Al principio, cuando me desperté todo parecía igual. Como todos los días, me levanté de la cama y me dirigí al lavabo. Una vez allí, abrí el grifo del agua fría, puse mis manos de manera que formaran una cavidad y dejé que se llenaran de agua hasta rebosar. Siempre hacía lo mismo: me restregaba la cara con agua una vez, volvía a coger agua y por segunda vez me refrescaba la cara. Sin embargo, ese día, por algún motivo que todavía desconozco, entre la primera y la segunda vez que me iba a mojar la cara me miré al espejo. Entonces supe que el reflejo que de mí mismo veía no era igual que siempre. Mis ojos eran los mismos. La expresión también. Nada parecía extraño; sin embargo algo había desconocido y no alcanzaba a descubrir qué era. A pesar de todo, lo percibía con toda claridad.
Llevaba un rato mirándome al espejo, pero no era consciente del tiempo. De pronto se me ocurrió que mi vida se me iba, se me escapaba. Quizá fue por el agua que del mismo modo iba cayendo desde mis manos sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. ¿Qué me está pasando? ¿Por qué me veo raro? Estaba confundido. El sueño y el cansancio acumulados en el cuerpo no me dejaban pensar con claridad.
Haciendo un movimiento casi instintivo me aparté del espejo. Me volví hacia mi habitación y cuando miré la cama recordé porqué ya nunca volvería a verme como hasta ahora siempre me había conocido. Me dieron ganas de mirar de nuevo hacia el espejo y contemplar para ver si era sólo mi imaginación pero, al mismo tiempo, me dio miedo descubrir la realidad. Enseguida comprendí que el espejo no era sólo un reflejo de mi imagen. Lo era también de mi vida. Y a mi vida le faltaba algo: mi mujer.
Cuando conocí a María me pasé la noche entera agradeciéndole a Dios el regalo que me había hecho al ponérmela cerca. Apenas tenía quince años, pero me sentí tan enamorado que ni una sola noche dejé de soñar con ella. Ahora, casi treinta y nueve años después, reconozco que el amor que sentía por ella entonces era poco. Pero creo poder afirmar que, aunque poco, era muy profundo. Me di cuenta de que ella sentía lo mismo por mí, así que nuestro amor fue creciendo con mucha rapidez.
Es cierto que tuvimos nuestras crisis. Sin embargo, cada vez que chocábamos, nuestro cariño salía fortalecido. Con los años, nuestro amor fue calando más hondo. Al terminar la carrera de ingeniería, que cursamos los dos con mucho éxito, tuvimos una pequeña pelea por cuestiones de trabajo. Nunca la olvidaré. Incluso cuando María se enfadaba me gustaba. A veces, la hacía enfadar para poder disfrutar de ella así, enfurecida. Y al final terminábamos los dos riendo, como siempre.
Poco tiempo después de empezar a trabajar, decidimos casarnos. Fue una de las épocas más felices que recuerdo. Hicimos miles de preparativos para la boda, el piso, el viaje de novios... ¡Lo que daría por poder revivirlos de nuevo! La boda fue especialmente emotiva. Recuerdo que cuando levanté su velo, ella me miraba con lágrimas en los ojos y tuve que hacer grandes esfuerzos por no llorar con ella. En ese momento pensé: “Para siempre”.
Mis días eran felices. Juntos hacíamos de lo cotidiano lo más novedoso. Quizá ahora que ya no está es cuando más lo aprecio. Aquellos desayunos que me preparaba para poder tomarlos en la cama leyendo el periódico con ella... No nos hablábamos, puesto que nos enfrascábamos en las noticias, pero tampoco nos hacía falta. Ella estaba a mi lado, y yo al suyo. Lo demás sobraba.
La prueba más dura fue la imposibilidad de tener hijos. Ella era estéril y no se podía remediar. Le costó un poco superarlo, pero de nuevo nos unimos más. Y así pasamos el tiempo. Cualquier mirada suya, cualquier gesto o movimiento estaba lleno de significado de amor. Cada día la veía arreglarse frente al espejo y me decía a mí mismo: “Se pone guapa sólo para mí”. Pensaba que era una tontería, que a mí me gustaba igual se pintara o no, pero ella lo hacía por mí. Y eso nunca lo podré olvidar. Como tampoco olvidaré los miles de detalles que tenía conmigo, todos ellos tan pequeños que cualquiera que no sepa qué es amar nunca entendería, pero que a mí me demostraban lo importante que era ella para mí.
Ahora me da rabia no haber disfrutado más de ella. Si pudiera decirle lo que la necesito... La echo de menos incluso cuando respiro. Nada de lo que me rodea es igual. Todo me parece superfluo si no está ella. Éramos un mismo ser.
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