Una señal del más allá (IV)

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Como no se trataba de volverse psicóticos con la idea del más allá, ni con el mundo de las cargas laborales, Adriana y Emilio se deleitaban con las bondades que la vida les brindaba. Gozaban lo espiritual y lo mundano, más tal vez lo terrenal, por tener una duración pasajera y un final inapelable. Satisficieron sus sentidos sin timidez y con derroche, de tal forma que esta vida no les debiera nada.

“Aquí disfruto tu cuerpo, allá disfrutaré tu espíritu. No imagino dos almas copulando. Hasta grotesco resulta el espectáculo. Por eso los cuerpos para buscar intimidad se ocultan. Normal en este mundo, pero creo que en esa excelsitud, en cambio, las manifestaciones del amor serán más pudorosas. Habrán de ser inigualables, habrán de ser auténticas, habrán de ser irreprochables. Sin absurdas posesiones, sin celos ni egoísmos, sin imposiciones de fidelidad, porque será el amor universal. Ya sabes que la fidelidad, aunque con cara de virtud, es más un vicio.  Un vicio con que a mi voluntad someto a quien me quiere”.

Que todo en el más allá fuera perfecto le parecía a Adriana razonable. Podría ser que los amores egoístas -seudoamores- no existieran, y que todas las almas se quisieran. Lo que no era especulación, y le constaba, era que Emilio era coherente con sus críticas a los celos y a la fidelidad. La amaba, la trataba con ternura, la consentía, la disfrutaba, desprevenidamente, sin admitir sospechas, sin demandar exclusividad alguna. Sin pensar de qué proporción de su corazón era su dueño, Y ella correspondía: lo hacía sentirse libre y a la vez amado. De la única que temía se lo llevara era la muerte. Y aun así, aunque sin las elucubraciones de su amado, sentía tranquilidad ante la parca. “Será un hasta luego, mientras volvemos a encontrarnos”, vaya uno a saber con qué certeza, lo aseguraba Emilio. Pero obraba la gracia de la tranquilidad que todos anhelamos.

Con el tiempo la arrolladora personalidad de Emilio terminó por absorber la de su amante. Adriana se compenetró tanto con su pensamiento, que nunca más oso criticar los aparentes descuidos con su salud y con cuerpo. Entendió que todo su comportamiento era producto de una filosofía muy bien argumentada. Ella sabía que Emilio partiría primero, pero no la afligía el dolor que le debiera provocar su ausencia. Cierta o no, tanta especulación con  la muerte los había familiarizado con el más allá. Gracias a ella le habían quitado a la muerte su significado trágico y le habían conferido un aire esperanzador y triunfalista. Pero mucho trecho podría haber entre la realidad y los anhelos.

Continuará.

Luis María Murillo Sarmiento MD
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