempo, según la velocidad, iba a estar atravesando el valle.

       Obdulio, ajeno a todas estas cuentas, ya se encontraba comiendo cuando oyó sonido característico de un tren a su paso por las vías. Fue entonces cuando levantó la cabeza para buscar con la mirada a "la regañá", pues no se fiaba de ella ni un pelo, con razón. El corazón se le escapada del pecho cuando descubrió a lo lejos a su oveja inmóvil encima de las vías del tren. Se había enganchado una pata en las vías. Y al mismo tiempo vio aparecer la máquina del tren por el Oeste, aproximándose a toda velocidad hacia "la regañá". Fue cuando comprendió que no le daba tiempo para llegar hasta ella para salvar la vida de la bóvida, por lo que no dudó en hincarse de rodillas en la hierba e implorar clemencia a "Dios", para su oveja, formulando toda clase de ruegos y oraciones, a la vez que se santiguaba impulsivamente una vez tras otra.

        Carlos al entrar en la curva que daba acceso al extenso valle, observó que había una oveja en la vía a unos tresmilquinientos metros, calculó. Echó cuentas mentalmente, más rápido que una calculadora, y llegó a la conclusión de que, según la velocidad constante que llevava, teniendo en cuenta la distancia que le quedaba hasta llegar al obstáculo y aplicando una fuerza determinada, que calculó mentalmente, a los frenos, podría ser capaz de detener el tren antes de que ocurriera una catástrofe. Y así procedió.

         El tren se detuvo justo un metro antes de "la regaña", para la autoecuanimidad de Carlos y por obra y milagro de Dios según Obdulio.

 

MORALEJA: "Lo que para unos es obra y gracia de la benevolencia divina, para otros puede tener una explicación científica. Lo que verdaderamente es importante es que el resultado es el mismo"

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