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A espaldas de Dios - 1a parte Imprimir E-Mail
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escrito por Latigo Negro   
viernes, 27 de junio de 2008
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“Crónica inefable de una singular tragedia histórica”

¿Qué soy me pregunto? Cuando siento que “vivo camuflado en el cuerpo de otro” metido en la piel de un guerrillero camaleónico. Me llamo “Salvador Huertas” “armeruno” sobreviviente de la tragedia de Armero conocido en el medio subversivo con el alias de “Tito”. Entiendo que algunos esnobistas y gente de los medios me tachen de desquiciado por mis actos violentos de iniquidad perpetrados. Siempre que me preguntaban por qué lo había hecho, experimentaba algo tan  fuerte que podría llamarse, inclusive, un desdoblamiento natural.

No sabía que responder y, cuando lo intentaba, tenía  la sensación de no haber sido yo, sino otra persona la que los cometió. —No me entenderían si les dijera que, mis malas acciones fueron producto de una actividad como muchas otras que se ejecutan por subsistencia—“Si hombre o mujer de antemano vieran el resultado de sus malas acciones, no las cometerían” Por mi condición de insurgente de la guerrilla, la justicia Colombiana me juzgó por el delito de concierto para delinquir con fines de extorción, rebelión y terrorismo sin traer a cuenta para rebaja de penas mis antecedentes perspicuos, de sanas costumbres, valores y principios que fueron abruptamente irrumpidos por la tragedia natural que le hizo a mi existencia un cambio extremo. Por ello tengo que pagar una larga condena de los cuales a la fecha, llevo cinco años de encierro entre rejas de estar en la soledad de una celda como un ermitaño, olvidado. Al respecto, viene a cuento una reflexión puntual de un militar de alto rango que mantiene la subversión secuestrado en la selva inhóspita. Que enfermo y todo ha hecho gala de fortaleza y presencia de ánimo en la dura prueba:”No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno, como si no valiésemos, como si no existiésemos”.Por años no recibo visitas. No tengo amigos, ni familia “la avalancha de Armero súbitamente me los arrebató”. Por eso es que, cada vez que mis pensamientos vuelan impávidos como intermitentes luciérnagas alternas sobre el desolado rastrojo de mi pasado que, enfilado me lleva hacia un presente espurio; “tengo una necesidad de trascender como ser humano y encontrar el sentido de la vida” llena de dificultades, miseria e incertidumbre. Se me hizo tarde la vida, de nada valió el esfuerzo de huirle a la realidad, siempre terminé trémulo, ahogado en llanto y temeroso, más viejo y menos fuerte que el día anterior  “El temor y la esperanza son iguales en el fondo y tener fe profunda es eliminar el temor”. Entonces ¿Qué somos? Verdaderamente, cuando las finezas de un Dios que se humana  y protege, brilla para mí con su ausencia desde los inicios de mi vida. No es excusa de culparlo, renegando de su existencia, ni de desconocer su celsitud omnipotente. Según el mundo existencialista “Soy de polvo a polvo“. El cuerpo no es más que un ropaje prestado, somos  espíritus navegando a través de un tiempo que no existe. Así como la  materia es eterna, el alma también, nada se pierde, todo se transforma; la muerte es el final de todo. Nacer  es morir y morir es nacer. Después de ella hay un abismo profundo y negro que como un espiral con la fuerza de un tornado se diluye misteriosamente en la paz eterna. Con lo anterior, no quiero caer en el paradigma de esta dualidad por el simple hecho de haber vivido una vida tan llena de bruscos contrastes o  porque  ahora  me encuentro confiscado por muchos años en una cárcel de máxima seguridad reducido a una área húmeda y sombría demarcada por cuatro paredes y en una de las paredes una puerta metálica de gruesos barrotes que desde afuera aseguran los judiciales con pesadas cadenas y enormes candados  enmohecidos. Quizá el dilema se resuelva  con el tiempo cuando comprenda que si por estar equivocado cometí errores, faltado “Al más importante derecho, que es al derecho a equivocarnos”, para  reivindicarme de algo de veras tenaz que me cayó en suerte, es el “momento ideal para dejar los resentimientos a un lado y superar las luchas internas emocionales, pues éstas pueden convertirse en la clave de los conflictos; en vastos impedimentos para buscar el arrepentimiento y lograr el perdón”.Tal vez, “no hay atadura mejor o más venturosa que la de ser prisionero de la esperanza”, porque “Siempre sirven las sombras para distinguir la luz “y este lapso, me ha servido para entender que “somos lo que somos en nosotros mismos; no lo que somos en los demás” reflexión que ahora es mi bandera y la tengo bien clara para subsistir. Por otra parte, me deprime la cárcel. No me acostumbro a su filosofía como método de represión ni a sus formas inhumanas de aplicación por tradición. Me adolece el continuo desfilar de carceleros merodeando como en pasarela, de allá para acá, de lado a lado el largo pasillo del segundo piso del patio “G” de la “Picota”, pasando revista por todas las celdas ocupadas. Sus figuras lánguidas y soñolientas se vuelven familiares, cuando todos los días automatizados, abren y cierran las rejas de los presos del penal, en determinado horario de efugio común, a la hora de tomar el sol en el patio contiguo, a que hagan sus  necesidades, o ir a los talleres de producción (cuando se está adscrito al programa de rebaja de penas  por buena conducta) o a los comedores. Estos individuos parcos de uniforme, talludos  y estoicos, armados de valor en las revueltas, constantes y decididos en los momentos de intenso ajetreo cotidiano, de catadura bravucones y fría mirada; hacen que recuerde tristemente el día miércoles 13 de noviembre de 1985 siendo las 11:45 p.m.; cuando a la población de Armero (Tolima) una avalancha del rio Lagunilla la borro del mapa. ” La fecha no la olvido, porque es como haber dejado de vivir para pasar a la agonía”. Tenía en ese entonces trece años. Vivía con mi madre “Julia “y mi hermana “Isabel” de quince años en una pequeña localidad de una casa de inquilinato ubicada detrás de la iglesia del parque principal. Mi madre trabajaba de sol a sol en un latifundio en las afueras de Armero, sembrando sorgo y arroz. Como era su costumbre, ella se levantaba temprano y hacía de comer para dejarnos y poder llevar su ración al trabajo. Una colectiva todos los días la esperaba en el parque para transportarla a la finca, junto con otras quince personas. Mi hermana cursaba tercer año de secundaria. Era hacendosa en los quehaceres del hogar de valiosa ayuda para mi madre en su ausencia y una amiga leal que siempre vivía al pendiente de mí. De mi padre no me acuerdo. Nunca lo conocí. Mi hermana, una vez me dijo que se había ido del lado de mi madre con otra mujer, cuando ella tenía seis años. Nunca quise saber nada más de él. El amor de mi madre lo fue suficiente. Además, ella nunca permitió que su presencia o su supuesto amor paternal nos hicieran falta en el proceso de formación de nuestras vidas. La demás familia materna y paterna, vivían en Armero y alrededores, pero siempre de ellos vivimos alejados por viejas rencillas de nuestros abuelos por política   y noble ascendencia.Un día antes a ese fatídico día, los rumores de la tragedia se habían acentuado más de lo común. La gente mantenía preocupada por los pronósticos y renuente a las recomendaciones de los expertos de evacuar la ciudad. En fin nadie lo quiso hacer. En la escuela, mi profesora leyó el panfleto sobre “el plan de alerta en la zona” y nos hizo recomendaciones a todos como estar siempre juntos en familia y orar mucho. En las tardes después de hacer el oficio en el hogar que me correspondía, salía con mis amigos al parque a jugar o también de rebusque de ciertas propinas casuales que por hacer mandados, nos proporcionaba algunos viajeros o comerciantes de la región.

