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escrito por Malcolm Peñaranda
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miércoles, 02 de julio de 2008 |
Serie: ESCENAS DE CIUDAD Ciudad Escenario: Medellín, Colombia Herminda es una de las mujeres más supersticiosas que he conocido. Sigue cuanto agüero y creencia conoce, le cuentan o ha oído. Su casa es un templo de amuletos, contras y rituales que adornan espacios, puerta, ventanas y ventanales. Jamás le regala ni le pide sal a nadie porque dice que se sala; Tiene una contra del Indio Amazónico junto a un Cristo de Guatemala.
Con absoluta desfachatez religiones y creencias mezcla y cuando le cuestionan su fe se pone de lo más molesta. Las manzanas verdes nunca se las come; Las cuelga de sus plantas para que le avisen cuando el maligno asome. Dice que si se empiezan a secar o a pudrir es porque algún brujo o vecina chismosa la quiso destruir. Se volvió más paranoica y agorera cuando a los veinte su novio la dejó plantada en el altar ante mucha gente. Era un martes y aquello de “ni te cases ni te embarques” dejó un sabor tan amargo como el del tamarindo de los Márquez. Intentó encontrar una explicación en la religión, en lo oculto, en el chocolate que lee juiciosamente mientras contempla su vestido blanco en el escaparate. Vírgen se quedó y cada ritual de año nuevo siguió: corrió con maletas, tres papas peló y doce uvas se comió Se bañó en el mar a medianoche y hasta muñeco de vudú se compró, pero ni fumándole el tabaco con una pitonisa, su novio volvió. Renunció entonces a los hombres y se refugió en sus mascotas; hoy por hoy alimenta tórtolas y hace fuerza cada viernes cuando giran las balotas. Porque siempre compra un quinto de lotería y juega chance con la firme esperanza de que el premio para pagar deudas le alcance. Vive apretada con los pocos ingresos que obtiene de hacer edredones pero tiene una planta de “millonaria” que cuida montones. También se compró una moneda china envuelta en una cinta roja y los hilos de su móvil esotérico cada mes afloja. Siempre barre de puertas para afuera y la basura nunca arrincona y mucho menos barre sobre los pies de persona alguna para no dejarla solterona. Suficiente tuvo con convertirse ella en una y a su nombre le ata el que ahora además de solterona tenga nombre de beata. Nunca pasa debajo de una escalera ni mucho menos debajo de un triángulo y tampoco se deja fotografiar de perfil porque dice que no es su mejor ángulo. Le huye a los gatos negros y dejó de visitar a su prima cuando se le quebró un espejo porque sintió que siete años de mala suerte no tenía por qué vivirlos su pellejo. Empero, una tarde un par de ladrones entraron a su casa y la drogaron con escopolamina en su café y de sus joyas la despojaron. Si hubiera probado hombre habría aprendido a ser más desconfiada porque talismanes, sortilegios y agüeros la mantienen empeliculada. Aunque afuera la gente convive con ellos y uno que otro mito El que ella sea tan agorera les importa un pito. © 2007, Malcolm Peñaranda.
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