Nicolás donde Gladys

Mi amigo Nicolás (a quien llamábamos Colacho), no tomaba con mucha frecuencia pero, cuando lo hacía, siempre dejaba alguna historia para que en los días siguientes nos burláramos de él… eso no era sólo con este muchacho; nadie se escapaba de las burlas y bromas de escarnio en toda la semana siguiente a las borracheras, y es que no era el único que la embarraba con tragos, todos teníamos nuestras cuentas pendientes con la justicia conformada por el tribunal de muchachos escandalosos del barrio de mi juventud.

El mismo Colacho estaba de novio con Gladis M, en uno de esos enamoramientos que lo ponen a uno a volar y lo malo es que el pobre chico no era correspondido. En una de esas borracheras adolescentes se le alborotó el amor a eso de las nueve de la noche, hora poco usual para visitas en esos lejanos años. El pobre muchacho con los ojos llenos de lágrimas nos dijo:

- Hermanitos, yo amo a Gladys por encima de todas las cosas del mundo.

- Uuuuy, nosotros no sabíamos.

- Y me gustaría verla hermanitos… pero ya.

- Si quiere lo llevamos Colachito.

- ¿En serio hermanitos?...ustedes son mis mejores amigos.

Y nosotros, sólo por presenciar el show, porque la suegrita no lo podía ver ni en pintura, decidimos llevarlo hasta donde la niña de sus amores. El pobre chico que ya casi ni se acordaba como se llamaba; lo llevamos prácticamente alzado entre dos, como se hace en estos casos; el borracho en la mitad con los brazos en cruz sobre los hombros de sus amigos; les juro que iba dormido y así llegamos donde Gladys.

Mire a Ricardo como preguntándole que hacer y el dijo:

- Oiga hermano yo no me dejo ver de esa vieja.

- Yo tampoco, que pena con Nicolás pero que la cague él solo, respondí.

Lo cierto es que lo paramos frente a la puerta con las piernas un poco abiertas y la frente contra la tabla, después para hacerle completo el favor, timbramos como cinco veces seguidas y corrimos hasta la esquina para observar desde lejitos el espectáculo y el desenlace. Y, preciso, abrió la fiera de su suegrilla, y claro, nuestro amigo cayó rendido a sus pies y se reventó las narices contra el suelo. La suegra pegó un grito y salió Gladys con la hermana mayor a ver qué pasaba; cuando le dieron la vuelta al cuerpo que estaba en el suelo y vieron quien era, pensaron al ver la sangre que alguien lo había herido y lo había dejado ahí, de inmediato llamaron a la policía y lo llevaron al hospital mientras nosotros nos toteábamos de la risa. La preocupación se les pasó cuando detectaron el tufo de todo el trago que se había tomado Nicolás y la niña, que de todas maneras no lo quería, lo mando definitivamente para la quinta porra.

De mi libro HISTORIAS EBRIAS.

Edgar Tarazona Ángel
http://edgarosiris310.blogspot.com  

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