Humanización y salud (Consideraciones de un protagonista)

INTRODUCCIÓN 

Protagonista y testigo de más de tres décadas de nuestra medicina, cuento para mis reflexiones con el privilegio de haber visto desde primera fila sus transformaciones profundas e impensadas, y con el abatimiento y las satisfacciones que se sienten al ejercer el noble arte de aliviar y de curar. 

La humanidad, cuestión que me impacienta, no es menos que los avances científicos y tecnológicos de nuestras profesiones, es el norte de una ciencia que existe en la medida en que ve padecer al hombre enfermo. Tal vez en otros campos quiera el científico rivalizar con Dios y construir, de pronto, un altar a su soberbia; en éste, su aliento debe ser humilde, benigno y compasivo. 

Enfrascado en el examen de la bondad en el ejercicio de la labor asistencial, dejaré en las próximas líneas mis consideraciones, y algo, también, de la fructífera lectura de autores como Diego Gracia, Fernando Sánchez Torres, José Alberto Mainetti, Pablo Arango y otros más mencionados en la bibliografía, que ayudan a iluminar el pensamiento en el extenso mundo de la bioética y la medicina.

¿QUÉ ES HUMANIDAD?  

La humanidad es un término de ambiguas acepciones, tan incierto como la condición humana. “Errare humanun est” -humano es equivocarse- afirma la sentencia. Y por humano se agravia, pero por humano se sufre, por humano se injuria, pero por humano se consuela. Esa aparente contradicción del vocablo, resume en últimas, con precisión, al hombre. 

La humanidad, es un fruto particular de nuestra especie; así se conjetura. Un logro propio de seres racionales, de entes con libre albedrío y con conciencia. Ante ese axioma no cabe esperar comportamiento semejante de los animales, pero sí de los hombres hacia ellos. No obstante la razón flaquea cuando la mascota mima al amo, y el amo –en esencia racional-  procede con toda crueldad contra los animales. Imagen surrealista se arruina toda argumentación sobre la superioridad de la razón humana.  Pero porque el hombre es humano es posible humanizarlo.

La humanidad es a la luz del diccionario la compasión de las desgracias de nuestros semejantes, y en ese sentido ha de entenderse a lo largo del presente escrito. La humanización aspira a que las personas hagan el bien, que se sintonicen los hombres con la bondad y con las buenas maneras. Hacerlos benignos es humanizarlos. En su transformación el bien y el mal, eterno conflicto de la naturaleza humana se resuelve a favor del débil, del necesitado, del que sufre, del que siente; de todo aquel sensible a nuestros actos: en potencia todo ser humano.  Y aunque la humanidad abraza el bien y reprueba las acciones malas, paradójicamente también comprende al infractor, incluso lo perdona. 

HUMANIDAD, HUMANISMO Y DESHUMANIZACIÓN

El sentido humano del comportamiento tiene un fundamento racional, pero también afectivo. Puede proceder de diversas corrientes filosóficas, pero también de la sensibilidad per se. Es tan universal que tiene raíces en el humanismo -movimiento antropocéntrico-, como en las filosofías teocéntricas.

El hombre, bien como centro, bien como satélite, en las diferentes doctrinas, suele ser objeto de compasión. Razonado y convertido en doctrina, como expresión menos reflexiva, o como manifestación personal, el sentimiento humanitario corre paralelo a la historia del hombre, porque la humanidad es una característica de nuestra especie. No se espera caridad de un animal irracional. La preocupación por el débil, por el afligido, por el enfermo es universal. Con toda razón ese sentimiento está presente en el surgimiento de las ciencias médicas.   

Las filosofías antropocéntricas con su discurso sobre la dignidad humana, y las doctrinas teocéntricas con la prédica del amor hacia los semejantes como precepto divino, tuvieron papel preponderante en el alivio de los males terrenales. Muchos siglos antes de Cristo los templos fueron albergue de enfermos y desamparados. Y ni qué decir de la edad media en que las órdenes religiosas se dieron al cuidado del enfermo y a la creación de hospicios y hospitales. Ni la interpretación del sufrimiento como manifestación de pecado contuvo la piedad por los dolientes. 

Llama en cambio la atención que la maquinización y la producción a gran escala, a diferencia de los movimientos intelectuales, filosóficos y religiosos, suele alejar al hombre del sentimiento humanitario. Ejemplo de ello pueden ser la revolución industrial –de inobjetables beneficios- y, en nuestros días, la obsesión por la productividad sin tregua que se cuela en todas las labores. Las ansias de poder y de dinero suelen cegar al hombre y su deslumbramiento puede atropellar muchos valores. Pero ni la producción, ni la economía, ni la ciencia, ni la tecnología encarnan las adversidades de la humanidad: por el contrario, en ellas funda el mundo su progreso. La ruptura entre ellas resulta por tanto inaceptable, porque en ningún momento son contradictorias.

Sólo basta que la ciencia y la tecnología discurran por cauces morales aceptables. Ese es el papel que le encomendamos a la ética, y más recientemente a la bioética. Pero la falta de humanidad puede transitar caminos todavía más temerosos. Su detrimento conlleva un endurecimiento que no conoce límite, un desdén de la beneficencia y un desprecio por el principio de no maleficencia, que concluye en los comportamientos más perversos que hacen posible los descuartizamientos y masacres que parecían inconcebibles, pero que hoy son tan frecuentes como el pan del día. Lejos estoy de imaginar la salud de tal manera envilecida, pero si degradada por un entorno en que la afrenta a la dignidad de la persona se ha vuelto cotidiana. 

~ 5 ~

La tendencia deshumanizante vuelve al hombre al escenario natural de las especies, a la selección en que el más fuerte –y en este caso el más perverso- sobrevive, mientras  se extinguen el bueno, como el débil. Una premonición apocalíptica que suprime de la Tierra definitivamente la compasión y la piedad. 

La humanidad, como conjunto de obligaciones que se intuyen, es un deber moral más que legal, pero de obligatorio cumplimiento. Es un deber prima facie que debemos observar para hacer grato el paso por el mundo.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.

Continuará

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