La Parca y la Sombra

I

Juan se sentó debajo de aquel frondoso eucalipto, como todos los mediodías, a esperar la llegada de su esposa. A su lado estaba Titán, su fiel compañero, un perro de razas mezcladas que no solo sabía cumplir muy bien con su trabajo de pastor, sino que además parecía disfrutar del cuidado de los borregos. Desde aquel punto podía verse claramente el campo inmenso verde y apenas ondulado. El rebaño contaba algo más de cuatrocientos ejemplares de la raza Corriedale, el cual era el orgullo de Juan y su familia.

Con una mirada a su alrededor, el podía ver sus corderos pastando apaciblemente con el entorno clásico de la campiña uruguaya. Un par de cerritos de piedra quebraban la monotonía de aquella pradera recortada por el monte que bordeaba toda la trayectoria del arroyo Mariscala.

Allí estaba como siempre, en su lugar y su momento favoritos. No tardo mucho en aparecer a lo lejos, sobre el caminito que llevaba hacia la casa, la silueta inconfundible de la volanta conducida por su querida Matilde. Ella llegaba cada día justo a las doce con el almuerzo y lo hacia acompañada de su bebe, Manuelito, de apenas un mes de nacido.

Resulta que el infante había nacido en forma prematura, con muy poco peso, por lo que el medico del pueblo había recomendado no solo una buena alimentación, sino también que lo asolearan un poquito cada día para ayudar en su fortalecimiento. La rutina de cada día para ellos era cumplida en forma casi religiosa. Juan se levantaba muy temprano para ordeñar las tres vacas que proveían la leche, tanto para la familia como para los dos peones de la casa, Hugo y Omar. Luego iba a la cocina a tomar su desayuno y, despidiéndose de su esposa, montaba su caballo y se iba a recorrer las alambradas con los peones.

La faena en el campo es tan ardua como reconfortante, y para Juan, que había nacido y crecido con ella, no era diferente. Revisar los alambrados que delimitaban su propiedad para que los animales no cruzaran a los campos linderos y viceversa, controlar que el rebaño cambie periódicamente de prados para descansar las pasturas, arrear la majada de nuevo a los corrales antes del anochecer, así como todo lo relevante al mantenimiento de las casas en si, eran cosa del diario vivir de aquella familia y sus trabajadores.

Pero para Juan, uno de los momentos más importantes de su rutina, era aquel, cuando tomaba un descanso al mediodía y almorzaba junto a Matilde y Manuelito. Era la oportunidad perfecta para recrear la vista viendo todo aquello que lo hacia feliz; su esposa, siempre tan cariñosa y voluntariosa, su pequeño hijo, que representaba el futuro de su estirpe y su querido campo con su rebaño.

Durante el mes de Agosto, en pleno invierno, las ovejas preñadas comenzaban a parir. Juan sabía que para los corderos recién nacidos, el frío intenso no resulta mayor inconveniente, pues estos animales tienen gran resistencia al mismo. Son las lluvias las que le preocupan, porque de ser estas muy persistentes, los corderos no tienen muchas esperanzas de sobrevivir.

Sin embargo, a este inconveniente, que estaba dentro de las complicaciones previstas dentro de la normal crianza de ovinos, ahora se sumaba una nueva amenaza. Unos días atrás, Juan cabalgaba junto a Omar cerca de uno de los cerritos de piedra, cuando descubrieron algo inquietante. Sobre un viejo y blanquecino árbol muerto, había una gran cantidad de ramas secas formando un enorme y alargado nido. Titán se puso a ladrar en forma muy insistente hasta que fue interrumpido;-volvieron- dijo Omar.-así parece- replico Juan frunciendo la frente y tornando la mirada hacia el cielo.-hay que estar alerta, voy a mantener la escopeta lista…Eran la Parca y la Sombra, como ellos mismos habían bautizado a dos enormes águilas que solían acechar los corderos recién nacidos, dando vueltas en círculos desde la altura.

Una vez, en el invierno anterior, Juan observo toda la estrategia de las rapaces para cazar a su presa, mientras se mantuvo escondido para no ser advertido por las mismas.

La Parca se tomo todo el tiempo necesario observando la majada, hasta que aprovechando el descuido, se dejo caer en picada y con sus poderosas garras, capturo un borrego y lo elevo a gran altura para luego dejarlo caer sobre un cerro de piedra. El pequeño cordero despedazado, fue llevado enseguida hasta su nido y devorado dejando solo sus huesos y su lanudo cuero.

Muchas veces durante las fiestas criollas en las que los gauchos de varias estancias de la zona se reunían a marcar animales y otras faenas, se había comentado sobre la inusual forma en que las águilas cazaban corderos. Pero la incredulidad de la mayoría era evidente, pues no habían tenido nunca la oportunidad de presenciar dicha actividad.

II

Una mañana, Matilde amaneció algo enferma y Juan noto que estaba afiebrada, por lo que decidió quedarse para hacerle compañía mientras Omar y Hugo salían a recorrer el campo.

Seguramente se trataba de un fuerte resfriado, pero El prefirió estar allí para atenderlos a ella y a Manuelito. Cerca de las once de la mañana Matilde quedo completamente dormida.

El hombre escribió una nota en la que decía:

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