Durante el largo viaje comencé a sentir sed. De a poco se me fue secando la boca, aglutinándose los labios entre sí. La camisa rayada se humedecía al menor contacto con mi espalda, sudada y ardiendo debido a la calefacción del ómnibus. El rayo de sol atravesaba la ranura que una cortinita sucia cortina no llegaba a cubrir, y debilitaba mis ojos. El calor era más en aquel fastidioso viaje que en el mismo infierno, donde hubiese deseado estar.
Faltaba poco tiempo para llegar al centro de la polis. Los neumáticos crujían bajo los asientos de pasajeros transpirados y jadeantes, que sacaban en forma intermitente alguna pequeña botella de agua mineral o jugo de fruta. La mía dormía vacía en el apoyabrazos. Al fondo del vehículo se hallaba una máquina con bebidas y café gratis, pero con carteles en inglés (malditos carteles en inglés), que manifestaban victoriosos la palabra "EMPTY".
Ahora el micro comenzaba a descender la velocidad y se adentraba por un puente bajo que oscurecía el panorama, llegando a la terminal de Constitución, tan sucia y gris como cualquier terminal del mundo (o, vuelvo y corrijo lo antedicho, en cualquier terminal de cualquier país periférico del mundo). Los pasajeros recogían adormilados todos sus bolsos y abrigos, entre murmullos y comentarios imperceptibles.
Cuando todos desesperaban por pararse y ganar posiciones en la cola para descender, yo soportaba la sed en mi lugar y los observaba resignado a perder aquella disputa por salir primero y abastecer todas las necesidades que producen en mi organismo los viajes largos, y además insoportablemente calurosos. En el asiento ya vacío de mi acompañante, me observaba mi equipaje de cuero, reseco y polvoriento.
Pero el tiempo pasó y junto con él mi muy limitada paciencia, como la de un Cura sin respuesta ante la niña preguntona, encerrado en esa cápsula de olores híbridos, gordos, y extraños personajes. Saltando de mi lugar sacudí a una anciana de la fila, que sonó a huesos sueltos. Delante de mí se ubicaba un hombre enhiesto, de espalda muy prominente, con enormes manos, y el cabello negro y duro de los puercoespín. Enrollé con infinita habilidad mis brazos por su cuello, atinando un fuerte golpe sobre su cara. El hombre, reaccionando, me tomó de las piernas con increíble fuerza aunque pude escapar de sus tentáculos, incrustando una patada en sus riñones. Así fui ganando posiciones en la cola. Sólo tres lugares más y sería libre, por lo que me aferré al pasamanos, hundiendo las rodillas a mi pecho para que nadie allá abajo pudiera jalar de ellas. Poco a poco fui avanzando sobre mis contrincantes, y acto seguido me arrojé hacia la puerta de salida, que yacía despectiva a unos pocos metros. Caí de bruces y de un salto escapé de aquella pesadilla. Con la boca más reseca que antes pero muy aliviado, me incorporé, sacudí mi ropa y empecé a caminar. A lo lejos distinguí un quiosco que intentaba pasar desapercibido ante mis ojos, y aceleré el paso con euforia, pero al llegar sentí que mi cuerpo se desarmaba al ver la eterna fila de gente que esperaba su turno.
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