Vértigo

Caminaba por la senda que discurría alrededor de la montaña, dispuesto a llegar al templo de la Diosa para que hiciera caso de mis súplicas, sin embargo no pensaba en ella, decían que debía realizar mi peregrinaje pensando siempre en el rostro gélido y atormentado de la Diosa, debía de pensar y orar a ella para que me sean escuchadas mis peticiones y si lo hacía con fervor, seguramente aquellas peticiones escuchadas serían concedidas.
Sin embargo yo no lo hacía, simplemente caminaba en silencio, aterrado por el hecho de estar casi caminando sobre el vacío, con el viento que se hacía borrasca al chocar contra los flancos de la montaña y que parecía querer lanzarte al vacío. El sendero tenía el ancho de mi cuerpo, la senda el ancho de mis pies. Camino todo desgastado por los millares de pasos caminados en él, en constante fricción con los caminantes y peregrinos.
Yo intentaba rezar, orar, pensar, suplicar a la Diosa que se apiadase de mi y me permitiera llegar hasta ella para solicitarle sus favores, mas no podía hacerlo, lo único que llenaba mis pensamientos eran los espectaculares barrancos que se cortaban a unos centímetros de mi, aferrado siempre a la rala y resquebrajada vegetación que florecía sobre la montaña. Los pasos de aquellos que venían tras mío me empujaban a seguir adelante sin misericordia.
He visto ya caer tres cuerpos por el acantilado y otros gritos que parecían llegar de allí donde la curva del sendero da vuelta a la montaña y la espiral se acerca al templo.
El día va cayendo inmisericorde, mis manos rasgadas y rotas por el constante agarre a aquellas ramas que a veces tienen espinos, mi ropa está toda llena de tierra, mi garganta se reseca mas por el miedo que por la sed, pero ésta también golpea, no debe subirse con mucha carga porque el camino es dificil y largo, además de contínuo, nadie descansa, porque no queda espacio para descansar, aquellos que llegan empujan a los de adelante en una cadena que termina solo en la puerta del templo (al menos espero creerlo así).
El caminar primero al quemante sol, luego a la fría sombra (cuando la espiral del sendero nos lleva al otro lado de la montaña), resistir el viendo casi huracanado que a veces baja de la cumbre, soportar el dolor creciente del cuerpo que se cansa, de las manos rotas, del espíritu aterrado, de la conciencia sufrida y de las urgencias de la vida, debería ser suficiente pago para la Diosa, pero no, se debe ir rezando un canto monocorde y cansino que aturde el pensamiento, a veces lo he seguido, tratando de acordarme el contenido del texto, pero no lo consigo, la visión del siguiente acantilado, de un paso mal dado y de una caída atroz me impiden siquiera pensar en otra cosa que no sea mirar el camino.
Es increible lo atiborrado que está el sendero, el siguiente antes de mi está solo a un poco mas de un metro delante mío y el que me sigue a veces me empuja con los brazos para equilibrarse, ¿cuantos somos?, ¿cuantos cientos?, ¿cuantos miles?, es imposible imaginarlo, el viaje dura casi veinte horas de constante caminata, veinte horas de una espiral que parte del valle y llega hasta la cumbre de la montaña sagrada, veinte horas de una file interminable de peregrinos. Por eso pensar en cuántos somos se me hace imposible.
Las caídas son frecuentes, los escarpados acantilados que hacen de la montaña una extraña torre cortan y mutilan a los que no pudieron aguantar el viaje antes de que estos lleguen a tocar el suelo, es un viaje sin retorno, el visitar a la Diosa y aún así el camino nunca está vacío.
Hace poco cayó el peregrino que iba delante mío, quien sabe en lo que estaba pensando, lo vi pisar un montículo de piedras que mejor debería haber evitado, el montículo lo desequilibró y se fue de costado, intetó aferrarse del que tenía delante suyo pero el otro se hizo a un lado porque sabía que lo arrastraría con él. Aún escucho el eco de su agustiado y único grito mientras inició la caída, luego un golpe brusco lo silenció.
Muchos se aferran a la pared de la montaña cuando escuchan el grito acercarse y el pánico se apodera de todos porque alguien que cae puede llevarse a varios que están debajo en el trayecto de su caída, pero casi no sucede mucho (por lo que veo), los cuerpos parecen rebotar en la montaña y las manos de los otros impulsan al caído antes de que pueda detenerse.
