Monólogo del espíritu puro

Contemporáneos de Immanuel Kant como: Borowski, Jachmann, Wasianski, que conocieron de cerca al gran pensador nacido en Kónisberg el 22 de abril de 1724, autor de la filosofía Kantiana, llamada  Idealismo transcendental y conocida entre nosotros también como filosofía crítica o "criticismo"; han informado acerca de ésta extraña figura hasta en los más mínimos detalles. Sabemos que durante los 40 años de su actividad docente en la Universidad de Kónisberg, Kant empezaba su jornada a las cinco de la mañana y la terminaba a las diez de la noche.

 

Que en sus años juveniles gustaba del billar y en su edad madura del juego del hombre; Conocemos su figura, el cuerpo mediano de contextura delgada, huesos extremadamente débiles y no menos débil fuerza muscular, un cuerpo tan de carnes que "solo podía sostener sus vestidos con medios artificiales ".El hombro derecho sobresalía notoriamente sobre el izquierdo desde su juventud. El pecho era ostensiblemente plano; la cabeza anormalmente grande con sus grandes ojos azules y vivaces y una frente de dimensiones poco comunes. El filósofo era "contrahecho"; como Hornero ciego, Beethoven sordo, Kierkegaard y Lichtenberg jorobados, Así lo muestran numerosos jarrones con su esfinge, ya célebres durante su vida, gravados en cobre, estampados en yeso y bustos como el de Hagemann, discípulo de Schadow, hoy ampliamente conocido.

No es de extrañar que esta figura etérea permanece en un medio inaccesible e impenetrable al análisis, en una lejanía peculiar respecto al ser humano, en que la inasible genialidad parece romper los límites en un sentido negativo: en que, para decirlo de modo provocador, la genialidad se vuelve inhumana. En el panteón de los grandes pensadores de la época moderna difícilmente se podría encontrar una figura que hubiese sido durante toda su vida, de un modo tan unilateral, la encarnación del espíritu, puro hasta la indiferencia como Kant. A pesar de toda su cultura social, de la gracia y finura, urbanidad y delicadeza en el trato personal, este pequeño burgués pedante de costumbres correctas a la antigua manera protestante de Prusia, se había entregado en el fondo de su ser a un demonio: al demonio del espíritu puro monologando a solas consigo mismo. Hasta el año 1798, en que interrumpió su actividad de escritor, acumuló verdaderas montañas de pensamientos en 70 escritos aproximadamente. Y todo esto en la calma de un pensamiento que en un comienzo sabe formularse con ágil y graciosa claridad, hasta con sátira ligera y humor jovial, pero que en la época de madurez y durante los últimos años se pone al servicio exclusivo de la fría causa, en su despiadada severidad no toma en consideración al lector, se aventura en profundidades insondables aun para el mismo Kant y se expresa en períodos oscuros sin que éstos hayan sido exigidos siempre por la complicada arquitectura de la serie de pensamientos. Si Goethe dijo alguna vez que cuando uno leía a Kant tenía la impresión de entrar en un cuarto luminoso, se puede concluir que Goethe no leyó todo lo de Kant. Este espíritu puro monologante se basta a sí mismo.

No tiene necesidad del diálogo, de la conversación que es fundamento indispensable de toda humanidad, ni de la polémica, ni del "simposio filosófico". La célebre frase de Platón (en la séptima epístola) según la cual la verdad sólo se nos revela en la "reunión frecuente que se congrega alrededor de la cosa misma" y en la "convivencia real" no es aplicable a Kant. El busca la verdad en una soledad que no requiere ninguna comunicación espiritual. Sabemos que en sus diarias conversaciones de sobremesa, las únicas que sostuvo, casi nunca llegó a hablar de su propia filosofía. Tampoco sus huéspedes eran filósofos o profesores sino consejeros privados, consejeros militares, penales o gubernamentales, médicos, directores de banco, inspectores municipales, clérigos y comerciantes. Hombre de mundo y sabio como era, Kant prefería conversar sobre cuestiones de geografía, economía y estadística, sobre descubrimientos e inventos. Además: hasta la muerte de Kant aparecieron, aunque resulte inverosímil, 2.832 escritos sobre él y su filosofía.  Se ha podido decir con indiscutible razón que Kant no entendió a nadie distinto de sí mismo y que nada le era tan difícil como adentrarse en el sistema de otro.

En su lectura, como en su modesta biblioteca que constaba sólo de 450 libros, las obras de los filósofos, excepción hecha de Rousseau, no ocuparon el primer lugar sino Cervantes y Swift, Montaigne y Lichtenberg, Persius, del cual, como de la Eneida, podía recitar de memoria pasajes enteros, Milton y Pope, Haller y Wieland. El monólogo del espíritu puro que desciende hasta profundidades insospechadas antes en los problemas filosóficos, que se arriesga en la espesura de cuestiones relativas al derecho, al estado y a la filosofía de la historia y que, a pesar de la inconcebible energía mental de Kant y de la continuidad ininterrumpida de su pensamiento, permanece fragmentario, exige dos cosas: tranquilidad y tiempo. Pero cuando la muerte se acerca por los caminos de la debilidad progresiva no hay ningún "morir de buen humor". El sentido del tiempo, que nadie meditó tan profundamente como Kant, lo abandona. El genio pensante más poderoso que existió sobre la tierra, está considerado como uno de los pensadores más influyentes de la Europa moderna y del último periodo de la ilustración. Sin haber visto siquiera uno de sus mares, montañas, ríos o metrópolis, no atina ya a escribir el propio nombre ni a reconocer a las personas. En sueños espantosos que se prolongan hasta la mañana, el más frágil de todos los representantes del espíritu puro, el que continúa teniendo sobrada vigencia en diversas disciplinas: filosofía, derecho, ética, etc. El 12 de febrero de 1804 la muerte no se deja rechazar por más tiempo y escribe su Finís en el más profundo monólogo del espíritu filosófico que la historia europea haya conocido.

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