PESADILLA

PESADILLA

Fue un sueño que ocupó toda la noche. Era en la sala de su casa, estaban de visita los parientes que su padre odiaba tanto. La nena tembló, sintió que su cabeza se desvanecía, cuando lo vio llegar por el jardín. El resto lo notó también, el primo político se escondió tras las cortinas, las primas desaparecieron por las puertas. La nena había quedado de pie en medio del enorme salón, en medio de los muebles gigantes, tan gigantes que no podía ni subirse a ellos, bajo las lámparas de gotas de cristal que parecían caer y aplastarla. La madre volvió a la sala, después de ocultar las evidencias, se había repintado los labios para disimular su palidez, esperaba en una esquina. Hubiera querido dejar de torcerse los dedos y mostrar naturalidad, en cambio aturdía a la niña y se aturdía ella misma al dar un sinnúmero de indicaciones para que el padre no se entere, “cuidado con estar diciendo algo, si tu papá te pregunta hemos pasado solas, esconde el regalo que te trajeron”. La nena a los cuatro años ya había aprendido a defenderse, de modo que ignoraba lo que en ese momento la madre le decía.

          Papá entró por la puerta principal, serio y sin saludar. Como un sabueso que rastrea la zona sospechosa, recorrió el lugar con la mirada e impasible preguntó con un grito: “¡¿Dónde están?!” Ya no se molestó en escuchar una respuesta. La madre no se movía de su sitio ni la nena tampoco. Ellas vieron como se fue a la cocina y regresó con un par de cuchillos largos, largotes, de su tamaño, así de largos. La niña no pudo contener las ganas de orinar, el liquido caliente bajó por las piernitas, recorría el piso, empapaba la alfombra y salpicaba con un chasquido a las pisadas de su padre.

          El padre se metió tras las cortinas, ellas no supieron cuanto tardó, cuando salió los cuchillos chorreaban sangre y ésta en el piso se mezclaba con el orine. Fue hasta la cocina y la nena sollozando, lo vio lavar los cuchillos con esponja y con jabón.

Entonces un grito despertó a la niña, se encontró a los pies de la cama de sus padres, ellos dos peleaban y se rugían entre sí, la niña continuó despierta el llanto de sus sueños. De pronto ellos dejaron de reñir, se sentaron, sorprendidos y preocupados preguntaron a la nena el motivo de sus lágrimas. Ella dijo que no era nada, ellos sonrieron a la fuerza y cómplices por aparentar armonía asintieron con los ojos. “Ah no era nada, solo un mal sueño, nada más. A ver demos tres nalgadas a la nena para que se le pase el susto”. Y otra vez la niña sintió que el techo se le caía encima, que las paredes se cerraban por los lados, que todo se ponía oscuro. “No es nada”, repitió angustiada, mientras pensaba cómo se levantaría sin que se note, que una vez más, había mojado la cama.   

 

INDIRA CÓRDOBA ALBERCA

 

 

Diosas en el fuego EL ÁNGEL EDITOR 2007

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