 

No fue la excepción la tarde asoleada de ese día. Estábamos con mis amigos jugando a los cinco huecos, cuando repentinamente empezó a caer ceniza sobre Armero en forma de lluvia, por largos minutos oscureció el panorama. Todos nos asustamos. Las reacciones fueron diferentes: los pobladores que andaban afuera, corrieron a refugiarse en sus casas con sus familias; algunos visitantes extranjeros que al paso se encontraron con el fenómeno, no perdieron la oportunidad de obturar sus cámaras de video aficionado para captar el momento; la voz de los locutores de las emisoras locales, empezaron a lanzar las alertas rojas; los misacantanos, mandaron atañer las grandes campanas de sus iglesias,  invitando a sus feligreses acercarse a orar, a estar con Dios para encontrar el perdón de los pecados y prepararse espiritualmente para cualquier desenlace eventual. Luego, volvió la calma después de comprobar que solamente se trataba de una inusual llovizna pasajera de ceniza volcánica. ¡Qué lejos estábamos de pensar que aquella garúa de ceniza fuera el preludio de una hecatombe!, que allá en la cumbre del volcán nevado del Ruiz, de 5400 metros de altura,  a 50 kilómetros de la ciudad, el hielo comenzaba a derretirse y dentro de su superficie terrestre se recocía a cada minuto la muerte, con la fuerza de millones de toneladas de roca fundida que estaba a punto de eructar sobre la apacible Armero. Después del susto, corrí a casa a encontrarme con mi hermana “Isabel” quién al no verme, había salido a buscarme a lo largo del parque… luego de un rato, nos topamos y entre sollozos juntos emprendimos la retirada a nuestros aposentos en busca de refugio… Por largo tiempo permanecí aguardado en la quietud del pequeño cuarto, con la mente en blanco, entretenido con los dedos de mis manos y sentado al borde de mi cama, escuchando noticias en la radio y a los vecinos del inquilinato vociferar de su suerte, preocupados. Cuando, repentinamente un torrencial aguacero empezó a caer sobre la población, siendo las 6 p.m. Mi madre llegaba apurada del trabajo, más temprano que de costumbre, un tanto empapada su ropa por la lluvia. El mayoral de la finca en vista de las noticias circunstanciales, había dado la  orden a los jornaleros de salir para sus casas. Ella, nos saludó cariñosa. Y al vernos bien se puso contenta. Sentí por ello alegría, porque tal como lo había dicho la profesora en la mañana, estábamos los tres reunidos. Solo faltaba rezar. En ese momento “Nadie, imaginábamos que horas más tarde, seriamos el principio de una historia trágica. Armero se convertiría para la posteridad en una playa de lodo, muerte y desolación”

 

Continuará…

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