¡Pobre viejita!

En toda comunidad humana se encuentran los diferentes tipos de caracteres y personalidades. Entre los adolescentes  las diferencias son más notorias por una razón muy sencilla: no se preocupan por ocultar sus defectos ni por destacar sus virtudes, ¿para qué? De eso se encargan sus compinches o sus enemigos.

En mi barrio a los niñitos de papi y mami los discriminábamos a lo bestia, ni el saludo merecían y lo que más nos llenaba de rabia era que nos los refregaban por la cara a todas horas, como ejemplos a seguir, como modelos de cómo deberían ser todos los muchachos y todas esas carajadas que se inventan los mayores para hacerlo sentir a uno como una mierda.

En mi barrio casi todos, con pocas excepciones, éramos unos demonios, según la opinión de todos los veteranos (que según nuestra forma de ver la vida eran todos los mayores de 18 años), incluidos nuestros hermanos mayores. Todos teníamos frecuentes llamados de atención en el colegio y bajas en las notas de conducta y disciplina y, por derecha, a la mamá de uno le tocaba presentarse a chillarle al rector para evitar la cancelación de la matrícula. A mi nunca me expulsaron porque mi madre lloraba con un sentimiento que me hacía berrear a mi también  pero qué, por la tarde en el barrio ya se me habían olvidado las promesas y con el grupo salíamos a buscar lo que nunca habíamos perdido.

Mi casa era grande, apenas para las quince personas que la habitábamos: mis padres, los once muchachos que éramos sus hijos, la señora del servicio doméstico y mi bella abuelita. La que me consentía y con sus mimos no permitía que me enderezaran a palo, como era la costumbre; ¡Ay! De que mi padre o mi madre trataran de alzar la mano castigadora contra mí, les llovían rayos y centellas que brotaban de la anciana como una cascada de maldiciones sin fin, eso me torció la niñez hasta cierto punto porque como dicen los campesinos: “Dios sabe cómo hace sus cosas”. La casa queda en una esquina, con entrada por el frente y por el lado; el frente para los mayores y las visitas importantes y la puertica lateral para nosotros y la caterva de amigos.

Mi abuelita se sentaba por las tardes a leer y observar por la ventana los sucesos de la calle y sus habitantes, la ventana principal que está en el frente de la casa, claro. La viejita era curiosa, chismocita pero de una clase rara, no intercambiaba murmuraciones con nadie, pero los de la casa estábamos enterados de todo lo del barrio porque entablaba unos monólogos interminables durante los cuales contaba todo lo que veía por su ventana y oía por la radio.  Y era brava, pero bien brava y arrevolverada, todos le tenían respeto o miedo o ambas cosas.

La anciana provenía de una de las regiones más golpeadas por la violencia y se acostumbró a sobrevivir por encima de lo que fuera; así que no le comía cuento sino a Dios y si había que alegar alegaba y de pelear, no creo, porque ya los años no la dejaban pero si  la oportunidad se presentara lo haría. Bueno, dos de los muchachos con fama de matasiete  y matones decidieron una tarde darle un susto a la viejecita. Omar y Ricardo estaban en el parque echados en el césped y dijeron:

-         ¡Qué aburrimiento tan hijuemadre!, ¿no le parece Omar?

-         Si mi hermano, dijo Ricardo.

-         Pero, ¿Qué diablos hacemos?

-         Amarguémosle la vida a alguien.

-         ¿Si, A quién?

-         A la viejita Amalia.

-         No jodas, esa catana es muy violenta.

-         Ahí está la gracia pendejo, joder al que se deja no tiene gracia, además, le aseguro que de pegarnos una insultada bien hijuemadre la cucha no pasa.

-         ¿Me lo jura?

-         Yo no juro, marica, pero se arriesga o no se arriesga.

-         Para las que sean mano, pero ¿cómo?

Los dos pichones de delincuentes juveniles decidieron ir a sus casas a disfrazarse con abrigo, sombrero y antifaz; armarse con sendas pistolas de juguete de esas que imitan las reales a la perfección y esperaron que oscureciera. Entraron al antejardín de mi casa agachados y se acomodaron en cuclillas debajo del ventanal. Esperaron a que la viejita se acomodara a leer y de sorpresa se asomaron por la ventana encañonándola con sus tremendas armas. La anciana pegó un grito de terror, se paró de su silla y corrió al interior de la casa, al patio de atrás, donde se armó con una tabla de buena consistencia y tamaño. Salió por la puerta lateral y… Ricardo y Omar cometieron un error, sólo uno: cuando vieron el susto de mi abuela la risa los sembró en su sitio y se quedaron celebrando en medio de abrazos y carcajadas hasta caer rodando en el piso en medio de risotadas de triunfo, que no les duró mucho. La anciana dio la vuelta a la casa y se les apareció de repente, en medio de su alegría ellos no la sintieron pero si sintieron la andanada de garrotazos y de insultos que les llovió sin piedad. Cuando, por fin, mi abuela se cansó de darles y se ahogó de hablar a gritos ellos se descubrieron y le pidieron perdón de rodillas.

-         Señora Lela (así le decíamos), perdónenos y le juramos no volverlo a hacer.

-         Nooo, tranquilos, vuelvan a hacerlo que yo les doy la bendición con mi garrote.

De ese coraje era ella. Los dos criminales frustrados se alejaron cojeando, sobándose los puntos adoloridos y humillados por lo que acababa de ocurrir. Ninguno de los dos se atrevía a decir nada pero tenían un pensamiento en común. Fue Ricardo el que resumió el sentimiento cuando dijo:

-         ¿Sabe que Omar?

-         ¿Qué?, contestó tembloroso.

-         Nunca volvamos a asustar a esta pobre vieja.

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