La losa del gigantismo

 

La losa del gigantismo.

Cuando Gulliver apareció por tierras de Liliput, nuestras vidas cambiaron a peor. Cubrir las necesidades alimenticias del gigante ocupó los recursos, voluntades y energías de la nación entera. Su sed de vino vaciaba nuestras bodegas para comprometer futuras vendimias, su hambre esquilmaba nuestros rebaños, eliminaba nuestros gallineros, erradicaba las existencias de huevo, leche y mantequilla. Las vidas de toda la población se encontraban hipotecadas por el pálpito de un corazón descomunal, por el fuelle de unos pulmones cuya potencia equivalía a la roseta de todos los vientos locales, por los andares de una torre ambulante de interminables pies de altura.

Dicha hipoteca generaba unos intereses cada día más difíciles de revertir hacia el banco central en que se había convertido el enorme corpachón de Gulliver. Pronto surgió la necesidad de deshacernos del gigante con el expeditivo método de envenenar las viandas con las cuales apaciguábamos su tremendo apetito. La voz autorizada del consejero real nos lo impidió:

—¡Insensatos! Su desplome arrasará con todas las viviendas, cultivos y haciendas que se encuentren a sus pies, así como con toda la gente de alrededor. Además, ¿habéis pensado que vais a hacer con el cadáver en descomposición? La fetidez será tal, la insalubridad de la putrefacción será de tal magnitud que deberéis abandonar el reino para emigrar al país vecino. Es demasiado grande para dejarlo caer.