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El vacío de la muerte Imprimir E-Mail
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escrito por Liliana Varela   
domingo, 19 de agosto de 2007
Índice de artículos
El vacío de la muerte
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En cuanto la vi la reconocí. Era ella.  Estaba sentada en un rincón del viejo vagón del ferrocarril en el que yo viajaba. Parecía distraída,


absorta en sus propios pensamientos;  ausente del mundo mismo.


De pronto y por fracciones de segundos, su mirada se cruzó con la mía la cuál esquivó rápidamente.  Supe en ese instante  que  sabia  que  yo  la  había reconocido.


Dude  unos minutos antes de actuar; me incorporé y avancé hacia ella; estaba dispuesto a enfrentarla finalmente.


Ella pareció darse cuenta de mis acciones pero no se inmutó; podría decirse que parecía resignada a su suerte.


Me paré frente a ella y la observé atentamente; era una bella mujer; de rasgos


suaves y clásicos; de unos 30 años; su figura emanaba pulcritud, elegancia y clase. Giró su cabeza hacia mi y fijó sus ojos en los míos; por momentos, debo confesar, que sentí escalofríos.


--Eres tú finalmente  --exclamé sorprendido de mi propia voz--.


Su mirada fue gélida pero creo que a la vez triste.


--¿ estás seguro de no equivocarte de persona ? –preguntó segura de sí misma-


--hace mucho tiempo que te busco...no puedo equivocarme.


Ella bajó su mirada y me señaló el asiento frente a ella


--pues si estás tan seguro, siéntate.


Tomé asiento sin poder aún dejar de mirarla fijamente; ella parecía no prestar mucho interés al encuentro; muy por el contrario su rostro denotaba hastío, cansancio y obviamente fastidio por ello.


--¿cómo me ves físicamente ?—preguntó con su mirada clavada en mi—


--eres una bella mujer y...


---ah... –me cortó haciendo un mohín de fastidio y resignación—supuse que  eras uno de esos que me desean.


Me quede callado; no supe que decir.


Pasaron minutos de silencio que fueron interminables, hasta que por fin ella retomó la conversación.


--y supongo que le dirás a todos que me has encontrado –exclamó molesta.


--si tu no lo deseas no lo haré...pero  –me atreví a decir osadamente—  yo te


   necesito.


--si, si, ...  –repitió cansada— todos me necesitan pero "cuándo quieren"...


--no te entiendo –la interrumpí--  ¿acaso no es ese tu trabajo?


 Por primera vez noté una mirada distinta de las anteriores: era más que tristeza, era una amalgama de sentimientos rebosantes de frustración, desdicha, soledad...


--sí  –respondió cansada--   es mi trabajo :  soy la muerte.


 Luego calló por unos segundos. Yo la miré sin poder entender aún que le sucedía.



 
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