Mujeres en el barro

Mariza la coqueta, Raquel la machorra, Sandra la estilista, Juanita la extrovertida y otra docena de mujeres con nombres llamativos conformaban la cuerda de luchadoras en el fango del exclusivo Club “El 7 Machos”. Todas eran jóvenes, bonitas y la mayoría  provenientes de la pobreza extrema; por eso, para superarse y alcanzar sus sueños de progreso, en lugar de vender sus cuerpos a cualquier pendejo que tuviera con qué pagar la tarifa, pues preferían exhibirlo en ese espectáculo llamado lucha libre en el fango.

El noventa por ciento del público era masculino, el otro diez del porcentaje estaba conformado por mujeres fanáticas de Sofía la lesbiana, la estrella máxima del espectáculo.  Para los varones lo importante no era la lucha, para nada; iban de mirones de cuerpos, esos cuerpos brillantes de aceite y atractivos debajo de esas leves telas que se corrían en el fragor de la lucha y dejaban ver por fracciones de segundo las partes ocultas. Las mujeres deseaban a Sofía; como su apodo lo indicaba, gustaba de la piel dulce de sus compañeras de género y detestaba la compañía masculina. Se exhibía en estos escenarios porque su salario superaba en más del doble la mejor paga de sus rivales; su fama había trascendido los límites de la pequeña ciudad, del estado y ya la solicitaban de las principales ciudades de la república.

Sofía era una pueblerina con sueños de grandeza. Recién llegada esto no le importaba pero ahora sí. En su pueblo se hizo famosa por sacar las mejores calificaciones durante la primaria y la secundaria y por haberle roto la boca a todos los varones que intentaron sobrepasarse con ella en alguno de los incontables bailes. Nadie se explicaba cómo ni por qué una mujer tan atractiva podía rechazar a cuanto macho se le presentara, rechazó los mejores partidos del poblado y sus alrededores y jamás, dejó en evidencia a Eloísa, el amor de sus amores durante todo el tiempo que permaneció en el municipio.  En verdad no salió para la ciudad a buscar nuevos horizontes, lo hizo por despecho amoroso. Eloísa le confesó su amor por Abelardo, el joven médico que llegó al Centro de Salud y ella, sin contestar una palabra, le dijo adiós con la mano.

Para su amada los abrazos y los besos que intercambiaron en tardes eternas sólo habían sido ensayos adolescentes; para ella eran amor, puro y físico amor y, al darse cuenta de la verdad de los sentimientos de su adorada, no quiso dar ni pedir explicaciones. Echó sus pocas pertenencias en un maletín viejo de uno de sus ocho hermanos varones, todos mayores que ella, tomó en calidad de préstamo una cantidad apreciable del dinero que guardaba la familia, para posibles eventualidades, dentro de un tarro de galletas, y salió sin decir nada en un amanecer cálido y con el acompañamiento del trinar de pájaros y el canto de los gallos madrugadores, rumbo a la ciudad capital que no era la meta de sus sueños, para qué, si estos estaban rotos en millones de fragmentos.

El dinero le alcanzó para ubicarse: Una pequeña pieza con todos los servicios en un barrio de clase media. Para recorrer cientos de posibilidades de empleo: mesera, recepcionista, mensajera, sirvienta, aseadora, lavaplatos, niñera… todos con mucho trabajo y poca plata. Desempeñó algunos para no quedar inope y mientras tenía reservas de dinero continuaba la búsqueda. El destino la llevó por una zona de bares, tabernas, cafés-concierto y toda la gama de establecimientos nocturnos  con una completa variedad de ofertas para llenar los gustos más exigentes de los noctámbulos capitalinos. Entró a pedir empleo en varios y salió corriendo de la mayoría; tras de la fachada de espectáculo se escondía una oferta sexual variada y variopinta y eso no era lo que buscaba. Había decidido abandonar el sector cuando un enorme afiche sobre un muro le llamó la atención: Luchadoras en el fango… decía, el resto no lo leyó, entró decidida en el local.

Sofía descubrió los encantos femeninos al extremo con la administradora del primer local donde luchó; durante la entrevista la dueña del local no dejó de mirarle el escote y las piernas con mirada experta, no con esa mirada lasciva de los varones sino con la valoración que suele dar un conocedor de especies animales. La otra no la escuchaba, estaba sopesando sus posibilidades en esos enfrentamientos cuerpo a cuerpo durante los cuales es más lo que se muestra que lo que se esconde y que el barro se encarga de camuflar. La otra le pidió que se desvistiera y cuando ella se iba a despojar de todas sus prendas la frenó, le dijo “Tranquila hija, solo quería verte  de cuerpo entero; creo que sirves, ¿Alguna vez has luchado? Ante la negativa la mujer se ofreció a enseñarle en jornadas particulares que se extendieron durante noches enteras que empezaban por los rudimentos de este tipo de combate y terminaban en un encuentro amoroso. Con ella olvidó a Eloísa y fue su entrenadora quien le sugirió el alias que llevaría con orgullo por todos los sitios nocturnos.

Al comienzo de su carrera lo tomó tan en serio que lastimó a sus contendoras en los primeros enfrentamientos. Tuvieron que explicarle hasta el cansancio que no se trataba de ganar, ni mucho menos, la idea era que la lucha durara bastante tiempo para el goce de los espectadores y, si era el caso, si algún mirón se entrometía demasiado, pues que lo zamparan entre el barro y le dieran su buena revolcada. Esta última parte le agradó más y jamás faltó un varón revuelto con los dos cuerpos femeninos en contienda cuando luchaba Sofía la lesbiana.

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