Oscar Wilde

“Puse todo mi genio en mi vida,
y solo mi talento en mis obras”

Oscar Wilde

Oscar Wilde. El nombre de un genio de la literatura que invita a soñar con un gigante egoísta que se niega a compartir su jardín hasta que la soledad y la sonrisa de un niño divino lo hacen recapacitar. Que conmueve, aún después de tantos años, a todo aquel que conoce las desventuras de un príncipe feliz que entrega poco a poco lo mejor de sí ayudado por su enamorada gaviota para hacer felices a los que nada tienen. Solo él ha sido capaz de convertir la anécdota del cumpleaños de una infanta en una desgarradora historia que lleva al lector a las lágrimas cuando el enano contrahecho de la corte descubre por casualidad el cuarto de los espejos y se enfrenta a su triste y cruel realidad. Nadie más ha retratado con tanto talento la soledad de una pelota de tafetán olvidada, pisoteada y llena de barro después de haber vivido en el más completo esplendor.

Considerado uno de los dramaturgos más destacados del Londres victoriano tardío, Wilde es un escritor clásico e inmortal gracias a sus letras. Destaca, no solo por su genialidad, sino por esa agudeza e ironía exquisita que permanecen plasmadas en cada una de sus obras lánguidas, suaves y musicales como era su propia voz pero a la vez aplastantes, reflexivas y talentosamente dolorosas, tan punzantes como la vida misma del hombre que las escribió.  Un personaje que lo mismo inventaba en dos semanas una obra en cuatro actos que improvisaba la historia más deliciosa en medio de una reunión social a propósito de…cualquier cosa que llamara su atención en ese momento.

Amante de lo estético, gran conversador, magnífico poeta, conferencista de éxito cuyas ideas políticas comulgaban con  el socialismo soñó con una vida pletórica de fama, de opulencia y triunfo, luchando cada día sin cejar hasta que lo consiguió, sin embargo, al liberarse y dar rienda suelta a sus verdaderas inclinaciones fue víctima de la pasión por un joven malcriado que con sus rabietas y egoísmo terminó por hundirlo pisoteando mil veces su amor de la misma forma que las ruedas de los carruajes arrollaron y llenaron de barro a la rosa roja teñida con la sangre de un noble y valiente ruiseñor que se sacrificó creyendo que con ello triunfaría el amor.

La figura de Wilde ha sido enjuiciada a causa de su homosexualidad. En vida, estos discernimientos ensombrecieron y nublaron su existencia hasta debilitar la fuerza de su espíritu y el vigor de su cuerpo. Pero son las páginas que contienen sus obras las que logran reivindicarlo y recomponer esa figura wildeana que tantas veces ha sido desfigurada por los criterios ofuscados y moralistas  que a final de cuentas, al conocer y reconocer los pasajes de su vida logran que el autor sea visto con mayor comprensión, receptividad y serenidad gracias a que en cada una de sus letras se puede adivinar la soledad en la que vivió siempre, igual que su entrañable fantasma de Canterville. Quizá el pecado más grande que cometió Oscar Wilde fue su falta de entereza para no doblegarse ante la gran pasión que encendió dentro de él un amor que solo le dejó dolor, ruina y desprestigio.

Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde nació el 16 de octubre de 1854 en el número 21 de Westland Row, en Dublín en el seno de una familia protestante irlandesa. Sir William Wilde, padre de Oscar pertenecía a la burguesía acomodada y distinguida. Entre sus antepasados se encontraban personas de alto rango, se convirtió en irlandés a pesar de ser inglés, por convicción propia. En su niñez conversaba con los campesinos en dialecto gaélico porque disfrutaba escuchar las leyendas y supersticiones del país. Rescató, más tarde todas estas historias en un libro que enriqueció con sus propios conocimientos en arqueología y folklore, sin embargo, su profesión fue la de médico cirujano especialista en otorrinolaringología. Su fama lo llevó incluso a ser nombrado oculista de la Reina. En 1864 le concedieron el título de caballero, con lo que pudo utilizar el “Sir” aristocrático. Fue nombrado Padre de la otología moderna. Fundó el primer hospital oftálmico en Dublín costeándolo personalmente durante un año. Pero como era amante de las Bellas Artes, además del libro de Irlanda, publicó otro sobre relatos de sus viajes  y la historia de los últimos días de Swift. Cuando falleció estaba escribiendo la vida de Béranger.   Su arreglo personal era más bien desaliñado y sus costumbres liberales, tenía debilidad con las mujeres, lo cual le trajo, no pocas veces, problemas incluso con la ley. De Sir William heredó seguramente Oscar Wilde el amor a la vida y al placer, así como la falta de prejuicios.

La madre del escritor: Jane Francesca Elgee, era una mujer valiente y sagaz, poseedora de una imaginación fecunda. Desde muy joven se aficionó a los libros, y aún habiendo sido educada en un ambiente protestante se apasionó por la independencia de Irlanda católica, escribió versos patrióticos bajo el seudónimo de Speranza anotándose varios éxitos en el diario de Dublín, periódico en el que colaboraba. Pero de igual manera logró celebridad colaborando también  en La Nación que en aquel tiempo era la revista dublinesa más importante. En ella publicó artículos casi revolucionarios en los que instaba a los lectores a levantarse en armas y tomar el castillo. Razón por la cual el virrey ordenó que eliminaran los ejemplares de dicha publicación  y que el director fuera procesado. La autora se presentó en el juicio adjudicándose valerosamente la autoría de los artículos con lo que creció su popularidad, aunque no sirvió el gesto para evitar que los redactores fueran desterrados. Finalmente, cambió la política por el matrimonio siendo 11 años menor que su marido. Solía dar grandes reuniones en el primer piso de su residencia en Dublín en las que se mezclaban todo tipo de personas. De ahí la afición de Oscar por organizar recepciones años después, también a ella le aprendió toda clase de rutinas para mantener cuerpo y  rostro alejados de los estragos del tiempo. La mujer se maquillaba con encono y jamás se dejaba ver antes de las cinco de la tarde, controlaba la luz que llegaba a su piel manteniendo las cortinas corridas y la luz de las lámparas en tonalidad rosa tenue. Vestía ropajes fastuosos y recargados de joyería, entre las manos, invariablemente sostenía su abanico, el clásico e imprescindible frasquito de sales y su pañuelo finamente confeccionado.

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