Yo pienso mas en el camino que en la Diosa, mas en el siguiente paso que en los favores que pienso pedirle, mas en aferrarme para que el viento no me traicione que en el monocorde canto que aturde los sentidos que uso para continuar. Pienso mas en mi que en la Diosa.
La espiral va haciendose mas pequeña, el sol se oculta, las sombras caen, el terror me invade ¿como haré para ver el sendero?, no lo se, y me aterra, respiro como un loco tratando de alejar la mente de esas ideas, pero no puedo.
El canto sigue, delante y tras mio, el canto sigue, la noche a caído.
Mis pasos se hacen furtivos, a momentos trato de aferrarme de quien está delante mío, pero él no me lo permite, la desesperación me invade, la noche se cierra, el camino se pierde, mis ojos se ciegan, el canto sigue.
No voy a lograrlo, no veo nada, no van a ayudarme, mejor para ellos si caigo, habrá mas espacio para poder sujertase y no caer ellos en el vacío. Imagino el acantilado que he visto miles de veces hoy en cada paso que he dado, recuerdo los cuerpos de los que caían, escucho el grito del que cayó estando cerca mío y no alcanzo a ver el camino, no hay estrellas, la luna no ha salido aún, me aferro a las ramas, trato de caminar mas lento, pero de atras me empujan sin misericordia, grito, pero no me hacen caso, lo sé, seguiran empujando pues no les importa, ellos seguirán caminando y yo caeré.
Tengo que apresurarme, practimente camino pecho a tierra en la pared de la montaña, raspando mis ropas, raspando mi cuerpo, alejándome de la cornisa del sendero que se que está al borde de mi siguiente paso. He comenzado a odiar a la Diosa.
Otro ruido, otro grito, y esta vez se unen otros gritos al primero, a caido uno y se ha llevado a otros consigo, escucho nuevos gritos mas abajo, muchos, demasiados... en el día se veía por donde caían, y quién caía, en la noche la lotería de la muerte se ha llevado quien sabe a cuantos y seguro seré el próximo.
El canto sigue, como si no les importara la sombra y la oscuridad, los recientes gritos, el vacío que amenaza, el cansancio que agobia, la angustia que mata, para los demás el canto sigue.
No aguanto mas, voy a rendirme, no veo el camino, no distingo mi siguiente paso, la nueva cadena de gritos me ha enloquecido, ha caido el que estaba detrás mío y ha estado a punto de arrastrarme, me quedo quieto, esperando el siguiente empujón que recibiré para pensar que no ha sido mi culpa. Cierro los ojos y me concentro en el canto odioso que no para, que no cesa, que se hace mas fuerte...
De pronto la montaña me habla, entre el terror de quien por detrás va a darme el boleto de salida escucho el canto odioso y la pared le responde como un vago eco, como una señal, como una guía, suave, imperceptible, sutíl, impersonal, pero lo escucho. Canto yo también y el eco de la montaña me responde, la pared me habla y me dice por donde, giro la cabeza y la voz se aleja o se acerca, he comenzado a hablar con la montaña y ella me guía poco a poco.
La espiral se hace mas chica, el canto suena mas fuerte, es abrumador, no solo de los que vamos llegando, sino también de aquellos que suben,el viento trae el sonido como un mar embravecido desde el fondo del abismo.
El templo está cerca, solo son unas vueltas mas en la espiral y luego el templo.
El cuerpo me tiembla de cansancio y miedo, aun está en mi la visión del acantilado, sin embargo veo luces parpadeantes mas adelante, unas antorchas que iluminan el último camino, la entrada al templo, la entrada por el estrecho puente hasta el templo.
El puente es un delgado y sinuoso camino donde solo cabe uno. El terror me invade nuevamente, hay que cruzar el sendero mientras el viento te zarandea, acabo de verlo..., me toca cruzar a mi, el canto solo resuena alrededor, viene de atrás y de abajo, ya no se canta al cruzar el sendero. Un paso, dos, tres... el viento, la luz y un razo que ilumina el cielo y abre las fauces del infierno que me rodea, los peñascos escarpados del hueco donde el sendero que cruzo solo es una brizna de hierba... lo he visto y me ha llamado, he visto el rostro de la Diosa en esa boca perpetua de hambre que espera engullirte aún en el umbral de la victoria...
El viento me golpea, otro rayo alumbra y el trueno retumba, el vértigo me aprisiona, me jala, se apodera de mi y me vence.
Caigo...
Solo soy una brizna de hierba, una hoja al viento, ni siquiera grito... para qué... lo he aceptado.

Comentar